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Amoríos de ancianos

28 marzo, 2011

Carmela y Francesco se querían. Un buen día decidieron dejarse de amores platónicos y se fueron a vivir juntos. Por esto se han convertido en pasto de comidilla de media Italia.

No es para tanto, ¿verdad? ¿Y si lo contáramos así?: Hace dos semanas, la directora del hospicio Don Luigi Calcedonio, de Santa María de Mela, cerca de Mesina, recibió la visita inesperada de dos pensionarios, Carmela y Francesco. Ella tiene ochenta años, y él, 74. Cansados de permanecer encerrados en espera de la muerte, le comunican que están enamorados y que abandonan el asilo para vivir juntos.

Todos los días se fugan mozos con señoritas, muchachos con varones, o damas con damiselas, sin que nadie se escandalice. Basta, en cambio, que una pareja de ancianos declare públicamente su amor para que la sociedad se rasgue las vestiduras, o poco menos.

A pesar de la famosa liberación de las costumbres, el tema del amor provecto sigue siendo tabú. Se organizan seminarios y debates sobre la educación sexual en las escuelas, sobre la sensualidad de los mamones, o acerca de la liberación de la homosexualidad; pero se corre un púdico velo en lo referente a la sexualidad en los ancianos.

El cuerpo de los jóvenes se ha convertido en una mina de consumo. En primer lugar, porque está en disposición de procrear, de proporcionar nuevos consumidores -y trabajadores- a la sociedad. Se les recomienda, se les impone una enorme serie de objetos y de productos para preservar la belleza y la juventud, en base a unos principios morales y estéticos elaborados por el propio mercantilismo. Los viejos, en cambio, no procrean, ni dan trabajo a los ginecólogos. Salen poco y, si practican el amor en sus casas menos consumirán. Así, se ensalza el amor y el erotismo, asunto de jóvenes sanos y hermosos, y se niega a los longevos toda posibilidad de placer sexual, aun a sabiendas de que sus cuerpos son capaces todavía de albergar el placer.

Se ha ligado la noción de sexo y de erotismo a la noción de la belleza. Esta dimensión estética disimula lo que, según la tradición judeocristiana, tiene el sexo de «sucio». Por eso en los viejos, cuya belleza ha disminuido con el paso de los años, esta «suciedad» de la sexualidad molesta: «amor es gala en el mancebo y crimen en el viejo», dice un antiguo refrán castellano.

También se considera al anciano como un hombre sensato, justo, capaz de superar las pasiones, y que ya no aspira al placer, sino a la sabiduría, como si hubiese antinomia entre ambos conceptos. Por otra parte, a menudo se relaciona la sexualidad con la fuerza, como si el impulso sexual implicase potencias desbordantes que rompen las normas y la responsabilidad. Los ancianos son seres frágiles que no deben estar a la merced de esos poderes devastadores. En los EEUU se sigue pensando que cada gota de esperma equivale a cuarenta gotas de sangre perdidas, y en nuestro país tenemos otro refrán que dice «el amor es fruta para el mancebo y, para el viejo, veneno».

Hay indulgencia con los ancianos ricos y famosos; incluso se admira la virilidad de ciertos demiurgos, considerando su potencia sexual como una característica más del genio: Víctor Hugo, Picasso, Chaplin, Pablo Casals, Henry Miller. Pero, en la mayoría de los casos, las compañeras son jóvenes, bellas y exóticas, mientras que las juntanzas de mozos jóvenes con ancianas provoca mayores reservas, confirmándose así que la desigualdad de sexos no tiene límite de edad.

El amor después de la jubilación existe, y no es ninguna enfermedad vergonzosa, como se le atribuyó, por ejemplo, a Víctor Hugo o a Félix Faure. Los médicos confirman que la mayoría de las mujeres y de los hombres continúan con necesidades sexuales después de los setenta.

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