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Muertes oportunas

16 febrero, 2011

En su libro «Franco (Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo), Caudillo de España», Bartolomé Bennassar expone que la Guerra civil muestra las circunstancias que jalonaron la vía del personaje: accidentes, asesinatos, ejecuciones se unieron para eliminar a sus posibles rivales. Si pensamos en las figuras cuyo carisma hubiera izado a candidatos a la dirección del Estado, citemos a Calvo Sotelo, líder de la extrema derecha, asesinado en Madrid el 13 de julio de 1936. En cuanto a José Antonio Primo de Rivera, había sido encarcelado el 14 de marzo de 1936 y permaneció en la prisión de Alicante hasta su ejecución, el 20 de noviembre de 1936. Sugiere el historiador francés que Franco no se esforzó por salvarlo. Incluso, añade, es posible que hubiera provocado un retraso en las gestiones que los condes de Mayalde y Romanones llevaban con Léon Blum para obtener su liberación. La tesis del inglés Paul Preston refuerza esta sospecha; la muerte de José Antonio ayudó a Franco a utilizar la Falange como instrumento político, lo que no hubiera podido hacer en vida del Fundador. Según Preston, Antonio Garrigues, embajador ante la Santa Sede, preguntó a Franco qué significaba este movimiento para él.

Con una sonrisa insidiosa, Franco declaró: «Pues, vea usted, para mí es como la claque. ¿Usted no ha observado que cuando hay un grupo grande de gente basta con que unos pocos rompan a aplaudir para que los demás les sigan? Pues más o menos es así como yo entiendo la finalidad del Movimiento».

En 1974, increpó al doctor Gil: «Los falangistas, en definitiva, sois unos chulos de algarada.» El menosprecio de Franco se remonta a 1930, a los inicios de su trato con José Antonio. Fue una relación que el aparato del dictador falsearía sistemáticamente.
El montaje más elaborado fue el santo predecesor del Caudillo, dando pábulo a las leyendas sobre el líder poético y romántico de una Falange revolucionaria, para cubrir su propio  compromiso con los intereses oligárquicos. El Régimen lloró lágrimas de cocodrilo, mientras se beneficiaba en gran medida de que José Antonio ya no pudiese representar una presencia incómoda.

Esto es nada. Desde el comienzo de la guerra, la suerte, o como se llame, eliminó a militares prestigiosos, empezando por Sanjurjo. Después de haber sido designado jefe de la insurrección, este general perece el 20 julio en el despegue de su avioneta.

Otros dos jerarcas de alto fuste que podrían hacerle sombra se fueron al otro mundo: Joaquín Fanjul en Madrid y sobre todo Manuel Goded en Barcelona, debido al fracaso de la sublevación en ambas capitales. Arrestados, juzgados y condenados a muerte, ambos fueron fusilados por los republicanos los 19 et 20  de julio. Goded – otro más –  ninguneaba a Franco, y parece evidente que no habría aceptado la maniobra que lo convirtió en generalísimo y jefe de Estado.

Solo quedaban Mola y Franco. Como por casualidad, el 3 de junio de 1937, cuando el sitio de Bilbao, el avión del primero se estrella cerca de Burgos. Ante la pasmo de algunos testigos, Franco recibe la noticia con indiferencia y frialdad. Louis Pasteur decía que el azar sólo favorece a los espíritus preparados.

Bibliografía:

-Paul Preston. El gran manipulador. Ediciones B, S.A. , 2008.

-Bartolomé Bennassar , Franco. Editions Perrin, Paris.

– Antonio Garrigues y Diaz Cañabate, Diálogos conmigo mismo, Barcelona, Planeta, 1978, pp. 58-59.

– Vicente Gil, Cuarenta años junto a Franco, Barcelona, Pla­neta, 1981, p. 93.

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