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Comunión y pecado

11 junio, 2010

A los nueve años estaba yo muy puesto para recibir la santísima comunión. Este sacramento, instituido por Jesucristo para la remisión de los pecados y para devolvernos la vida de la gracia si la hemos perdido después del bautismo, contiene en sí mismo una gracia sin límites de perdón. Mas para que el sacramento obre en el alma, deberá ésta evitar todo obstáculo que se oponga a su acción. Ahora bien ¿cuál puede ser aquí el obstáculo? La falta y el apego al pecado. El pecador deberá hacer declaración de su pecado, declaración íntegra de las faltas mortales; después deberá destruir el apego al pecado mediante la contrición y aceptación de la penitencia que le fuese impuesta y ante todo, repito, debe saber el Yo Pecador.

En vísperas de ese día único, día señalado, día dulcísimo en que la Divinidad se va a instalar en nosotros, todo está listo menos dos cosas capitales: mi traje azul de marinero, una; y la otra, que me resulta imposible aprenderme el Yo Pecador de memoria. Le he entonado cientos de veces al unísono con los demás niños de mi grupo, que somos nueve, pero tal vez lo hiciera pensando en las musarañas, lo cierto es que únicamente sé la primera letrilla y luego bisbiseo las otras por lo bajín, repitiendo de rondón lo que recitan mis compañeros.

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Se precipita la fecha de la primera confesión, condenada a serme fatídica: iba a estar solo ante el cura y sin remedio cometería un pecado mortal. Llegan cuatro frailes del convento de los Picos de Cunqueiredo para ayudar al párroco a confesar. Nos ponemos todos en cola ante sus confesonarios, porque es más fácil decirle los pecados a un monje de capirote y no al párroco a quien se está viendo todos los días y además es amigo de la familia. Con él la confesión resulta, sencillamente, peliguada. Es propio entonces que haya un vacío desolado delante de la garita del párroco (nos está mirando, cree que me escondo por no confesarle mis pecados, piensa mal de mí), y corro a prostrarme a sus plantas. Advierto una mirada de cariño o de agradecimiento. La verdad es que me quiere de veras y hasta me presta las llaves de la iglesia para tocar el órgano por las tardes con mi hermano, que le da al fuelle; no puede sospechar pues don Genaro que me va a hundir para toda la eternidad. Al fraile le hubiera transmitido mi ignorancia de la plegaria inexcusable, la rezaríamos juntos y luego yo le soltaría todas mis faltas de un tirón. Pero con el párroco imposible: con el empiezo articulando bien alto para que no quepa duda.

-¡Yo pecador me confieso…! —sigo tono más bajo— a la bienaventurada siempre Virgen María… y musito lo demás hasta el tiempo de concluir y exclamo con resolución:

-¡Amén!

-¿De qué pecados te acusas, hijo?

¿Y por qué me voy a acusar de algo cuando ya el propósito de enmienda, esa gracia que Dios puso a disposición del hombre para salir del abismo a que le lleva su inclinación a la rebeldía, no podía serme de ningún provecho?

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