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La Bella Otero: el manuscrito encontrado.

16 marzo, 2011

Poco me interesaba la Ciudad Luz cuando llegué a Francia; bastante menos la cultura francesa, y ya pensaba dejar los estudios musicales para los que había sido becado por el gobierno español. Tenía veinte años y una sola ilusión: Conocer, y si pudiera, hablar y palpar a los dos ídolos femeninos de mi niñez.

Mi padre tuvo la culpa de tal descarrío. En el comedor de nuestra fonda piojosa de Vilalba solía plantearme un acertijo que de tanto machacarlo se me incrustó en la sesera: Los gallegos somos la gente más grande del mundo. Cuando damos una figura, en el terreno que sea, tiene que ser la mejor.
—¿Escritores?
—Valle-Inclán.
—¿Actrices de teatro?
—Tenemos a María Casares.
—¿Meretrices?
Muy fino, mi padre. Yo ignoraba lo que pudiera ser una meretriz. ¿Acaso una futura institutriz? Pero me tenía amaestrado:
—Nada menos que Carolina Otero.
—¿Y cabrones…?
La respuesta, en el aire; en aquella posguerra el menor desliz podía costarle el destierro.

Seguro que mi padre no había leído una sola línea de Tirano Banderas. Pero recuerdo una hoja amarillenta de la revista cubana Bohemia pegada en el cristal de su despacho, con pie de foto que resaltaba la faceta republicana del escritor.

A la Bella Otero mi padre la deseaba por envidia del Panqué, un cacique del pueblo cuya merienda, de niño y de mayor, no variaba del pan con queso; ese queso en forma de teta y ahumado que fabrican a pocos kilómetros del pueblo.

Extravagante y simplón, de él se cuenta que un día se le cayó la mujer del Fiat topolino entre Lugo y Vilalba, una hora de trayecto: raja que te raja y la otra gritando en la cuneta.

Paseaba por las calles de Vilalba, ya con sus ochenta años, un partagás en los labios, apagado y soñador. Arruíname, pero no me abandones, suplicaba a cualquier falda que pasara por su lado.

Y es que fue el único en llevar a cabo la pretensión de medio mundo: tras arramplar con el capital, vendió dos huertas frutales; en tren y sin esposa se plantó en París. Carolina se lo llevó directo al casino de Enghien, donde jugaron hasta el amanecer.
Regresó a Vilalba desplumado. Y luego de hipotecar los bienes familiares, otra vez se lanzó hacia su espejismo lejano.

Asegura la leyenda pueblerina que llegó a conocer bíblicamente a la Bella, aunque sobre tal asunto guardó siempre una discreción digna de alabanza; ni que fuera guardián de la virtud de su diosa. Lo mismo hizo —sigo con los rumores— con las cartas que se cruzaron.

Tampoco a María Casares la había visto mi padre en un escenario y apostaría que ni en foto. La erigía en émula de Sarah Bernhardt por el mero hecho de ser hija de Santiago Casares Quiroga, coruñés y ministro de la República. Si le hubieran hecho caso a don Santiago (cuando se levantó Sevilla preconizó que se arrasara la ciudad, e igual suerte deseaba para las otras sublevadas) se habría ganado la guerra, decía mi padre, y concluía: el país no hubiera salido más arrasado de lo que quedó.

A París me acompañó mi hermano Pepe, tras un rodeo mayúsculo. Pasamos por Roma, donde le ordenó cura el pronazi Pío XII. Amén de habitación individual en el colegio, me atribuyeron un estudio con piano.

Joaquín Rodrigo me había distinguido con una carta de recomendación para Lazare-Lévy, uno de los grandes maestros del momento. Pero antes de andar con músicas se me antojó ir a una hemeroteca para husmear el rastro de la Bella. No fue necesario. En el Paris-Presse leí una noticia cuyo titular rezaba: Victime, elle aussi, de la dévaluation, la Belle Otero, aujourd’hui octogénaire, etcétera. Y luego el texto:
Niza, 5 de noviembre.
En el salón Provana, de la galena de ventas de Niza, alas 15 horas de esta tarde, el martillo del tasador Tenis, que ya tiene en su haber la dispersión en los últimos veinte años de numerosos tesoros, pone a subasta pública dos lienzos, cuatro dibujos y dos hornillos de gas pertenecientes a la Bella Otero.
Se comprenderá que ni piano ni leches: arrancar para Niza, no fuera el diablo que la vejez y la pobreza dejaran a mi pueblo sin egeria.

Ya sabía que habitaba en la Costa Azul francesa. Y allí fui en coche y a dedo, en noviembre de 1956, mientras el ejército francés y los felagás iniciaban en Argelia la guerra que dura hasta hoy.

¿Dónde hallar a la que en su día fuera reina de banqueros y emperadores? Sin duda en el Paseo de los Ingleses. Tras media hora indecisa por el borde del mar entré a ver al director del casino. Tal vez su antigua clienta siguiera viviendo en un cuchitril cercano a la estación. La busqué por los hoteles. Nadie la conocía. Se me ocurrió preguntar en los bares. En el primero me indicaron la vivienda de una tal Asunda Giovanni. Iba todos los días a cuidarla. Corrí a verla.

—Sí, le hago la cama y pongo un poco de orden, que aquello es un burdel, con perdón; quiero decir, que se pone muy sucio.
—¿Podría convenir una entrevista con ella? —No; si no lo corre a golpes le diría lo que a todos, que si las recepciones, los emperadores, las joyas, los suicidios y la ruleta.

En el segundo bar tuve más suerte. Los clientes se la topaban a diario. Me sorprendió que nadie manifestase ni una pizca de estima por la reina de la Belle Époque. Es más, pronunciaban su nombre con cierta socarronería e incluso meneos de cabeza criticaban su comportamiento. Al fin me dieron el nombre de un petit meublé sito en el número 26 de la calle de Inglaterra.

Pagué y me dirigí al Novelty, que así se llamaba. ¿Tendrían habitación para una o dos noches? Sólo alquilaban por meses. Caray. Mi beca no daba para tanto. Lástima, le dije al conserje. Por lo visto aquí vive un personaje muy singular. Picó en el halago. Hablamos de la Bella Otero durante una hora.

Se oyeron pasos por las escaleras. «Es ella», me dijo sin necesidad de volverse y se escondió en hojear en el libro de registro, como buscando una habitación para mí.

La reencarnación de Aspasia llevaba un vestido azul pálido. Adornaban su cabeza rizos teñidos de rubio. Erguida. En las manos un cabás de mimbre.

Fui temerario a su encuentro. Balbuceé: «Agustina —acababa de saber su nombre de pila—, soy gallego, mi padre la deseaba, me dio su dirección el señor Panqué.» O algo por el estilo le dije.

Si bien me contestó con gruñidos, consintió, eso sí, en que cargara con el cabás. La seguí por donde quiso llevarme. Observé la expresión hostil de su rostro y de soslayo advertí el contraste del corte griego del perfil con el dorado artificial de los cabellos. Algún peluquero cabrón se habrá vengado de sus fantasmas pasados. Y me imaginé a la Venus de Pontevedra con su pelambrera celta.

La vuelta fue peor que cuando me examiné de reválida. Contestaba con monosílabos a mis preguntas bobas. Con tanta verdura como llevaba encima, me quedé a la zaga de la gacela octogenaria al abordar los últimos cien metros. Subimos al descansillo de un apartamento en el segundo piso. Abrió la puerta y la habitación: dos sofás roñosos, cortinas deshilachadas, un armario de lunas enmohecidas, cocina de butano y el vertedero repleto de vajilla grasicnta.

Me dejó plantado en el umbral con el cabás. Un mínimo de cortesía llevárselo adentro. Debió de parecerle normal y se sentó extenuada en un sofá. No hay que olvidar que andaba por los ochenta.

Le dije por mí:
—¡Cualquiera sube tres pisos con tanto petate!
A ver si me mandaba sentar, pero se lo tomó muy a mal; ni que fuera su criado o un futuro suicida.
—¡No son tres, son dous pisos! ¿Daquela no los monto io tan chargé ou máis que yu?
Español, francés, italiano, inglés, todo entreverado de gallego. Quiso aflorar a mi rostro alguna ternura, pero me frenó la sintaxis, el acento y el vocabulario. Me traduje: «¡No son tres. Son dos pisos! ¿Y acaso no los subo yo todos los días tan cargada o más que usted?»

Busqué un tema que le fuera halagüeño para entablar conversación.
—Richard Pottier —le dije— acaba de rodar una película sobre su vida.
Se quedó un rato cavilosa. Le noté gestos de impaciencia. Habló y después guardó silencio, que aproveché para trasladar sus frases a un castellano comprensible:
—María Félix es una mexicanita encantadora. Sin duda me habrá encarnado con mucho talento.
—Creo que Pottier trató de darle un parecido con usted.
¡Dios santo! ¿Cómo me atreví? Nunca majestad ultrajada reaccionó con tanta vehemencia. Me clavó una mirada colérica.
—¡Jamás encontrarán a una mujer tan hermosa como yo! —Y se levantó.
—Dicen que por los derechos de la película le dieron a usted treinta mil francos.

Se lo solté porque ya me cargaba tanto orgullo. Una temeridad. Se vino hacia mí con las manos agarrotadas. Busqué un quite, hablándole de Emilienne d’Alençon, una de sus grandes rivales. Carolina Otero se había preocupado por ella en su vejez.
—Señor, estamos hablando en serio y no de tonterías —me espetó en un tono que me dejó helado. Estaba en la puerta a punto de salir cuando me visitó el Espíritu Santo con un argumento reparador:
—Todavía se recuerda en París su interpretación de la Carmen de Bizet.

¡Cínico, malvado! La interpretación de la Bella Otero en la Opéra-Comique ha pasado a los anales de la desfachatez. Pese a ello, el espectáculo se volvió a montar en 1912 en el teatro de las Artes de Rouen. Y allí sí que se armó buena. La señora no recordaba este jaleo y lo achacó a la falta de cultura del público.

—¡Todavía no se igualó mi Carmen! Hasta que llegué yo el héroe era don José, un oficial de pacotilla que se plegaba sin rechistar a los toques del clarín. ¡A la puta calle!

No dijo «a la puta calle», pero es la expresión que me sale de pronto para trasladar al español «Foutez mi o campo».

Después de mi encontronazo con la indomable Agustina dejé de pensar en ella. Y tras la muerte de mi padre la di también por enterrada. Así pasaron unos diez años hasta que el 15 de abril de 1965, cuando me dirigía al estudio de la Radio Televisión francesa de la calle François I, leí los grandes titulares del vespertino France-Soir:
“Mi herencia reserva muchas sorpresas” decía la Bella Otero, muerta ayer en la miseria.
El periódico añadía en caracteres más pequeños:
La llave de un cofre encontrado ayer aclarará tal vez el misterio. El llavín es, sin duda, el de un cofre. Pero ¿dónde se encuentra éste? Nadie lo sabe todavía. Algunos vecinos recuerdan su bolso, del que sacaba fajos impresionantes de billetes para pagar cualquier fruslería. A una amiga que acudió a visitarla le dijo: “Mi herencia reserva muchas sorpresas. Serás rica cuando yo muera.”

Me fui a Niza en busca del cofre. El Hotel Novelty ya no era el que yo conociera diez años antes. El portero estaría criando malvas al lado de su huésped tan temida y los bares habían iniciado la primera etapa hacia el estatuto de McDonald’s. No dejé rincón por visitar ni periodista que no interrogara.

Con la conciencia tranquila, di el cofre por perdido; al menos guardaría el recuerdo de unos días agitados en la plácida Riviera. Pero su hallazgo era fatal y se produjo de la forma más sencilla, tras haber agotado las más enrevesadas.

En el cruce de la calle Descartes con la avenida Jean Medecin di con un anticuario. Entré a curiosear: astrolabios, ruecas, libros viejos a montón. Me sorprendió un cartel con una inscripción a mano: «Cofre de la Bella Otero. 25 francos». Levanté la tapa forzando el cierre y de perlas nada. En cambio, con el índice y el pulgar saqué bragas, sostenes y medias. Olor a polvo y humedad. Y una pila de cuadernos como de colegial, algunos bien conservados pero la mayoría con las hojas sueltas. En uno venía la fecha. Lo abrí. Caligrafía enérgica, puntiaguda. Al final se notaba el esfuerzo por seguir los renglones. Faltas de ortografía y de sintaxis en todas las páginas. No me cabía la menor duda; así hablaba cuando la vi. El cofre carecía de valor y la ropa estaba deshilachada. Sólo podía tener cierto interés el manuscrito, le mentí al anticuario. Pedía veinticinco francos y me lo dejó por quince.

¿Miedo? ¿Superstición? Lo tuve diez años en casa sin atreverme a tocarlo. Al fin empecé a leer hojas al albur, tratando de resolver el rompecabezas por la cronología: tal caos idiomático se gastaba la Bella Otero que me era imposible guiarme por la continuidad de las frases. Es de suponer que en su pueblo sólo hablara gallego y que aprendiera el castellano en los pocos años que tuvo maestra. Como sabemos, pasó la mayor parte de su vida en Francia, pero el idioma de aquí se le habrá pegado de oídas. Y que se sepa no fue mujer muy leída, como dicen en mi tierra.
Son ocho cuadernos, del formato que llevan los párvulos y volumen desigual. Se nota que arrancaba las hojas para compras y otros menesteres, como se deduce por algunas que aparecieron sueltas.

El texto está escrito en un noventa por ciento en un castellano muy influido por el gallego. El resto lo completa un aluvión de palabras o frases idiomáticas en francés e inglés, así como algunas en italiano y hasta en ruso. Traté de adaptarlo a un español aceptable, conservando en lo posible sintaxis y vocablos de su lengua materna.

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