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¡Quién fuera vaca gallega!

30 marzo, 2011
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Ilustración de Wozniak

Cuando yo era chiquitín, mi padre solía cantar un estribillo de una revista que daban en Cuba: «Desde el fondo de un barranco/ grita un negro con afán/ ¡Dios mío, quién fuera blanco,/ aunque fuera catalán!».

Tiempo después Alejo Carpentier me explicó que los catalanes iban por La Habana de puerta en puerta cargados con lienzos de muestras v y sudaban de tal modo que los negros los consideraban más desgraciados que ellos.

Viene esto a cuento por lo que quiero expla­yar: todavía estamos a tiempo para detener la comedia infernal lanzada contra Irak, a cargo del director Bush, interpretada por el tenor Blair y coreada por los comparsas Aznar y Berlusconi.

Semana tras semana, como respuesta al envío de portaaviones, tanques y uniformes atigrados a Oriente Medio, aumenta el rechazo a la destrucción y a la muerte. Incluso, y ya es decir, Javier

Solana, sumiso ex secretario general de la OTAN, osa alzar el tono y pensar que, «sin pruebas, será muy difícil desencadenar una guerra contra Irak». A Javier Solana le hacen falta pruebas; sin ellas será muy difícil, pero no imposible.

Este circunloquio retórico recuerda la posición que con sus camaradas de partido adoptó cuando se dirimía sobre el ingreso de nuestro país en la organización bélica occidental: De entrada, no\ después ya se vería y se vio que el propio Solana llegó a director de guerra en la ex Yugoslavia.

No se le ocurre proponer (ese cargo fantasmal que ocupa en la Unión Europa aún le permite seguir intoxicando) que se desarme al presunto agresor, almacenista de armas mucho más mortíferas que las que puedan tener todas las naciones del mundo juntas; que las ha utilizado y amenaza con ellas no a Corea del Norte, confesa de estar preparando la atómica, ni a Bin Laden, enemigo de quien ya nadie se acuerda y seguirá preparando otra de las suyas, sino a un país que sufre una dictadura cruenta y feroz —desgraciadamente, como muchas otras— y para más inri tiene la desgracia de nadar en el petróleo. Estamos en plena pantomima y la representación de la que hablé al empezar no tiene nada de simbólico.

EE. UU quiere apoderarse de Irak y tiene la coartada de que este país —no me cansaré de repetirlo— está dirigido por un sanguinario. Pero está dispuesto a dejarlo tranquilo con tal de que les queden los pozos abiertos.

Que se vaya con Gadafi , por ejemplo. Libia ha sido designada miembro o presidente, da lo mismo, de la Comisión de Derechos Humanos y allí estaría a salvo; ¡o que se quede en Irak para siempre bajo la indentidad de uno de los numerosos sosías que tiene!

Ni Pirandello ni Pessoa hubieran imaginado semejante trestrueque de personajes.

Es demasiado tarde para dar marcha atrás; se necesitaría un revolcón total de la sociedad.

En primer lugar, acabar con la dictadura del dinero. Para los imperios televisivos, la guerra es más rentable que la paz. Con más espectadores suben las tarifas publicitarias. Y por ejemplo, hoy cada vaca de la Unión Europea cobra dos euros diarios, más de lo que ganan en el mismo tiempo dos mil millones de habitantes del planeta. Lo que significa que vale más ser vaca en Galicia que hombre en Senegal; y ya puesto en comparaciones odiosas, los gastos de salud varían entre 1 y 700 de vivir en un país pobre o en uno rico.

Dicho de otro modo: los países desheredados dedican 5 euros anuales a la salud de cada habitante, mientras que los pudientes disponen de 3.500 euros por individuo. Mientras no se corrija esto, fatalmente habrá hambrunas, atentados y muertes.

Por ahora, lo único que nos puede ir salvando son las erupciones en el intestino del país más glotón. Por eso son tan importantes las manifestaciones pacifistas, y puede ser decisiva la que se prepara para el 15 de febrero, si a él llegamos.

Ya empiezan a darse cuenta: tras la invasión en Afganistán no consiguen salir del avispero y su economía empieza a sen­tirlo. Lo intuyen Francia y Alemania, por lo cual se oponen a la guerra con más denuedo que Solana; pero no vayan a creer que lo hacen por humanitarismo, sino por ejercer una nueva hegemonía y repartirse el pastel. Luchas entre enormes grupos financieros: armamentísticos, petroleros, farmacéuticos… Los títeres obedecen.

A los grupos económicos rivales, al mundo, tiene que demostrarle el amo que sigue con poderío. Por eso a la larga el Apocalipsis parece inevitable; de hecho ya empezó hace tiempo para la mayor parte del planeta. Pero no en Occidente. Todavía las vacas pueden seguir tirando.

Ramón Chao. La Voz de Galicia, 24-1-2003.

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