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Un amor que se nos va

25 marzo, 2011

René Vázquez Díaz: Un amor que se nos va. Editorial Montesinos, Barcelona 2006, 322 páginas.

Ya tengo escrito (1) que la gran literatura cubana de Alejo Carpentier o Virgilio Piñera se prolongaba con René Vázquez Díaz, nacido en Caibarién y residente en Estocolmo, cuando se publicó el citado artículo. Acababa de leer su entonces última novela La Isla del Cundeamor.

Lejos estaban su tema y su escritura de la marea que nos inundaba ( parece que va amainando), constituida por oleadillas de ron, sexo y anticastrismo confesional, pese a que sus autores se hubieran bañado hasta poco antes en las playas del sistema.

El cundeamor es una mata trepadora de flores amarillas que prolifera en la Isla. Entre la planta y la tierra se originan quimeras y ficciones, fuera de la realidad en que viven los soñadores.

Dos novelas anteriores de Vázquez Díaz abordaban estas fantasías ( o pesadillas) : La era imaginaria y La isla del cundeamor. Un amor que se nos va cierra la trilogía, mas no el empeño del novelista: obligar que la gente, dentro y fuera de la Cuba, a que se acuerde de sus olvidos.

Por eso hay tanta historia en sus novelas, referencias exactas a tradiciones y hechos del pasado y del presente. En ese fin participan igualmente los nombres de las hierbas y las flores, la gastronomía, la música, las habladurías y los esfuerzos de un pueblo por ser dueño de su propio destino.

La obsesión del autor se centra en dos preguntas: ¿Quién soy yo como ser humano? ¿Qué significa ser cubano? Hay dentro de él un René individual que se erige en un René colectivo: ¿de dónde salimos, cuál es la historia que nos hizo posibles?

De pronto me viene a la memoria una frase del brasileño Machado de Asís: “Menos mal que existen los manicomios; así podemos saber quién está demente y quién cuerdo.” Establecimientos de esta clase para cubanos son tanto Cuba como Miami … o Estocolmo. ¿Quién es el habitante de alguno de estos centros que pueda decir, como el loco insigne don Quijote : “!Yo sé quien soy! ? Hay que estar realmente tarumba para asegurarlo. De modo que Vázquez Díaz lo recuerda por medio de su loco Orapronobis, al tiempo que pone al lector ante la disyuntiva de hacerse el sueco y no pensar, o iniciar una discusión consigo mismo sobre el amor, la política y el humanismo.

Un amor que se nos va es un fresco que sin hacer concesiones al realismo abarca los temas esenciales cubanos, tanto dentro de la isla como en el exilio: la obsesión de Miami y su desmitificación por medio del humor (los cubanos exiliados aborrecen que se expongan sus lacras) ; el paternalismo de los dirigentes revolucionarios, que generó todo tipo de emociones contradictorias: amor absoluto, devoción salpicada de resentimiento, odio amoroso, negación frenética y belicosidad fingida como medio de subsistencia fuera de la Revolución. El autor hace un uso exquisito de la ironía cuando evoca el papel de las organizaciones anticastristas como portadoras de un mensaje carente de proyecto para el futuro (su proyecto, curiosamente, conduce directo al pasado).

Vázquez Díaz ha dicho: “los cubanos han de lidiar por una parte con la payasería hegemónica de los americanos, y por otra con la corte de los milagros de esos cubanos americanizaditos, gente que ha decidido no ver que la Ley Helms Burton codifica, según la legislación de un país extranjero, cómo debe ser la transición cubana hacia una democracia celestial que ni ellos mismos pueden delinear, porque no les dejan, porque esa ley extranjera no se lo permite”. Decir que en Cuba hay que ”reinstaurar” la democracia es una ridiculez. Vázquez Díaz nació en septiembre de 1952. Meses antes; en marzo de ese año, Batista había dado un golpe de Estado con la anuencia y el apoyo norteamericano. No se puede reinstaurar lo que no estaba instaurado.

René Vázquez Díaz pone mucha humanidad en todos sus personajes, incluso en los más abominables, siempre con una pregunta reiterativa: ¿Cómo se comporta la gente mientras la Historia retrocede y avanza, con sus botas de siete leguas? Pues se sacrifica y se deprava, simula y se rinde, sueña y construye, claudica o se apresta a morir luchando. Esa es la esencia de su escritura, con el convencimiento de que lo principal en una obra de arte es meterlo todo, desde los sueños hasta los disparates, para lograr que las fuerzas contrarias se den cita en su espacio imaginario. Tal vez esa sea la única misión del escritor: añadir algo, por muy poco que sea, a la memoria de un país y de su gente. Y esta novela de amor a Cuba y al ser humano lo ha logrado.

(1) Le Monde des Livres, 10 avril 1998.

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