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Mi piel vale un dineral

1 junio, 2010

El primer tatuaje me lo estamparon en Colombia, cuando la gira del Expreso del hielo por este país.

Por si no lo saben, fue hacia 1992 y se trataba recorrer el trayecto Bogotá-Santa Marta-Bogotá por el Macondo de García Márquez y ofreciendo espectáculos en un tren recompuesto con mil piezas diferentes, cuya velocidad era de quince kimómetros por hora. Yo fui con ellos porque tenía miedo.

Estaba previsto que mis dos hijos (miembros del grupo Mano Negra) viajaran en un tren todavía inexistente, por raíles herrumbrosos y entre guerrillas dudosas; que atravesaran el Bajo Magdalena, una de las zonas menos recomendables del planeta, disputada por paramilitares, narcotraficantes, secuestradores y ase­sinos —a menos que todos sean lo mismo. Tenía miedo, repito; raptos, rehenes, asesinatos; Manu allí dando la cara y yo en París tan campante (es un decir), yendo y viniendo a exposiciones, teatros y bibliotecas. Además de bandas musicales, wagón de exposiciones y números de circo, el tren llevaba un salón de tatoo, a cargo del belga Dany.

Como yo quería que el periplo fuera un éxito, decidí participar en todas sus actividades, como por ejemplo meterme en una piel de oso asfixiante. Y tatuarme, aprovechando una ausencia de Manu. Pero alguien se chivó y mi hijo vino a verme: “Papá, no se te puede dejar solo”. Pero ya no hubo dios que me borrara el logo de Mano Negra, una palma de este color sobre una estrella roja.

Con sólo un tatuaje viví hasta que tres años después conocí a Juan Carlos Onetti. Con el director José María Berzosa lo entrevistamos durante cuatro días (veinte horas útiles) para unos programas de la Televisión francesa.

Yo escribía entonces en el diario “Le Monde”, y cuando el escritor uruguayo se encontraba “en la cumbre de la metamorfosis” como decía el barbero de mi pueblo (entre la vida y la muerte), mis jefes literarios me pidieron que fuera preparando su obituario.

Lo escribí, pero no podía entregarlo sin que Onetti me diera el visto bueno. Fui a verlo a Madrid. No dejó que se lo leyera: “Lo que escribas tú lo habré vivido yo”. ¿Podría entonces firmarlo: “Ramón Chao, con la aprobación del finado”? Por parte de Onetti no hubo ningún inconveniente, pero los del periódico no tenían un sentido del humor tan macabro.

Me olvidaba: lo único que le pregunté aquel día fue la banalidad de que si temía a la muerte. “No chico, porque sé que cuando quiera llamo a mis personajes, a Larsen, a Angélica, a Brausen y aquí se presentan para irse conmigo al otro mundo”.

Entonces me dije que iba a superar a Onetti. Yo no tendría que llamarlos, que a lo peor ni tiempo me daba, sino que les llevaría conmigo. Por cada libro que escribiera – incluso con efecto retroactivo -, me haría tatuar con temas alusivos a la obra, por grandes pintores del momento y firmados: Antonio Saura, Wozniak, y ahora mismo Miguel Barceló me està preparando el próximo.

Me han hecho tatuajes en Colombia, París, Vigo, Compostela, Santander y Barcelona. Los últimos y mayoría son obra del italiano Mario, instalado en Palma de Mallorca.

Bien conocida es la técnica del tatuaje. Yo le doy al tatuador una copia del dibujo, que él calca en un papel transparente y luego me lo plasma en la piel. Viene al fin la aguja eléctrica, que obliga a contener la respiración y pensar en otra cosa para no echarse a correr. En mi caso es tanto más complicado (o yo inconsciente), pues tengo una afección de vitíligo; basta con verme las manos o la cara. Por lo tanto, mi piel vale una millonada. Si un día pensé ofrecer mi cuerpo a la ciencia, de seguir así preferiré donarlo a un Instituto de Bellas Artes.

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