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Pío XII dijo «amén»

28 febrero, 2011

Un afortunado accidente de circulación me obligó a permanecer dos meses sin andar; pero como dicen, no hay mal que por bien no venga (o al revés, uno no sabe cómo referir estos refranes populares). En ocho semanas leí dos veces el Quijote, y comprendí lo que quiso decir el bueno de Cobarrubias cuando en su Tesoro de la lengua castellana apostilla así la definición de libro: «Dios nos libre del lector de un solo libro, porque en siendo éste bueno, hácense infalibles sus juicios». No es que me haya vuelto un sabihondo, pero no me cabe duda de que me siento mucho menos burro que antes.

Entre las lecturas que me aguardaban amontonadas por el tráfago de la vida de cuando era bípedo, figuraba La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza. Una novela policíaca, pero que puede terminar con este género, tan irónico y distanciado se muestra Mendoza con el tema complicado y sanguinolento que describe, e influido sin duda por la doble lectura del Quijote, recordé que el autor de esta novela genial (¿Cervantes? ¿Cide Mámete Benegelí ?) trata y consigue acabar con las novelas de caballerías. Adquiera El tocador de señoras. La publica Seix-Barral y rebosa de humor.

Y bueno, me sacaron la escayola a tiempo para asistir a una proyección privada de una película que, aún sin estrenar (se presentó en el Festival de Berlín), está soli­viantando a los católicos. Su título es Amén, y su autor Costa Gavras (¿recuerdan, el autor de Z y de La Confesión?} En la primera denunciaba el régimen de los coroneles en Grecia, hace más de veinte años, y en la segunda las purgas estalinistas, centrándose en el proceso inícuo llevado a cabo contra el checo Arthur London.

Amén se inspira en la obra teatral de Rolf  Hochhuth titulada El vicario, estrenada hace decenios y que también en su día había levantado grandes polémicas. Ambas, en teatro y en cine, tratan de la actitud de la Iglesia católica, y en particular de Pío XII, ante el exterminio de cinco millones de judíos por la barbarie nazi.

Temía yo que un tema tan delicado fuera abordado con la misma delicadeza que despliega un paquidermo en una cristalería; pero no: Costa Gavras eligió a dos personajes, uno real y otro imaginario, para centrar en ellos el giro de la obra.

El auténtico es Kurt Gerstein, oficial de los SS (fuerza de asalto nazi) e ingeniero químico. Su labor consistía en abastecer las cámaras de exterminio del gas indispensable. Influido por las ideas protestantes que profesaba, trataba siempre de retrasar la llegada del gas letal.

El otro personaje, el de ficción, es Ricardo, jesuita de la embajada del Vaticano en Berlín. Trata por todos los medios de que intervenga el nuncio con toda su autoridad para detener el genocidio. Como dice el autor de la obra: «Pío XII era un gallinas; Hitler no hubiera podido llevar a cabo el exterminio si el Vaticano se le hubiera opuesto ».

Costa Gavras evita las escenas de horror y dramatismo. Por supuesto, no comete la obscenidad de filmar el interior de las cámaras de gas; las vemos a través de la mirada del SS encargado de alimentarlas y del ruido sordo de los cuerpos contra la puerta.

No; no hay detalles macabros. Lo que le ha hecho poner el grito en el cielo (es un decir) a la Comisión episcopal francesa, es el cartel de la película: una cruz de Cristo fundida con una esvástica. «Crea una identidad intolerable del símbolo de la fe cristiana con el de la barbarie nazi», arguyen los prelados franceses. El autor del cartel (quien en el pasado concibió las campañas provocativas de Beneton) les respondió secamente: «Que se hubieran portado de otra manera». Por su parte, Costra Gavras también explicó que así fue la Historia, y que su película sería diferente si otra hubiera sido la actitud del Vaticano.

Siguiendo la tesis de El vicario, se describen aquí los meandros de Pío XII, nuncio en Alemania en los años 30, cuya principal protesta por el exterminio de judíos consistió en no protestar. Reproduce Costa Gavras los pasos sinuosos de la Curia romana y su progresivo cambio a medida que las tropas aliadas se acercaban a Roma. En resumen, sostiene Costa Gavras igual que Rof Hochhuth, que el exterminio no habría podido llevarse a cabo si Pío XII no hubiera dicho «Amén».

La Voz de Galicia, 15-111-2002

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