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¡Cómo está el clero!

17 abril, 2002

Cuando mi adolescencia, se contaba que había en Guitiriz un urólogo cuya placa callejera rezaba: Fulano de Tal. Enfermedades venéreas. De cien casos, noventa curas. Dicen que una buena señora al pasar y verlo, exclamó tras santiguarse: «¡Dios mío, cómo está el clero!». Puede pensarse que el anuncio del galeno fuera premonitorio, tantos casos se dan en España, en Austria, en Estados Unidos, en Francia y en otros muchos países, en que los sacerdotes, abierta o clandestinamente, ignoran los preceptos de continencia y castidad. El último caso sonado es el del padre Di Falco, obispo auxiliar de París y portavoz de la comisión episcopal. A este personaje, desenvuelto y bien visto por las damas, lo ha denunciado un hombre de 41 años por haberlo violado hace unos treinta. La justicia archivó el caso, prescrito al cabo de tanto tiempo. Es posible que el padre Di Falco haya cambiado, y para el denunciante el mal ya está hecho; no lo va a reparar con una condena tardía.

Mi anticlericalismo está más que demostrado, pero no creo que haya que atacar a la Iglesia por estos casos de violaciones o de pedofilia, y mucho menos por el incumplimiento de la ley antinatural de la abstinencia. Desde los diez a los veinte años estuve interno en el Colegio Apóstol Santiago de Madrid en momentos en que se despierta la sexualidad y la tendencia amorosa no está claramente definida. Era un colegio de curas, y cada cura tenía su amiguito. Sin ninguna ocultación se sabía que el preferido del padre Peñuelas era Antonio Frías; el del hermano Tomás, José Luis Bellón, y el de don Martín Sampedro, yo. Otras parejas había en las que el profesor era laico, pues en aquel colegio había de todo, curas y seglares, con tal de que fueran franquistas. Los que estábamos bajo la protección sentimental de un sacerdote gozábamos de toda clase de privilegios, como salidas los sábados y domingos y la ausencia de clases, incluso de la de religión. Eso sí; los sábados y domingos salíamos de parejas con nuestros hombres. Puedo decir que don Martín Sampedro me llevaba a comer tortillas de nata a la Granja Callao de la Gran Vía y luego al cine. Recuerdo que entre otras películas vimos Balarrasa, con Fernando Fernán Gómez, algunas del repipi Joselito, y Apartado de correos 1001, con el no menos intragable Mario Cabré.

Todo esto lo contaba inocentemente en casa a mis doce años cuando iba de vacaciones a Vilalba, y tengo presente el comentario que solía hacer mi padre: Ai, neniño, ten cuidado, que ese cura vaite desgraciar. Aun ignorando a qué se refería, barruntaba que mi padre albergaba ideas turbias y tenía la mente perturbada. Porque el cura no me hacía nada. Era muy cariñoso, eso sí. Y debo confesar que sufrí cuando me dejó por otro niño, extremeño, guapo y buen cantaor de flamenco, de quien en verdad estábamos enamorados todos los del colegio y con quien intercambié algunos besuqueos.

Cuando los divertimentos se convirtieron en escándalo, la dirección tomó medidas severas: tres niños fueron expulsados. A los maestros no les pasó nada: siguieron los cursos de aprendizaje con otros niños. Yo fui de los que salieron indemnes. Me confirmé en el sentido de la heterosexualidad (¡y de qué manera!), pero lo contrario no hubiera sido ningún drama.

La pedofilia es una aberración, por supuesto, y no sólo en los sacerdotes. Se calcula que de cada veinticinco mil religiosos, veinte o treinta practican o practicaron ese crimen; es decir, el porcentaje que se da en todas las actividades humanas. Desde 1995 treinta sacerdotes fueron condenados en Francia por pedofilia, veintiuno en Gran Bretaña entre el 95 y el 99, y muchos más en EE. UU, donde los daños son inconmensurables, según el portavoz del episcopado. Se habla ahora de autorizar el celibato, con la esperanza de que la unión matrimonial reduzca la presión de la olla. También piensan en ordenar a mujeres sacerdotes, con el fin de paliar la falta de vocaciones masculinas. Es decir, que el Vaticano echa mano del sexo débil —tan denostado desde San Pablo— para salvar la institución. Aquí también podríamos decir, irónicamente y parafraseando a Louis Aragón, que «la mujer es el porvenir de la iglesia».

La Voz de Galicia, 17-IV-2002

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