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José, Padre Putativo

29 marzo, 2011

Los artistas son visionarios, vates, tanto poetas como novelistas o cineastas.

El personaje central de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, Consuelo, es una muchacha hermosa y sensual por la que cualquiera, al igual que el héroe de esta novela, dejaría Europa, trabajo y otros intereses.

Para que yo no hiciera locuras y me fuera volando a Venezuela, Carpentier me aclaró que en realidad, para crear físicamente a Consuelo, le había servido de modelo un joven de una tribu amazónica, y a fin de convencerme me dio una fotografía del muchacho, que publiqué en un libro que hicimos juntos.

Es decir, que en su época, hace más de medio siglo, Carpentier ya intuía a su modo el transexualismo actual.

También me contó lo siguiente, que reproduzco de una entrevista que tuvimos: «Después de publicar El siglo de las Luces, recibo en París la visita de un señor llamado Ivon, de Saint Quentin, que me dice: “He leído su novela y traza usted un retrato muy fiel de la figura de mi antepasado”. “¿Cómo de su antepasado?”, dije. “Sí; yo soy descendiente directo de Victor-Hugues y vengo a obsequiarle con unos documentos de familia que se refieren al personaje que usted hizo revivir”. Y cuál no sería mi asombro al descubrir que Victor-Hugues había sido agente revolucionario en La Habana, como mi personaje; y que allí conoció a una hermosa cubana llamada Sofía que fue el gran amor de su vida, como su novia en la novela».

Sin quererme comparar a Carpentier, quiero contar lo que me sucedió a mí con Torrente Ballester. En un prólogo para un libro sobre la Bella Otero me escribió textualmente: «La Bella Otero no será lo que dice que fue, sino lo que un novelista quiera que haya sido».

Modestamente me puse a escribir una biografía imaginaria de la diosa de Valga, y tras su publicación en Francia recibo una carta del príncipe de Trubetskoi. Me dice que hace años tuvieron que desalojar su palacio, y al vaciar el desván encontraron una serie de manuscritos de ella en la que relataba sus amores con la princesa Olga.

Y eso es nada. Otros pliegos indicaban su relación con la Embajada de España en San Petersburgo, y su intermediario allí era un tal Ramón Chao. Y que si yo lo sabía, por eso había adoptado este seudónimo. Todo esto, me aseguró, está a su disposición en su residencia, el hotel Chejov de la antaño capital rusa.

En La Via Láctea, Luis Buñuel nos muestra al carpintero José afeitándose en medio de una caterva de chiquillos. Un tanto exasperado le pega un coscorrón a uno de ellos y le dice: «Jesús, anda, vete a jugar con tus hermanos». ¡La que le cayó a Buñuel! Por lo menos era sacrilego, hereje y provocador, todo lo cual le divertía mucho.

Pero he aquí que la ciencia es testaruda y un reciente descubrimiento parece confirmar sus dotes proféticas: André Lemaire, director en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París, acaba de descifrar una inscripción en una lápida en arameo, la lengua corriente de los judíos en el primer siglo. Dice, escuetamente: «Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús».

Me dicen los exégetas, entre ellos Xosé Chao, que en el Evangelio de San Mateo (13-55) el recopilador habla de cuatro hermanos: Santiago (o Jacobo), Joset, Simón y Judas. Y analizan el significado de la palabra «hermano». Que si hay que tomarla strictu sensu o con una dimensión más amplia, como «primo» o «amigo». Además, y esto es ya teologizar muy fino, en el peor de los casos habría que averiguar quién era el mayor.

Si Jesús, muy bien podía María haber sido fecundada por el Espíritu Santo. En caso contrario, habría que revisar muchas cosas de la doctrina. Suprimir todas las referencias a la virginidad en la letanía (Virgo clemens, Virgo fidelis…) y en los cantos litúrgicos, entre ellos la hermosa Salve Regina de nuestro Pedro de Mezonzo. Los Josés dejarían de ser Pepes (Padres Putativos), aunque no sería imposible —otros milagros se han visto— que el viejo carpintero, a pesar de su edad provecta, fuera el padre biológico del infante. Y en Vilalba se quedarían sin la fiesta de los Pepes, que tanta acogida tiene.

Ramón Chao. La Voz de Galicia, 27-XII-2002

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