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Las memorias que Alejo Carpentier no llegó a escribir

7 junio, 2010

Palabras en el tiempo de Alejo Carpentier. Ramón Chao. Barcelona: Argos Vergara, 1984

Se cumplen estos mismos días los cinco años de la muerte en París de Alejo Carpentier, nombre ya clave en la historia de las letras hispánicas de todos los tiempos, y uno de los renovadores de la prosa narrativa en la segunda mitad de este siglo. Ramón Chao, escritor español afincado en París desde hace muchos años, periodista en prensa escrita, radio y televisión, ensayista y sorprendente novelista, conoció y trató durante largos años a Carpentier en París. Concienzudo lector de su obra, testigo de los últimos años de su vida, entrevistador y hasta realizador —creo recordar— de un testimonio discográfico con él, Ramón Chao estaba preparando antes de la muerte del escritor un testimonio periodístico de gran amplitud sobre su vida y su obra, que es el que ahora aparece bajo un machadiano título.

Alejo Carpentier no llegó —que sepamos— a escribir sus memorias. Su vida, que atravesó épocas y continentes, constituye sin embargo un testimonio vivo de los mayores acontecimientos de nuestro siglo: Hijo de francés y rusa, nacido en La Habana a finales de 1904, estudian­te de arquitectura y periodista, luchador contra la dictadura en sus años juveniles —lo que le costó un breve período de cárcel— exiliado en París, donde conectó con el movimiento surrealista en pintura y literatura, con el mundo de la música y de la radio, fue testigo de la ascensión del nazismo en Alemania, de la consolidación de la revolución soviética y del estallido de la guerra civil española, cuyos escenarios visitó.

Con el triunfo de la revolución de Fidel Castro en Cuba, Alejo Carpentier regresó a su país, y se integró en las filas revolucionarias, a las que sirvió fielmente hasta su muerte, primero en tareas editoriales y culturales en la propia Cuba, hasta ocupar un puesto diplomático en París durante los últimos años de su vida.

Ramón Chao ha descrito, con minucia y amor, las grandes líneas de esta vida cuidadosa y apasionada al mismo tiempo, valiéndose para ello de sus frecuentes conversaciones con el escritor, de las propias entrevistas con él realizadas, y de los testimonios dispersos en otras muchas intervenciones periodísticas, en artículos, conferencias, coloquios y entrevistas desperdigados por la prensa y la radio del mundo entero. Pero hay algo más: no solamente se trata de una tarea con vocación de totalidad, de recogerlo todo —o al menos lo más significativo— sino que el propio Carpentier pudo llegar a revisar el manuscrito, limitándose a corregir algún error de nombres o de fechas. Tal como ha quedado, este libro de Ramón Chao merece pues ser considerado como las memorias que Alejo Carpentier no llegó a escribir jamás como tales, aunque ya hubiera dado múltiples testimonios de ellas.

Ramón Chao estructura su libro al revés, a semejanza de esa recurrencia temporal que Carpentier inventara para uno de sus más célebres relatos, el Viaje a la semilla, incluido en el libro Guerra del tiempo. Y de este modo, como en una cinta que se desarrolla al revés, parte de los últimos tiempos de la vida del escritor, cuando terminó su última gran novela, La consagración de la primavera, para llegar a su infancia en La Habana y en el campo cubano y los orígenes de su familia. Esta ordenación, que naturalmente se centra en los grandes acontecimientos de su vida – la dictadura en Cuba, el mundo artístico francés, de entreguerras, la guerra civil española y en la publicación de sus principales libros – El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El acoso, El siglo de las luces, Concierto barroco y El arpa y la sombra, aparte de los dos ya citados antes— resulta ser al final perfectamente clara y didáctica, y hasta metaforiza la lectura misma de la obra carpenteriana.

Y lo más hermoso de este libro es que respira optimismo, vitalidad, esperanza y fe en el arte y en la humanidad por encima de todo. No hay la menor amargura, ni la menor reticencia, ni la más mínima sombra de un resentimiento en estas pala­bras sabias y siempre medidas. Carpentier fue un escritor lento, riguroso, investigador, que sacrificó a la edificación de su arte toda simplificación o demagogia. Es de esta manera un escritor molesto para los políticos, tanto de un lado como de otro. A los suyos, a los de la revolución en la que creyó, les obligó a aceptar procedimientos y técnicas totalmente heterodoxos en la historia de todas las revoluciones que en el mundo han sido. Era un humanista con grandes dosis de escepticismo crítico, que ejemplificó no obstante con su vida y su obra que ese humanismo crítico no está reñido con el espíritu revolucionario. Sus adversarios resaltan este escepticismo carpenteriano y su manejo del tiempo como un elemento recurrente —no exactamente estático— para mostrar la incompatibilidad de su obra con la revolución.

Todo ello son esquemas preconcebidos. De hecho, la obra de Carpentier investiga la historia y el tiempo, y se vuelca al final en una fe revolucionaria compleja y crítica, que nada tiene que ver con los mo­dos y maneras que hasta él se habían conocido. ¿Qué tiene que ver la obra de Carpentier con la política? Evidentemente nada —todo arte es independiente— y todo, pues el compromiso del artista así lo determinó, y su calidad a lo largo de su vida y obra viene a insistir en el renuevo de la esperanza. Lo que no está tan mal como aviso de navegantes, tanto de revolucionarios dogmáticos como de conservadores despechados. La independencia del arte no desaparece con la asunción libre de un compromiso moral o político concreto, que si es válido para un lado también lo será para el otro en este reino del maniqueismo universal que estamos viviendo.

RAFAEL CONTE

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