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Un diálogo memorable

14 marzo, 1986

Presentación por Ambrosio Fornet del libro Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier, de Ramón Chao, en el Palacio del Segundo Cabo, La Habana, 14 de marzo de 1986.

Querida Lilia, compañero Armando Hart, estimados compañeros:

Recordarán ustedes que a un rey de España se le llamó —por una de esas ironías de la historia— El Deseado. Creo que el libro que presentamos hoy puede pasar con el mismo sobrenombre —y con mayores méritos— a la historia de nuestro movimiento editorial. Desde que apareció la primera edición en Barcelona, en 1984, los lectores cubanos nos veníamos prometiendo esta fiesta, que se produce casualmente en Cuaresma y en el corazón mismo de la Habana Vieja, como si hubiéramos dispuesto el escenario para que los propios personajes de Carpentier —esos soldados de la guerra del Tiempo— se sintieran aquí como en su casa.

Los que tuvimos el privilegio de compartir con Alejo y con Lilia muchas veladas íntimas —no olvido aquéllas en que el papel de Filemón y Baucis lo hacían cumplidamente Retamar y Adelaida—, sabemos cuánto podía multiplicar Carpentier, con su conversación, el placer de la amistad. Los que no tuvieron el mismo privilegio conocen, sin embargo, esos documentales de Veitía titulados Carpentier habla de… (La Haban a Vieja, La música cubana…) y comprueban ató­nitos que están en presencia de un conversador fabuloso, un griot del siglo XX, capaz de extraer del fondo de su memoria anécdotas, personajes y ambientes que, de pronto, nos parecen más reales —y sin duda más regocijantes y pintorescos— que los de la propia rea­lidad inmediata. Oscar Wilde decía de sí mismo que en sus obras ponía únicamente su talento, porque su genio lo reservaba para la conversación. De Carpentier no puede decirse otro tanto —tuvo la sensatez de reservar el genio para la obra—, pero la agudeza, la fuerza evocativa, el sentido del humor, la chispeante erudición que pro­digaba en sus conversaciones eran la expresión cotidiana de un talen­to excepcional. Y escuchándolo, pensábamos a menudo que era una lástima que Carpentier no hubiera hallado su Eckermann, el cronista puntual que recogiera fielmente esas conversaciones para regocijo de los lectores y —si cabe, en el caso del autor— para “mayor lustre de su fama”, como decían los clásicos. No nos dábamos cuenta de que en el mundo moderno la “función Eckermann” la desempeñan los periodistas y críticos que, con grabadoras o sin ellas, someten a los autores a interrogatorios más o menos estimulantes. Pero esas entrevistas, desti­nadas por lo regular al ámbito efímero de la prensa periódica, suelen quedar dispersas e inalcanzables, en conjunto, para los lectores sin acceso a las hemerotecas especializadas. De modo que a través del pe­riodismo la “función Eckermann” sólo se cumple a medias, pues produce una imagen inconexa que el tiempo no tarda en desdibujar.

Pero he aquí que un fiel amigo de Carpentier, residente en París —el escritor gallego Ramón Chao— tiene de pronto una idea brillante y polémica, ya ensayada en la Valoración Múltiple de la Casa de las Américas que preparó Salvador Arias; a Chao se le ocurre tomar en bloque las entrevistas hechas a Carpentier a lo largo de quince o veinte años, reagruparlas según un plan temático, someter los fragmentos a una estructura “recurrente” —como la del “Viaje a la semilla”— y completarlos con pasajes de crónicas, artículos y conversaciones personales… El resultado es Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier, una sola, casi ininterrumpida conversación sobre temas que van desde el ideario estético y político del novelista hasta sus lecturas predilectas y su método de trabajo, pasando por todo el ciclo de su formación profesional y concluyendo con la insólita, imprevisible imagen de un conocido bailarín que se desplaza por el escenario al conjuro de la clásica pregunta: “¿Quién le hubiera gustado ser…?”

El libro se convierte así, sin proponérselo, en un monumental autorretrato en el que Carpentier —valga la redundancia— “parece estar ha­blando”. Y es que Chao ha sabido conservar en cada caso —e hilar sin que se noten demasiado las costuras— no sólo las ideas esenciales si­no también la entonación, las pausas, todo lo que contribuye a hacer del libro lo que anuncia su título, un cauce del tiempo, por el que las palabras discurren con un soplo permanente de autenticidad.

De manera que tienen ustedes aquí, a su disposición, un libro que es algo más que un libro. Es una experiencia viva. Un testimonio de re­flexión, de esfuerzo, de disciplina intelectual, de ese extraño proceso mediante el cual el simple ejercicio de la escritura acaba con­virtiéndose, por una parte, en una ética del trabajo y de la vida, y por la otra, en una obra digna de ser llamada clásica.

Así que nuestros lectores, como decían los viejos cronistas, “están de plácemes”. Los críticos e investigadores de la obra de Carpentier —aunque echamos de menos las referencias bibliográficas y los índi­ces que faciliten la consulta del texto y de las fuentes originales—, recibimos esta pulcra edición de Arte y Literatura como una mina, que nos llevará mucho tiempo explorar y agotar; el espacio de nuestra cultura, en fin, se ensancha con este diálogo memorable.

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