Skip to content

Hernán Rivera Letelier, “El arte de la resurrección”

13 septiembre, 2010

Cuenta Miguel de Cervantes que de un lugar de la Mancha salió en el siglo XVI un caballero con ánimo de enderezar entuertos, proteger vírgenes y desvalidos. En 1942, Domingo Zárate Vera un enjuto hombre de aspecto sucio y desharrapado, se aventura a recorrer el desierto, pese a las burlas y amenazas de los  que lo consideran un simple espíritu. Ya de niño había comenzado a advertir formas sibilinas en las nubes con augurios de pequeños desastres. Tras la muerte de su madre se hace ermitaño en el Valle de Elqui, donde descubre, a través de una visión, que él es nada menos que la reencarnación de Jesucristo.

Las primeras experiencias de ambos iluminados son catastróficas: don Quijote no logra rescatar a un pastorcillo de las garras de su amo Juan Haldudo. Siglos más tarde, el ya conocido como el Cristo de Elqui se congratula de haber realizado un portento: (“La pequeña plaza de piedra parecía flotar en la reverberación del mediodía ardiente cuando el Cristo de Elqui, de rodillas en el suelo, el rostro alzado hacia lo alto -las crenchas de su pelo negreando bajo el sol atacameño-, se sintió caer en un estado de éxtasis. No era para menos: acababa de resucitar a un muerto”), resulta que el muerto era el vivo de una ficción montada por borrachines y guasones. Y, por si fuera poco, se llamaba Lázaro.

Por su parte, don Alonso Quijano convence a un labrador vecino suyo de muy poca sal en la mollera para que se hiciese su escudero. El otro visionario, a sus treinta y tres años, en 1942 se entera de que en la oficina Providencia vive una prostituta que venera a la Virgen del Carmen y que además se llama Magalena (sin la d). Sale a buscarla con el propósito de que sea su discípula y amante. Ayudados por tales personajes, los dos héroes ira de mal en peor. A pesar de su enorme fe y entrega, el Cristo de Elqui no pudo levitar tantas veces como lo deseaba; siempre caía desplomado y maltrecho entre la risa de los curiosos y la pena de sus fieles. Sus intentos de resurrección fueron sonados fracasos, y solo una gallina cuya muerte fue muy cuestionable logró volver a la vida. Mas este Cristo sin milagros es un cristo humano que predica y sermonea y hasta su Maria Magdalena le rechaza.

Personajes grotescos y entrañables, sermones delirantes y una prosa llena de humor y dulzura, son los elementos con los que Hernán Rivera Letelier construye esta crónica de una época y en una geografía únicas.

Ambientada en el desierto chileno de Acatama en las primeras décadas del siglo XX, Letelier narra detalladamente las aventuras del “elegido” con una mezcla de humor, y ternura. No podemos dejar de pensar en “Divinas palabras” de Valle-Inlcán o en el Buñuel de “Simón del desierto”, cuya imagen ilustra la portada del libro.

Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección. 2010, Alfaguara, 18 euros.

Publicado en Le Monde Diplomatique. Septiembre, 2010

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: