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Lo que le debo a la música

12 junio, 2010

Nunca llegaré a saber cuánto le debo a la música. Desde muy pequeño empecé a entonar el solfeo y machacar el teclado, de modo que los sonidos y las estructuras musicales se me insertaron para siempre en el interior.

A los diez años di mi primer recital en el Círculo de las Artes de Lugo, y la prensa na­cional (no digamos El Progreso) dio en llamarme «el Arturito Pomar del piano»; el otro, el verdadero Pomar era el rey del tablero de ajedrez.

Todo pasa una tarde que nunca olvidaré, nunca, en que mi padre y yo, cuando contaba seis años apenas, bajamos por la calle de Cima para que le dijera doña Sagrario si ya podía empezar a estudiar piano. Fue un caso mi padre, único entre los indianos. En Cuba todos habían trabajado con miras al provecho, mientras que él nunca sintió codicia y allí mismo derrochó sus ganancias en libros, ópera y mujeres.

Al volver al pueblo se obstinó en que uno de sus seis hijos fuera pianista. Todos mis hermanos pasaron por el teclado, pero como ninguno saliera émulo de Albéniz, los retiraba y probaba con otro. Hizo lo dicho con los seis, y hubiera seguido de no haber quedado mi madre infecunda debido a una operación en la matriz. Por eso se ensañó con el último, yo.

Doña Sagrario tocaba el órgano en la misa de los domingos. También enseñaba solfeo a los niños que anhelaban ingresar en la Banda Municipal. Le parecí demasiado tierno. Y mi padre, impertinente: que yo era muy espabilado, y que con probar no se perdía nada. Tal tabarra le dio que me vi metido encajando fusas y semifusas en compases binarios cuya medida marcaba con la mano como si me santiguara, rezando las notas en lugar de entonarlas, pues doña Sagrario era incapaz de llevar el acompañamiento en el teclado.

Al cabo de un año, la maestra dio concluidas las lecciones de solfa y me adelantó a la posición fija en el piano: es un suplicio chino que consiste en apoyar los cinco dedos al mismo tiempo en cinco teclas seguidas, do re mi fa sol, pongo por caso. Se toca la primera nota cinco o las veces que te ordenen, manteniendo los otros dedos a fondo; luego el re que había de seguir ya toda la vida, me vi metido en el odioso Hanon, método de escala y arpegios en terceras, en sextas, en octavas y muchos ejercicios más.

Mi padre se puso a explicar que en dos semanas su hijo había aprendido todo lo que m podía enseñar doña Sagrario, realmente muy poco. Para compensar la falta de maestra me obligó a redoblar el tiempo de estudio. Por eso me pasaba ante el piano dos horas de mañana y otras tantas al anochecer, consumido por el cansancio y el dolor. Mi quite consistió en leer tebeos mientras tocaba, sistema que les explicaré, por ser de imaginación complicada: Ponía en el atril un tebeo de Pulgarcito o del Guerrero del Antifaz y me lo empapaba de cabo a rabo en tanto martilleaba cada dedo, que tal labor no precisa celo ni maña para que se oiga.

Teníamos en casa una gata que se llamaba Morita; ¡lo que le gustaba la música! Era realmente asombroso. No bien oía los primeros sones llegaba pasito a pasito a la galería, y saltaba al sillón que tenía a mi lado, tratando de encaramarse en el teclado. La cogía del collar y la paseaba de arriba abajo, unas veces ritardando y otras acelerando, dejándola circular armonio­samente sola al final. Pero mi padre no se dejaba engatusar por los sonidos, siempre distintos, que sus zarpas esparcían por el aire, y siempre terminaba airado:

—-¡Pero qué escala es esa, badulaque!

Hay tantas escalas y arpegios, mayores, menores, armónicas, pentatónicas y así seguido; e ignorando tanto la Morita como yo la filiación de aquellos inopinados intervalos, le contestaba:

* — ¡Do bemol menor, lidia y filarmónica, papá!, aunque no existiera y estoy seguro de que

no existe. Pero por saber aún menos que nosotros, su única solución era callarse, y Morita reanudaba sus improvisaciones.

No tardó en divulgarse la fama de mi habilidad por toda la ciudad, merced a la locua­cidad de mi padre. Y el resultado de ello me convertí en la comidilla del pueblo, y el salón de mi casa en una romería a la que acudía muchedumbre de curiosos, ávidos de convencerse por sus propios oídos de la verdad de lo que de mí se decía. El pueblo se partió en dos facciones rivales y la discordia perdura hasta hoy entre los que me tomaban por un niño prodigio al oírme tocar El Lago de Como y les atolondraba lo que escribían los periódicos sobre mí.

Resultado, que el médico no se llevaba con el farmacéutico; el sacristán se peleó con el relojero; discutían los ociosos en el Bar Roca e incluso las lavanderas del Regó dos Cochos perdían horas en disquisiciones estéticas mientras les clareaba la ropa al sol.

El ayuntamiento de Villalba me dio una beca para ir a Madrid, donde cursé el bachillerato y obtuve el premio nacional de virtuosismo, y tras ello Fraga Iribarne me mandó a París, donde crecieron mis angustias. Estudié con Lazare Lévy, a quien me  había recomendado Joaquín Rodrigo y con Magda Tagliaferro, la excelente y pesetera brasileña. Cada cual me enseñana una técnica distinta, Lazare-Levy la técnica moderna del peso, y Tagliaferro más clásica y articulada, de modo que ambas se contraponían y yo ya no sabía tocar mi repertorio. Cada vez más desesperado, pues las ocho o diez horas ¡diez horas! diarias de teclado resultaban inútiles. Undi entonces una artimaña para dejar el piano e irme sin la m música a otra parte.

Había en Villalba un taller de madera, del Quíntela, que tenía una de esas sierras eléctricas y circulares que les llaman de sinfín. Proyecté meter en ellas la mano izquierda para que se me llevase dos o tres dedos y que mi padre no me obligara a pasarme la vida tocando el Concierto para la mano izquierda de Ravel. De modo que lo haría aquel verano, en las vacaciones veraniegas. Pero he aquí que esos días recibo una carta de mi padre, que debía tener un sexto o séptimo sentido, en la que me decía: «Estudia también armonía por si te pasa algo en las manos; ya sabes que Schumann y Penella tuvieron sendos accidentes y llegaron a ser grandes gracias a sus composiciones» ¡Comparar al autor del Carnaval de Viena con el rataplanero del Gato Montés  Pero bueno, tuve que abandonar mi proyecto sanguinario y decidí tomar la libertad: regalé el piano, y durante más de quince años no quise saber nada de música. Tanto es así, que influido por mis nuevas ideas políticas, inventé una teoría sobre el carácter reaccionario de las estructuras musicales. Todo gira, decía en torno a la tónica (el rey todopoderoso); a su lado la dominante, la subdominante y la sensible, que son como un consejo de ministros, y abajo las otras todas; es decir, el pueblo llano y sufridor.

Pasaron muchos años, y más que reconciliado con la música, me di cuenta de que sus estructuras se me habían incrustado en la mente. En mis artículos, mis entrevistas y novelas, aplicaba inconscientemente – y lo sigo haciendo con toda lucidez – la estructura de la sonata: tema, contratema en la quinta superior, desarrollo y regreso al tema inicial. Sin duda que en la vida, en las relaciones con la gente y con la política, este esquema sigue funcionando, y la verdad es que no me puedo quejar de los resultados, ni de lo mucho que sufrí en mi niñez. •

One Comment leave one →
  1. 19 enero, 2014 19:15

    Reblogueó esto en Ramón Chao.

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