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Violencia conyugal.

10 febrero, 2012

Se habrán dado cuenta mis lectores, si acaso los tengo, de que cuando quiero decir algo serio me escudo con frases de filósofos o personajes de alto valor moral. No faltaré a la regla hoy, al abordar temas que no pocos problemas me ocasionan.

Y recurro a dos referencias. Primero abro el paraguas con Freud : “Si toda la gente escribiera, los psicoanalistas nos quedaríamos sin trabajo”. Y luego a Fernando Pessoa : “Nem se sonha nem se vive / é unha infancia sem sim.” Un hecho de infancia abordamos ciertamente mi hermano Pepe y yo en sendos libros que se publican en estos días, “O demo meridiano” el suyo, y la edición en gallego de mi primera novela “El lago de Como”.

Parto de la convicción de que en todas las familias yacen secretos inconfesables, cadáveres en los armarios que por no sacarlos a la luz producen desequilibrios, histerias y hasta muertes prematuras. Y de la violencia masculina hay que denunciarla, no ocultarla por el qué dirán o la vergüenza de haberla sufrido.

Así que dos casos evocamos mi hermano y yo, de distinta manera, de violencia machista en nuestra familia. Por no haberlos aireado en su día, sus graves repercusiones inmediatas prosiguen, atenuadas, hasta hoy.

Uno ocurrió a finales del siglo XIX. Mi abuela Dolores estaba casada con Nazario, borrachín y brutal. Harta de palos y peste alcohólica se fugó a Cuba, donde se puso a servir en casa de García Kolhy, dirigente del Partido Liberal. Acudió Nazario a rescatarla y apareció asesinado en un rincón de La Habana. A los tantos meses nació mi padre, hijo del prócer cubano. De esto nunca se habló en mi casa, hasta que lo descubrí indagando con gente de Villalba que coincidió con mi padre en La Habana.

En su libro, mi hermano atribuye a este drama el hecho de que mi padre fuera maníaco depresivo, ciclotímico y no sé cuantas cosas más, entre ellas, violento. Enumera las consecuencias de una escena que él seguramente no presenció. Yo la relato en “El lago de Como”, me marcó hasta hoy y la resumo aquí : “!Ven a casa a matar al Tirano Banderas, Arturiño, que le está pegando a mamá”! (porque mi hermano le había puesto este mote a mi padre). “Cuando se presentó en la fonda, Arturo se interpuso entre el energúmeno y mi madre, sus manos posadas en el pecho de aquel demente desalmando. “Que tiembla, balbucea, le castañetean los dientes, pues es un collón que en cuanto le plantan cara se achanta y estuvo toda la vida amolando a la familia porque nadie, salvo Arturo ese día, se atrevió a afrontarlo. “-¡Si le tocas a mamá te mato, animal! “

Consecuencias de la furia de mi padre: mi madre sometida y resignada para siempre, mi hermano Arturo expulsado inmediatamente de casa: murió a los 39 años de las miserias que pasó; Angelita, la mayor, se fugó a los 19 para meterse en un convento de clausura, donde murió a los setenta y pico; Pepe metido en lo que para mí es una secta religiosa de la que nunca salió del todo. Y yo, desahuciado por negarme a seguir con el piano, no volví a entrar en casa mientras él vivió.

¿Cómo me quedé, yo que lo cuento todo? Ustedes dirán, que uno siempre se cree perfecto. Lo cierto es que en todo trato de ser lo opuesto a lo que fue mi padre, tengo un odio visceral a toda clase de violencia, y me repugna la pena de muerte, siempre criminal.

Tengo entendido que estuve confuso en un artículo que escribí en “Grial” sobre el drama que costó la vida a Marie Trinttignant. Un crimen horrendo. O un asesinato. La justicia que llaman humana lo dilucidará. Volví a leer el artículo. Es cierto. Demasiado sintético y no tan bien resumido como Concepción Arenal en su célebre frase: “Odia el delito y compadece al delincuente”, que es lo que quise decir.

Ramón Chao, Konciencia Social. 26.02.2004 . Visita Radio Chango.

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