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David Monteagudo. Marcos Montes.

23 marzo, 2011

David Monteagudo. Marcos Montes. Acantilado. 128 páginas. 12,90 euros.

Al son de las empalagosas “vuvuzelas” (como si les anunciasen lo que les esperaba en este mundo libre), el pasado 13 de octubre fueron extraídos del yacimiento de cobre San José, en Atacama de Chile, treinta y cuatro mineros que habían permanecido setenta días enterrados a setecientos metros de profundidad.

En realidad eran treinta y tres, pero ellos mismos cuentan a su Dios, quien por lo visto, después de haber permitido la catástrofe, les había acompañado todo el tiempo hasta la salvación. Ahora acaba de publicarse el primer libro que relata este episodio de supervivencia subterránea, titilado “Bajo Tierra: 33 mineros que conmovieron al mundo”.

Pues a esto se había adelantado David Monteagudo (Viveiro, 1962), aún sin conocer la experiencia, que todos vivimos diariamente, fiándose en la fuerza surpema de la imaginación.

Ya en 2009 este autor nos abía ofrecido la notable novela Fin, inquietante como el encierro personal de un escritor de verdadero talento.

El azar ha querido que los acontecimientos ocurridos en la mina chilena calcaran el inicio del texto de Marcos Montes. Éste, personaje principal, se levanta un día dejando en la cama a su esposa y penetra bajo tierra. Perforadora en mano, recuerda un sueño centrado en un derrumbamiento. Como todos sus compañeros y, a tientas, se dirige al lugar donde los rescatarán. Así caminando, un colega le cuenta que ha encontrado una veta de oro y él lo sigue, confiado, sin saber que a su regreso ya nada será igual, que en el accidente habrá cambiado la vida de todos.

El autor describe las dificultades para salir de la mina, no de cobre, sino de oro. La fantasía iguala por lo menos la realidad, por las relaciones entre los supervivientes y la actitud de cada uno de ellos ante una situación límite. Las reflexiones del protagonista, la exposición de varias cuestiones éticas y un fenómeno fantástico estructuran el relato. Marcos Montes consigue regresar con el grupo de compañeros también apresados, y todos avanzan en busca de posibles evasiones, implicando al lector en las peripecias vividas a toscuras por las cavidades de la mina. Asistimos a las tensiones entre los enclaustrados, sobre todo cuando deben decidir qué hacer para salvarse.

Cuanto más invulnerable resulta el pozo, más se ventila la narración, se abre, evitando todo el rato la trampa del formalismo.

Contada de forma extraña (y divertida): encierro, suspense, aprensión de la muerte tan cercana, la historia podría haberse limitado a un ejercicio irritante, la enésima figura de ilusionismo sobre el tema de la reclusión. Pero gracias a la exquisitez de la escritura; al humor, a la angustia que provocan los detalles más nimios, en la fábula se combinan con fortuna, malicia inteligente y placer.

Ramón Chao

Le Monde Diplomatique. Marzo, 2011

2 comentarios leave one →
  1. Federico Iribarne permalink
    25 marzo, 2011 14:03

    Fin, de Monteagudo, es una muy buena novela. Y hablando de este buen escritor, no vendría nada mal recordar una nota que le hizo El País hace ya tiempo, precisamente cuando él acababa de publicar Fin y en apenas un par de meses se habían vendido cerca de 30000 ejemplares. Decía entonces Monteagudo que tenía unas diez novelas terminadas, todas destinadas a morir en un cajón (actualizo el término para que no me tilden de antiguo: en el disco duro del ordenador). Ni editores ni agentes literarios se han dignado publicarlo o representarlo. Incluso con Fin sólo había cosechado respuestas negativas, hasta que, como por arte de magia, fue contactado por Jaume Vallcorba del Acantilado. Parece por demás demencial y destructivo que en ese mundillo en donde las verdaderas estrellas debieran ser los libros, todos los actores corran en sentido contrario: editores, agentes y medios de prensa ponen su tiempo o sus espacios al servicio del “money money”, eligiendo muchas veces textos de dudosa calidad literaria y dándose el lujo de dejar de lado durante años (y a veces por siempre) a buenos, muy buenos y excelentes escritores, como Monteagudo (los ejemplos sobran), que nada pueden hacer sino sentarse a esperar precisamente un “golpe de suerte”. Cuaquiera puede ver este problema, pero nadie hace nada para que la cosa cambie…

  2. 17 enero, 2012 2:05

    ¿Humor en Marcos Montes? ¿Dónde?

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