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Literatura y erotismo

29 marzo, 2002

Hace unos años, Catherine Millet fue a la vez autora y protagonista de un escándalo muy sonado en el mundo de las letras, al publicar La vida sexual de Catherine M. Imagínense. Hasta entonces se la conocía como muy docta directora de una de las revistas de arte más importantes del mundo y comisaria artística de la Bienal de Sao Paulo.

Su libro El arte contemporáneo constituye una referencia obligatoria en el terreno de la plástica. La lectura de La vida sexual de Catherine M. (la suya) es la perfecta ilustración de la frase de Roland Barthes: «Las prácticas sexuales son banales, pobres, abocadas a la repetición, y su miseria es desproporcionada al maravilloso placer que nos aportan». Y en este relato autobiográfico (hay que repetirlo si no lo he dicho), Chaterine Millet nos cuenta con toda sinceridad, con pelos y señales, si se puede decir, y como si se tratase de otra persona, su iniciación sexual, su desarrollo con hombres, mujeres, en grupo, posturas, técnicas orientales y misioneras, sexo al ai­re libre en lugares públicos y tantas veces, tantas experiencias en cada página, que uno se pregunta de dónde sacó tiempo la heroína para aprender a distinguir un aguafuerte de Goya de un dibujo de Picasso.

Ha pasado un año. Tras el escándalo y las críticas iniciales (se decía que aquéllo no era literatura, sino pura pornografía (cuando se sabe que la pornografía es la sensualidad de los otros) y que Catherine Millet halagaba los más bajos instintos del ser humano con el único fin de ganar dinero. Añadamos que para más inri, su esposo muy amado y consintiente, fotógrafo conocido, coincidiendo con la salida del libro, publicaba fotos de su esposa tal y como vino al mundo (pero ya por los seis lus­tros), y en las poses más provocativas y obscenas, tal diría un bien pensante.

Pero quien espere encontrar pornografía en La vida sexual de Catherine M. pierde el tiempo: la autora, mujer generosa, describe sus experiencias con la misma meticulosidad con que analiza un cuadro abstracto. No cuenta sus arrebatos para hacerse célebre (que ya lo era), ni con afán de lucro, sino para compartir sus experiencias e inculcárselas al lector.

Ahora, un año después, se reconoce que se trata de un relato sobrio, minucioso y muy bien construido. No se cuentan las traducciones, más de treinta y a los idiomas más insólitos. Aparte de nuestro buen castellano, catalán, coreano y neerlandés, con ediciones cuando menos de cincuenta mil ejemplares cada vez, pronto agotados. Y hay que rendirse a la evidencia: este libro no es una apología del hedonismo ni de la realización de fantasmas. Como dice el crítico Denis Roche, cuenta lo que muchos seres humanos hacen, pero las mujeres han de parecer santas.

Catherine Millet acaba de hacer una gira por Europa, como si de un Manu Chao, que no lo es, o de una gran escritora, que sí lo es, se tratara. Dictó conferencias, participó en mesas redondas (he dicho mesas) estuvo en aulas universitarias y en debates de televisión. Uno de ellos con el arzobispo de Como, muy cortés él, y quien se limitó a observar que el libro era menos filosófico que los de Sade (lo cual implica que el buen prelado los leyó, tanto los del Divino marqués y como el de Catherine), y que no le gustaría casarse con ella. No dio razón alguna convincente, pero se puede suponer que le salió al jerarca un ramalazo machista: un hombre puede hacer lo que le venga en gana con su cuerpo, incluso ponerle sayas, pero una mujer no ha de mancillar el suyo con el vicio.

Es interesante también la capacidad de los diferentes idiomas para reproducir el lenguaje del sexo. No es extraño que el italiano Casanova haya escrito sus Memorias en francés: es la lengua del erotismo, la que goza del vocabulario más sensual, explica la experta Catherine Millet. En inglés, la palabra sex tiene connotaciones más groseras, y las palabras obscenas del francés cobran relieves repugnantes en la lengua de Shakespeare. En cambio, el sueco tiene posibilidades inmensas de expresión sensual, y termina diciendo la escritora que estas reuniones eru­ditas con gente desconocida le recuerdan irresistiblemente las reuniones menos intelectuales en las que le gusta participar.

Lo que emerge de tan diversas y numerosas copulaciones es un canto a la libertad. Y a la libertad femeni­na. Lo que se oye entre ayes y jadeos es un grito de liberación: ¡que cada mujer viva su sexualidad como le dé la gana! Por eso este libro viene a colocarse al lado de otros que significaron un hito en el largo camino que lleva hacia la igualdad de los derechos humanos en un terreno tan importante: Los cien días de Sodoma y Gomorra, de Sade; las Memorias de una cantante alemana, Le con d’Irene, de Louis Aragón, y los Cuadernos aún inéditos de Carolina Otero.

La Voz de Galicia, 29-III-2002

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