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El lago de Como en Villalba

23 junio, 2010

E Lago de ComoEl ambiente de Villalba, de tedio e indolencia, clima dulce y apacible, se malogró a causa mía. No tardó en divulgarse la fama de mi habilidad por toda la ciudad, merced a la locuacidad de mi padre. Y el resultado de ello fue que desde la amanecida hasta que anochecía era yo la comidilla del pueblo, y la galería de la fonda como una romería a la que acudía muchedumbre de curiosos, deseosos de convencerse por sus propios oídos de la verdad de lo que de mí se decía. De suerte que yo no hacía otra cosa en todo el día que complacer a los parroquianos, cada vez más numerosos, que se agolpaban en torno al piano. El pueblo se partió en dos facciones rivales y la discordia perdura hasta hoy entre los que me tomaban por un niño prodigio al oírme tocar El Lago de Como y les atolondraba lo que escribían los periódicos sobre mí, y como cuando por alguien le da al vulgo no cansa de colgarle atributos, se deshacían en elogios alabando mis encantos y conviniendo todos en que no había en el mundo pianista más virtuoso que yo, ni intérprete que se me pudiera igualar, mientras que otros, al ponderar mis méritos, atribuían parte de ellos a la superchería de mi padre, asegurando que yo no tocaba ni mejor ni peor que los demás aprendices musicales que en Reigada había.

Resultado, que el médico no se lleva con el farmacéutico; el sacristán se peleó con el relojero; discuten acaloradamente los ociosos en el Bar Rozas e incluso las lavanderas de la Fuente del Castañar pierden horas en disquisiciones estéticas mientras les clarea la ropa al sol.

Todo por una tarde que nunca olvidaré, nunca, en que mi padre, y yo a su lado, cuando contaba siete años apenas, bajamos cara al mercado de las gallinas, calle de la Iglesia, para que le dijera doña Sagrario si ya podía empezar a estudiar piano. Fue un caso mi padre, único a mi entender entre los indianos. En Cuba todos habían trabajado con miras al provecho y utilidad, mientras que él, por su parte, no sintió codicia, y allí mismo derrochó sus ahorros en libros, ópera y mujeres, recuerdo que de pequeños nos quejábamos sus hijos que otros emigrantes vivieran como millonarios en Galicia y él se disculpaba diciendo que se le habían caído las maletas al mar en la bahía de Vigo al regresar, por lo cual durante muchos años soñamos con su rescate — y al volver al pueblo se obstinó en que uno de sus seis hijos que le iban creciendo fuera pianista. Así to­dos mis hermanos pasaron por el teclado de doña Sagrario, pero como ninguno saliera émulo de Albéniz, y también porque lo necesitaba para trabajar en la fonda, que empezaba a funcionar, los retiraba y probaba con otro. Hizo lo dicho con los seis, y hubiera seguido de no haber que­dado mi madre infecunda debido a una operación en la matriz. Por eso se ensañó con el último, yo.

Doña Sagrario era la practicante del pueblo. Además, tocaba el órgano en la misa de doce los domingos y a diario en las novenas. Asi­mismo iniciaba en el solfeo a los niños que anhelaban ingresar en la Banda municipal; en tres meses les enseñaba porfiadamente notas abundantes para descifrar las oberturas de La Boda de Luis Alonso y de Gigantes y Cabezudos, piezas del programa eterno con Poeta y Aldeano, como ya creo haber dicho; subían una mañana gloriosa al templete del Parque con sus uniformes azules ribeteados de morado, cornetín o bombardino en las manos, pero sin soplarles, a menos que el confitero les autorizase a embocarlo e hinchar los mofletes para simular. Con este método, aseguraba el maestro, el día del debut sabrían de corrido todo el repertorio, y lo cierto es que les salían sus particelas bordadas.

Ramón Chao a los diez años

A doña Sagrario le parecí demasiado joven. Y mi padre, impertinente: que era muy dócil y espabilado y que con probar no se perdía nada. Tanta tabarra le dio que me vi metido en la oscuridad de una galería todos los atardeceres, encajando fusas y semifusas en compases binarios cuya medida marcaba con la mano como si me santiguara, rezando las notas en lugar de entonarlas, pues doña Sagrario era incapaz de llevar el acompañamiento en el teclado.

Es de suponer que lo aprendí todo sin dificultad o que mostré despejo natural, pues a lo último doña Sagrario dio por concluidas las lecciones de solfa y me adelantó a la posición fija en el piano: es un suplicio chino que consiste en apoyar los cinco dedos al mismo tiempo en cinco notas seguidas, do re mi fa sol, pongo por caso. Se toca la primera nota cuatro, cinco o las veces que te ordenen, manteniendo los otros dedos a fondo; luego el re, otras tantas veces, después el mi y así sucesivamente, para ahorrar palabras.

Hay que levantar bien el dedo y atacar la tecla desde lo alto con energía, y aunque todos son difíciles de articular, de la palma se la llevan el meñique y el anular.

Con este aburrimiento pasaba varias horas diarias y más tarde, sin dejar la posición fija que habría de seguir ya por la vida, me vi en el Hanon metido, un libro de escalas y arpegios en todas sus modalidades, en terceras, en sextas, en octavas y muchos ejercicios más. Este método sí que contiene torturas refinadas por las combinaciones sutiles, dolorosas e innecesarias, que nunca llegarán a presentarse de idéntica forma en una obra y dejan los dedos completamente engarabitados.

En cuanto di aprendidas las claves de sol y de fa, los primeros ejercicios del odioso Hanon y dos o tres compases sencillos, la organista le anunció a mi padre que ya me hallaba convenientemente preparado para incorporarme a la Banda Municipal. Y en vez de conformarse con una razonable felicidad, el que doña Sagrario considerase que mi misión en la vida consistiría en tocar el cuerno en el templete todos los domingos le sacó de quicio, y yo noté su orgullo tan herido que al momento intuí la necesidad de defenderme contra el peligro que entrañaba su desaforada ambición. Pero Dios me concedió la virtud de la paciencia y durante años y más años resistí con entereza y con su misma cazurría, aguardando de la muerte la liberación de mis penas

Se puso a explicar a los cuatro vientos que yo era tan inteligente, tan soberbiamente dotado para la música, que en dos semanas había apren­dido todo lo que me podía enseñar doña Sagrario, sin pararse a consi­derar que me había enseñado todo cuanto en su profesión era necesario, realmente muy poco, y que yo había estado con ella varios meses. Tenía que haberse dejado entonces de bobadas y de ilusiones vanas que le te­nían embargada el alma en un asunto que entrañaba un peligro mortal para su persona, sin contar con su ruina económica. Pues no: me retiró de las clases, y para compensar la falta de maestra me obligó a redoblar el tiempo de estudio. Por eso me pasaba dos horas de mañana y otras tantas al anochecer ante el piano, consumido por el cansancio y el dolor. Mi quite consistió en leer tebeos mientras tocaba, sistema que te explicaré, por ser de imaginación complicada. Ponía en el atril un cuento de Pulgarcito o del Guerrero del Antifaz y me lo empapaba de cabo a rabo en tanto martilleaba machaconamente cada dedo, que tal labor no precisa celo ni maña para que se oiga; mis hermanas me mandaban cambiar de nota al sentir que mi padre empezaba a rosmar y también me avisaban cuando salía a la calle. Entonces cesaba de tocar para jugar con la gata, si bien solía suceder que se presentase de improviso por el portalón del huerto, pues sólo vivía para vigilarme, y no oyese el piano. Preguntaba a gritos por mí, y no bien los había oído que al contrario de ponerme a tocar, como haría otro cualquiera, me metía en el retrete con los tebeos y permanecía allí todavía un rato. Subía las escaleras como una furia, mi padre llegaba transido de ira al paso que salía yo del excusado abotonándome los pantalones con los tebeos debajo del calzoncillo. Y como me había inventado la coartada de la colitis no le quedaba más solución, so pena de quedar en ridículo ante mí, que meterse a su vez, aunque no tuviese ganas, en el excusado que yo dejara vacío.

Así hubiera podido soportar la vida cuando por desdicha llegó a Villalba una profesora de verdad, nacida en el pueblo pero que había estudiado toda la carrera en Madrid. Joven y petulante, muy atildada a la moda, se pintaba los labios y las uñas de rojo encendido, incluso las de los pies, cosa nunca vista allí y causa de grandes excitaciones. Y más en verano, que en bicicleta se le arremolinaban las faldas, descubriendo unas pantorrillas tirando a esqueléticas. Pero como eran de las pocas vistosas de la comarca, atraían todas las miradas y provocaban comentarios varia­dos, vale decir que era ligera de cascos y que se entendía con su padre. La verdad, sin que eso signifique nada, es que su madre había muerto poco después de su regreso al pueblo, pero los cotillees confirmaron que de pena, y que la difunta se aparecía en carne y hueso a la pareja incestuosa para afearle su conducta.

Lo primero que se produjo en el pueblo fue un gran alboroto entre las castas pudientes. Era un marca de distinción tener un hijo estudiando con Purita, y Reigada se fue poblando de pianos. Los más corrientes, y hasta diría vulgares, eran los Chassaigne Fréres comprados de segunda mano en los casinos comarcanos; más abolengo daban los Ronish de la tienda de un alemán instalado en Cela, y ya la cima de la nobleza local se alcanzaba con los Gaveau, los Steinway y los Pleyel, por este orden — todos verticales, pues no había ni un triste cuarto de cola en el pueblo — procedentes de Madrid en camiones del pescado que al regresar sin carga los transportaban.

Purita demostró poseer dotes excepcionales para promover sus clases. Primero se las dio gratis a la hija del alcalde, acudiendo tras ellas el ve­terinario y el farmacéutico con las suyas; cuanto más baja era la extracción social de los alumnos tanto más les cobraba, y se rumoreaba que unos tratantes maragatos enriquecidos con la compra y venta de jamo­nes pagaban por los demás. Lo cual muy bien podría ser un infundio, pues uno de los secretos mejor guardados en el pueblo eran los emolumentos de Purita. A las familias no les importaba demasiado que sus hijas tocaran así o asá; sólo querían aparentar que la profesora las tenía de balde y por eso cotizaban caro.

El sueño de mi padre era ponerme a estudiar con ella, no por lo del estatuto social, sino que le parecía ser el único camino para encauzarme por el de la perfección. Y se atrevió a hablarle, aun a sabiendas de que no tenía dinero ni tampoco pertenecía a la alta sociedad.

Le contestó, naturalmente, que no le quedaba tiempo para ocuparse ni de un alumno más.

—Es que nosotros somos pobres, suspiraba mi padre, al tiempo que escarbaba en una cicatriz que tenía en la sien izquierda, manía que le entraba cada vez que estaba apesadumbrado.-

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