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Molinos de ayer y hoy

4 abril, 2011

Dadme un molino y yo os daré la Edad Media. Karl Marx.

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No hace mucho asistí a unos coloquios sobre el IV centenario de la publicación del Quijote, que organizó Pilar Algarra en el Instituto Cervantes de París. Escuché con interés los comentarios de Jean Canavaggio, del profesor Redondo y otros notables cervantistas. En el debate me permití preguntar cuál era, a juicio de tan distinguidos areópagos, la mejor versión del libro: “¿La de Clemencín o la de Vicente Gaos, para mí hasta ahora las más recomendables?” Tras considerar mi opinión, un experto de la mesa concluyó que la más valiosa  en cuanto a trabajo filológico y análisis es la del IV centenario. La compré por curiosidad y nueve euros en un quiosco de Madrid: sin duda el maestro me indicó bien en cuanto a precio, mas lo cierto es que después de leer el prefacio se me plantearon numerosas preguntas.

Bien sabemos que toda obra literaria es poliédrica y polifónica; a ésta, el prologuista Vargas Llosa  le da un sentido unívoco, en su empeño de demostrar que el libro de Cervantes prefigura el neoliberalismo iniciado por Ronald Reagan, Margareth Thatcher y exagerado por su epígono George.W. Bush. “¿Qué idea de la libertad se hace don Quijote?”, pregunta, y él mismo contesta:”La misma que, a partir del siglo XVIII se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad. Es decir, lo que varios siglos más tarde un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder”.

No ignora el exegeta que existen miles y miles de exploraciones de obra tan inmensa. Si empezamos a buscarle significados sociopolíticos, modestamente aconsejo su lectura après coup – del presente al pasado – que en este caso nos conduce, nada más y nada menos, a los síntomas desenmascarados por Kart Marx en El Capital. En su novela, el Glorioso Manco creó la conciencia de que los niños, las mujeres y los viejos son los seres más vulnerables de la sociedad. En ella arremete contra los editores sin escrúpulos[1], el sistema legal burocrático y corrupto, médicos ignorantes, ociosos, e incluso grupos aparentemente tan inofensivos como los ermitaños.

De todos los ataques del Quijote, el que me parece más contundente para explayar y demostrar el carácter altermundialista de esta obra, es la aventura de los molinos, en el capítulo VIII de la primera parte:

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cur­sado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtién­dole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba di­ciendo en voces altas: -Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo ca­ballero es el que os acomete.
Levantóse en esta un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Bria­reo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras si al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho par el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mu­danza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su venci­miento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
Me permito insistir en la importancia de la frase “que sería un gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.”  Me pregunto si el Valeroso caballero no estaría pensando en los Fugger. Estos banqueros alemanes habían financiado la campaña militar con la que España se enfrentó a los turcos en las costas de Grecia, y entre otras más, la famosa batalla de Lepanto ( « la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros »[2])  donde Cervantes pasó a llamarse el Manco de Lepanto. Sólo en los episodios de esta guerra –alentada desesperadamente por los Papas–, las fuerzas militares españolas perdieron 65 000 hombres y consumieron enormes cantidades de oro y trigo, en beneficio de los accionistas.
Escribe Unamuno que cada época es acosada por “desaforados gigantes”. Ahora los gigantes « no aparecen ya como molinos, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran para el mismo daño”. Pongamos que para el tiempo que nos toca vivir sean, entre otros, la incomunicación, indiferencia o insolaridad, el consumismo, la globalización avasalladora, la avaricia del llamado primer mundo, generador del hambre, la injusticia y la destrucción de los más y del planeta.

En el progreso de la humanidad, la ley del menor coste o esfuerzo empujó al hombre del neolítico a hallar artilugios que le facilitaran, por ejemplo, la trituración o molienda de cereales, proceso vital para hacer apta la alimentación. Parece que el molino de mano doméstico del antiguo Egipto dio paso a un artefacto más eficaz con una gran piedra superior, el molino de sangre, así llamado porque esclavos o animales movían el mango conectado a la piedra giratoria. En Grecia pudo nacer, hacia el siglo 1 a. de C., el molino que aprovechaba la fuerza del agua, lo que supuso un avance técnico extraordinario. La romanización expandió el ingenio de la rueda hidráulica por todo el Imperio y la invasión árabe de la Península Ibérica intensificó aquí su construcción (Caro Baroja, 1952). Allí donde no se disponía de corrientes de agua con fuerza, fácilmente sujetas al estiaje, se instalaron molinos de viento, lo que implicó un paso más de la téc­nica innovadora, pues suponía un coste menor al no depender de una sola fuerza motriz.

Aunque ya en manuscritos griegos se encuentran maquinarias movidas por el aire, los primeros informes sobre molinos de viento nos llegaron de Persia, 7 siglos d.C.; se trataría de molinos de eje vertical muy rudimentarios. Las primeras referencias europeas datan de los siglos X y XII.

No está claro si fueron los cruzados quienes aportaron este ingenio a Oriente o si lo trajeron los árabes a través de al-Andalus, pues se empiezan a documentar en la España del siglo X.

A principios del siglo XIII los molinos eólicos invaden toda Europa. Y precisamente al final de este siglo aparecen los famosos molinos holandeses usados para bombear agua de los polder, según Pierre Abelard.[3]

El más destacado molinólogo, el profesor Juan Jiménez Ballesta, cita un documen­to hallado por Pretel Marin, por el que don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X el Sabio, concede licen­cia al concejo de Chinchilla, en 1368, “para que podades facer molinos de viento cuantos entendiéredes que vos cumple que los fagades dentro en la villa de Chinchilla…”

Gracias al investigador de las Relaciones Topográficas (1575), encargadas por Felipe II [4], y de Los Libros de Visitas de la Mesta, se sabe qué pueblos poseían molinos cuando vio la luz la novela de Cervantes.

Estaban presentes en la Mancha, sin duda alguna, a finales del siglo XVI. Uno de ellos aparece en un dibujo de la villa de Marchena, realizado en 1564 por George  Hoefnagle. Con fecha 1 de diciembre de 1575, en respuesta a la pregunta número 23 de las Relaciones Topográficas ordenadas por Felipe II, Alfonso Sánchez Rubio y Cristóbal Miguel informan: “Hay en esta Sierra de Criptana junto a la villa muchos molinos de viento donde también muelen los vecinos desta villa” . Es decir, que no sólo podían moler los foráneos ricos.

En 1752, como respuesta a la pregunta diecisiete del Catastro del Marqués de la Ensenada, se indica la existencia de treinta y cuatro molinos de viento, aunque a continuación se relacionan treinta y tres, cuyos nombres eran: Poyatos, Pereo, Burillo, Aletas, Charquera, Alambi­que, Tahona, Castafio, Aburraco, Esteban, Lisado, Pilon, Guindale­ro, Culebro, Burla-pobres, Infante, Horno de Poba, Escribanillo, Tardio, Gambaluas, Condado, Huerta-Mafiana, Zaragüelles, Cana, Lagarto, Carcoma, Ranas, Beneficio, Calvillo, Valera, Guizepo, Cervadal, Pinto-Cerrillo y Quimera ( ¡ precioso nombre para un molino embestido por un loco que se cree caballero andan­te ! ).

De modo que Cervantes no sólo apeló a un instrumento conocido, sino a un escenario real. Tanto la ubicación como el número de molinos son correctos Una copla de seguidilla señala: Al Campo de Criptana van mis suspiros, tierra de chicas guapas y de molinos, y en cuanto al número de ellos, debe señalarse que el Catastro de 1752 confirma la existencia de treinta y tres.

De todas formas, los molinos que conoció Cervantes son muy anteriores a la fecha mencionada. Al parecer, surgieron por la necesidad de paliar la sequía que padeció España durante la primera mitad del siglo XVI, y que provocó que algunos ríos, como el Záncara, se quedaran sin agua durante largos años.

Aunque el texto cervantino ha popularizado los de La Mancha por la valien­te y temeraria empresa de su héroe, los molinos de viento estaban extendidos en todo el país y no fue necesario esperar a verlos en Flandes. Ya en el siglo XVI, Francisco Lobato, natural de Medina del Campo, inventó y construyó nuevos ingenios. Por el momento, las pruebas más antiguas corres­ponden a la Crónica del Halconero, de Juan II. En él se denuncia un privilegio firmado por la muy Católica Isabel en 1478 para su médico de cabecera Pedro Azlor;  y en Cuéllar, la reina santa expidió un permiso de venta de un molino de viento en favor del duque de Alburquerque.

Durante el reinado de Felipe II surgen en el mundo rural los primeros síntomas de debilidad: efectos negativos de la tasa del pan, estancamiento de la demanda interior, cierre del mercado ame­ricano, que empieza a autoabastecerse, y desvalorización de un suelo encarecido por la reevaluación de los precios. Pero es en la ultima década del siglo XVI cuando la pobreza del campo se torna dramática: la Corona, perdida en un laberinto financiero, aumenta constantemente los impuestos; la carcoma de los censos destruye el peculio de los labradores [5]; las malas cosechas, la carestía y el hambre descargan sus golpes sobre una población atacada por la peste [6]; los precios crecen de manera espectacular desde 1590  ( la fanega de trigo pasa de 204 maravedíes en 1602, a 1.301 en 1605, año de la publicación de “El Quijote” ), y los ingresos reales de los trabajadores sufren una reducción drástica, de forma tal que el salario de un jornalero baja en un 12 por cien entre 1551 y 1600.

Don Quijote arremete contra estos artefactos, convencido de que son gigantes. Anota Nicolás García Tapia que la causa de la confusión reside en que el molino de viento era algo nuevo y desconocido en la España de finales del siglo XVI, retrasada tecnológicamente, y en la que todavía se molía con trapiches de animales o primitivos ingenios hidráulicos. En la casi totalidad del territorio español se desconocía el molino eólico, ya introducido hacía tiempo en las avanzadas naciones europeas del norte.

La explotación abusiva de este avance técnico se refleja en la paremiología popular, con el refrán “Molinero de viento, poco trabajo y mucho dine­ro“, que el maestro Gonzalo Correas, su colector en 1627, glosaba así: “Los molinos de viento no son tan trabajosos y de costa como los de agua”.

Pertenecían a grandes empresas o familias adineradas, que pagaban al molinero con una parte de granos, la maquila. Tanto abusaron que el saber popular lo interpretaba de esta forma :

Molinero maquilero, ladrón primero.

Quien dijo maquilar, quiso decir robar.

Quien te maquila, ése te esquila.

Cien sastres, cien molineros y cien tejedores, hacen justo trescientos ladrones.

El molinero, mientras anda, gana.

El molino andando sana, que no estando la rueda parada.

Huerto y molino, lo que producen no lo digas a tu vecino.

Molinero y ladrón, dos cosas suenan y una son.

Es de presumir que los ricos molineros fueran, por encima de su rapacidad, víctimas de un malentendido. El rumor público atribuía la propiedad de estos trituradores a los Fugger ( los Fúgaros en España ) y la oposición a esta multinacional era masiva entre el pueblo. Símbolo del capitalismo del siglo XVI, los banqueros Fugger, alemanes de Augsburgo ( en la actual Baviera), formaban una dinastía que ocupa un lugar importante en la historia europea.

La saga comenzó con Hans Fugger (descendiente de campesinos de suabos), establecido hacia 1367 en Augsburgo, y a quien un par de buenos matrimonios metieron en el gremio de tejedores. El segundo hijo de Hans, Jacobo I el Viejo (14121469), fundó la rama de los Fugger del Lis y diversificó los negocios introduciéndose en la minería de plata de Tirol. Su nieto Ulrich (14411510) mantuvo contactos comerciales con Lisboa, Venecia, Amberes y Roma, logrando un título nobiliario en 1504 junto con sus hermanos.

La familia Fugger, dedicada inicialmente al negocio textil, se habían convertido ya en 1470 en comerciantes internacionales. A principios del siglo XVI formaban una potente compañía en el mundo del grano, la minería, las especias, las propiedades inmobiliarias, las gemas y el comercio en general.

Jacobo Fugger II “el Rico”, tercer hijo de Jacobo el Viejo y hermano de Ulrich, fue el miembro más importante de los Fúcaros, y bajo su dirección la familia alcanza su apogeo.

Hacia 1514, el papa León X le encarga el negocio de indulgencias para sufragar la construcción de la Basílica de San Pedro.

En 1519, Jacobo financia la elección de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico con medio millón de florines, que debía recuperar con las rentas del maestrazgo, la plata de Guadalcanal, y el mercurio de Almadén. Jacobo murió seis años más tarde sin herederos directos, legando en favor de sus sobrinos Georg Raymund (1489-1535) y Antón (1494-1560), quienes consiguieron el derecho de acuñar moneda. Este Fugger se convirtió en el prestamista oficial del rey Carlos V, y luego de su hijo Felipe II. En 1530 apoyó la elección de Fernando I, nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1530 fue uno de los financieros de la Contrarreforma, a cambio de cargamentos de oro y plata procedentes de América. Obtuvo concesiones comerciales en Venezuela, Chile, Perú y Rusia. El tráfico de especias le produjo grandes dividendos, y no desdeñó la trata de hombres en África, la ganadería en Hungría y la minería en Escandinavia. A mediados de ese siglo, Antón Fugger era el hombre más adinerado del mundo, con una fortuna que superaba los cinco millones de florines.

Los problemas financieros del emperador Carlos V llevaron a los banqueros alemanes Fugger a resarcirse con las minas de Almadén, en cuya dirección puso administradores alemanes como Wessel y Xedler, cuyas casas solariegas aún se conservan.

Los Fugger mantenían delegados en toda Europa. Primero conservaban el secreto de sus informes; pero luego lo compartieron con los clientes, aumentando así su influencia, que llegó a ser enorme, especialmente en la segunda mitad del siglo XVI. La Casa Fugger archivaba celosamente sus Avisos o Cartas y esto ha permitido descubrir una suma de noticias de sus agentes. Revelan, por ejemplo, el interés de los Fugger por España, debido en particular al oro de América.

Aparentemente Fugger no fue ajeno al sensacionalismo, como se ve en los detalles del reporte de unas ejecuciones en Zaragoza: “A Don Juan de Luna le cortaron la cabeza de frente y a Don Diego por la espalda. A Ayerbe y Dionisio Pérez simplemente les cortaron las gargantas y fueron dejados desangrarse hasta morir. Pedro de Fuerdes fue estrangulado con una soga. Luego de muerto fue descuartizado en cuatro y los cuatro cuartos colgados en las calles de Zaragoza…”

Los archivos Fugger han sido publicados parcialmente y en ellos se confirma que hicieron importantes negocios en España, llegando a mercadear con Carlos V, en 1531, una expedición alemana para colonizar Sudamérica más allá de Chincha; esto es, el límite de la gobernación que se le había concedido a Pizarro. Las tierras que debían colonizar los banqueros eran enormes, desde Chincha al Estrecho de Magallanes, una faja de 400 millas de ancho. Incluso se redactó un contrato con detalles sobre fortalezas, derechos de aduana, etc. Pero el proyecto resultó impracticable porque una cosa era planificar y conceder en Madrid y otra enfrentarse a los rudos pioneros que avanzaban conquistando tierras a sangre y fuego. El hecho es que el contrato o capitulación nunca fue ratificado por el emperador. En dichos archivos se han encontrado también referencias al Perú, como comenta Trazegnies:

Ciertamente, el Perú no podía estar ausente de estas noticias. A veces, su presencia es simplemente una sombra lejana, pero determinante en Europa. Así, se advierte la importancia del oro peruano cuando el agente de los Fugger señala que en Sevilla se espera impacientemente la llegada de la flota del Perú que carga 17 millones de plata y una cantidad no precisada de oro, además de 13 arrobas de carmín y algunas otras mercaderías…

Como consecuencia del crecimiento del comercio americano, durante la segunda mitad del siglo XVI, Sevilla se convirtió en el centro neurálgico de la colonización (desde 1503 en que se creó la Casa de Contratación hasta 1680, cuando pasó a Cádiz). Se crearon numerosos consulados, en los que se reunían comerciantes ingleses, genoveses y flamencos que se repartían el oro, la plata, perlas y piedras preciosas, además de cacao, azúcar y tabaco. Para entrar en el círculo de chalanes  se necesitaba un potencial económico importante, ya que desde el envío de las mercancías hasta su cobro pasaba mucho tiempo.

La necesidad de establecer fórmulas de pago más rápidas, permitió el desarrollo de mareantes y peruleros[7], como los Fugger, Weiser, Centurione y Palavesín. Su presencia en el comercio con las Indias fue muy negativa, ya que cada vez salían más productos extranjeras del puerto de Sevilla.

En España, los negocios de los Fugger se extendían a los cereales, y por ende a los molinos. Manifiesta Hermann Kellenbenz [8] que el producto de los maestrazgos[9] se ingresaba en especies, se almacenaba en depósitos y lo vendían los apoderados de los citados banqueros. Su única obligación consistía en ceder a los vecinos la simien­te y el cereal que necesitaran. Su precio, los beneficiarios, y los plazos, los fijaban el gobernador de la provincia y un representante de Fugger. No era raros los procesos. Uno de ellos, de los años veinte, que se celebró en Campo de Montiel, nos ofrece una visión de la manera en la que el representante del banquero, Juan Domingo, calculaba el coste del cereal. Si la cosecha había sida buena, se permitía a los arren­dadores del maestrazgo venderlo al exterior. En caso contrario, compraban a bajo precio la totalidad del producto.

Otro pleito, celebrado en la ciudad de Llerena entre la alcabala y Juan Domingo ( el testaferro de Fugger), muestra la parcialidad de la justicia a mediados de los años veinte. Disponemos de otros documentas del tiempo de la mala cosecha de 1539. En 1540, el tribunal de Burgos concedió a los Fugger 4.000 fanegas de trigo de sus ventas de maes­trazgo de La Mancha, así como el aprovisionamiento de la armada y de las plazas de apoyo africanas. Para cumplir los contratos, los Fugger hubieron de recurrir a las cosechas de Calatrava. La firma incautó 12.500 fanegas a un precio muy bajo, por lo que se interpuso un proceso que llevó a cabo el secretario Alonso de la Peña. Los banqueros tenían que pagar la fanega a dos reales y medio (85 maravedíes), y sólo desembolsaron una parte de la deuda. El delegado murió poco después, cargando los herederos con la condena. En la primavera de 1552, 7.000 fanegas de trigo de los maestrazgos estaban preparadas en los puertos de Málaga para su exportación. El permiso de salida provenía de un representante de los Fugger, don Pedro Liso de Castilla, quien a su vez  había delegado en Jobst Walther.

Son más ricas las noticias que describen las visitas del terri­torio de los maestrazgos en los años cincuenta. De ellas se desprende lo agotador del negocio de recaudar las rentas que había que pagar, cómo se almace­naba el cereal, perdiéndose mucho, y lo descuidados que eran los encargados de este negocio. Se prestaba trigo a la gente de las correspondientes

localidades que luego no podían devolver en el plazo fijado, o nunca, de forma que se litigaba al respecto [10]. Por eso, Fugger calculaba  según los altibajos de las cosechas y trataba de que se realizara la venta en el pe­ríodo en que los precios le eran más favorables [11]. A menudo se incautaban de los bienes y las casas para venderlas en caso de impagos. Los lugareños se unían contra la gente de Fugger, incluso de forma violenta.

¿Acaso el subcomandante Marcos difiere de Alonso Quijano cuando denuncia la construcción de 2.100 molinos de viento en Oaxaca que cubrirán 110 mil hectáreas ? Igual que hace siglos, las corporaciones multinacionales –de España, Francia y Estados Unidos- han alienado agentes de bolsa para comprar y revender el poder generado por el Parque Eólico. Carlos Manzo sugirió que “una manera en la que los compañeros de esos países podrían ayudar es hacer ruido en esos países y ciudades donde esas multinacionales se ubican; informar al público de sus planes para destruir nuestra tierra y cultura aquí”. Esas corporaciones son los nuevos Fúccar : Endesa, Gamesa, Iberdrola, Preneal (de España); Energía del Istmo (asociada con Electricité de France), Fuerza Eólica (asociada con General Electric), Cader-EHN y Eoliatec.

Mutatis mutandis , detrás del color local, más allá de la Mancha y de la España de 1600, las aventuras de los dos personajes son nuestras aventuras: “Es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí ( I, 52). ( Entendamos estas selvas como las de la Divina Comedia, las peñas como los “obstáculos morales” de la Odisea).

Hoy los gigantes aparecen como aviones, computadoras, celulares, tanques y cohetes, pero continúan siendo gigantes, continúan conspirando para el mismo daño. Triste realidad esa de los gigantes, que en vez de buscar ‘el Bien’ (como lo sostenía Platón y aún lo predican las religiones), provocan el daño y la destrucción; prefieren la guerra al amor, la trinchera al lecho. Son ellos los locos que ven terroristas donde se juntan niños y ancianos, polvorín donde hay escuelas y hospitales.

Ahora bien, en el transcurso de la novela, como bien señala Madariaga, don Quijote se eclipsa ante su escudero. El espíritu de sistema cede el paso a la libertad improvisada. La negación quijotesca de la contingencia se inclina ante la conciencia que poco a poco va tomando Sancho de las necesidades materiales. Al mismo tiempo, el espíritu de rigidez cristiana es desbordado por la generosidad y el amor a la vida.

Las preocupaciones de los ciudadanos de entonces son las nuestras. Las medidas que tomó Sancho Panza siendo gobernador de Barataria perduran hoy, y esperemos que para siempre, en las leyes de la República : control de los precios, de salarios y de las apelaciones de origen de los vinos, lucha contra la pobreza, refuerzo del aparato de justicia y supresión de intermediarios (II, 51)

Al final don Quijote muere. No será el único de su orgullosa estirpe que haya vivido de ilusiones y termine desencantado. Sancho sobrevive y sigue en sus trece :” Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener; y en el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Y su sólida clase no dejará de existir mientras en el mundo imperen las leyes de los poderosos.

Como buen socrático, Cervantes no exponía dog­mas adocenados sino que, bajo los pliegues de la ficción, incitaba a la búsqueda de caminos. En suma, el texto nos invita a dignificar al ser humano, a los más denigrados y explotados. Américo Castro ha escoliado así esta circunstancia: “El autor concentró sus preferencias sobre los alejados de la vida cotidiana, voluntaria u obligadamente (don Quijote, galeotes, desesperados de amor, bandidos… ) Entre los últimos, destaquemos a Roque Guinart [12]. Al mismo tiempo, se levanta contra los lugares comunes aceptados par todos ( aquello de que los gitanos roban y los árabes mienten… ) , y perfila una sátira de las clases altas (los duques, en particular ); de ellas provienen el enga­ño y la falsedad. Pues los “burgueses” de todos los países, tanto flamencos como españoles, que viven de los campesinos, se divierten ridiculizándolos con la descripción de sus comilonas grotescas, indecentes hartazgos y borracheras indecorosas. Parece que les da buena conciencia demostrar que hay gente peor que ellos. No hay duda de que nuestro pobre Sancho se arroja como un desaforado en las ollas de Camacho (II, 20 y 21); se atiborra por varios días en casa de Basilio (II, 22), se hincha en las mansiones de don Diego de Miranda (II, 18) y de don Antonio Moreno (II, 62) y se ceba en los albergues  (II, 62) cuando dan de comer y puede pagar, aunque no sea muy apetitoso, pues como dice su Teresa : “la mejor salsa del mundo es la hambre” (II, 51).

Mediante la ironía y la risa, podríamos decir que Cervantes rompe las cadenas de la tradición. El texto nos hace oír las voces del discurso del amo y criado y parodia a los individuos y las instituciones.

Uno de los primeros lances de la novela es  el del niño Andresillo y Juan Haldudo ( l, IV).

Cuando tras ser armado caballero, don Quijote vuelve a sus lares con toda felicidad a cuestas y derramándola por los cuatro horizontes, oye a un muchacho que solloza compungido.  Un rico labrador lo estaba azotando porque le perdía las ovejas del ganado : No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios que no lo haré otra vez.

Gracias doy al cielo por la merced que me hace, ( iba mascullando el caballero), pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso, o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

“Y volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un la­brador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una re­prehensión y consejo. Porque decía:

-La lengua queda y los ojos listos.

Y el muchacho respondía:

-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios que no lo haré otra vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.

Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo: -Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defen­der no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza ( que también tenia una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrimada la yegua ), que yo os haré conocer ser de cobar­des lo que estáis haciendo.

El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi anima que miente.

-¿Miente delante de mi, ruin villano? -dijo don Qui­jote-. Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.

El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Sueldo irrisorio si tenemos en cuenta que, por la misma época, los esportilleros de Sevilla, jóvenes de la misma edad que Andrés, ganaban casi la misma cantidad en un solo día.[13]

Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho ( y aún no había jurado nada ), que no eran tantos; porque se le habían de des­contar y recibir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.

Bien esta todo esto -replicó don Quijote-; pero quéden­se los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; así que, por esta parte, no os debe nada.

-El daño esta, señor caballero, en que no tengo aquí dine­ros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

-¿Irme yo con él -dijo el muchacho- más? ¡Mal año! No, señor, ni por pienso; porque en viéndose solo me desuelle como a un San Bartolomé?

-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el mucha­cho-; que este mi amo no es caballero ni ha recibido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

-Importa poco eso -respondió don Quijote-; que Hal­dudos puede haber caballeros; cuanto más que cada uno es hijo de sus obras.

Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros conmigo; que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.

-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cum­pláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cum­plirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada”.

-Venid acá, hijo mío ( concluye Haldudo ); que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.

-Eso juro yo -dijo Andrés-; y como que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen ca­ballero: que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!

-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecen­tar la paga.

Y asiéndole del brazo le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.

-Llamad, señor Andrés, ahora -decia el labrador- al des­facedor de agravios; veréis cómo no desface aquéste. Aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.

Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohino, jurando de ir a buscar al valeroso don Qui­jote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pa­sado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo. ( I. IV).

Tomó don Quijote la defensa del débil, y partió muy satisfecho de haber enderezado aquel entuerto, con el pensamiento puesto en Dulcinea. En el episodio de Juan Haldudo comprobamos los contrarios resultados de este anhelo quijotesco. En la misma línea burlesca, están los casos del arriero atacado y malherido, o del grupo de mercaderes.

Episodios divertidos, con altibajos dramáticos y, a la vez, lecciones para ánimas candorosas que predican la justicia individual. Giovanni Papini se halla en la misma línea que trazó Américo Castro al escribir: “Cervantes se complace en oponer la justicia espontánea, sencilla, equitativa, en suma, místicamente natural, a la legal e instituida”. La justicia ha de ser colectiva, con un poder superior y fuerte encargado de imponerla: lo contrario, la doctrina neoliberal, es como permitirle al zorro entrar en el gallinero.

( Entre paréntesis, Julia Kristeva afirma que “Todo texto es la absorción o transformación de otro texto” lo que implica el reconocimiento de la intertextualidad como un fenómeno que se encuentra en la base del discurso literario. Por su parte, Riffaterre considera esta disciplina como la percepción de la relación entre una obra y otras que la preceden. Quiero referirme a Luis Buñuel en Viridiana ( la mirada más feroz y genial que se haya permitido el cine sobre la caridad cristiana y otras acciones tanto o más hipócritas en menoscabo de la justicia ), hallamos reminiscencias de la secuencia de Juan Haldudo y Andresillo: en una escena de dicha película se ve  a un perro sarnoso arrastrándose bajo un carromato. Uno de los personajes (¿Don Jaime? ¿Paco Rabal?) compra el animal para redimirlo de su triste condición. Momentos después, la cámara nos muestra otro carromato con una cuadrilla de perros… )

Por otra parte, antes que Marx, Cervantes comprendió el concepto de plusvalía,. Enredándolo de otra forma: que la explotación, la segregación y la violencia constituyen los síntomas sociales de la libertad que controlan los poderosos. Con Don Quijote entramos en el sentido de la libertad que defiende la Revolución francesa, articulada con la igualdad y la fraternidad. Defensor de niños, mujeres, pobres, galeotes y moriscos, así expone el Ingenioso Hidalgo este valor : La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encumbre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (II, LVIII).

No menos importante a la hora de subrayar el contenido social de este libro, son las primeras reivindicaciones salariales que plantea Sancho en el capítulo VII (II parte) :

– Sancho amigo, respondió don Quijote – a las veces tan buena suele ser una gata como una rata.

– Ya entiendo- dijo Sancho – yo apostaré que había de decir rata y no gata; pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

– Todo eso es verdad -dijo don Quijote-; pero no sé dónde vas a parar.

Voy a parar en que vuesa merced me señale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, que el tal salario se me pague de su hacienda: que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal o nunca; con lo mío, que me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano, poco mucho que sea; que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. Verdad sea que si sucediese (lo cual ni lo creo ni lo espero) que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad.

Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario si hubiera hallado en alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y mostrase por algún pequeño resquicio qué es lo que solían ganar cada mes o cada año; pero yo he leído todas o las más de sus historias. y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero; sólo sé que todos servían a merced, y que cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos, Sancho, gustáis de volver a servirm, sea en buena hora; que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo excusado. Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo, bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le falta cebo, no le faltaran palomas Y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera. Sancho,  por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos. Y finalmente quiero decir y os digo, que si no queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que a mi no me faltaran escuderos más obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.

Aunque es propietario de un reducidísimo caudal agrícola, Sancho Panza ha de ganar el sustento trabajando para los hidalgos y campesinos ricos del lugar y se queja igual que hoy un empleado de Renault: “los que servimos a los labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla…( II, XXVIII ).

Se sabe cuál era la dieta de los jornaleros de entonces ( y la de Sancho) : “gazpacho” (II,53), nueces (II, 62), bellotas (II,52), una especie de pan de centeno   (ni “candeal”, ni “trechel”, sino “rubión” (I,31), queso fresco de cabra (“requesón”) con aceite y vinagre (II,52) y agua fresca para beber, y cuando más, vino peleón[14].

Sancho es un obrero que trabaja, no uno de esos “labradores ricos” que hacen trabajar a los otros y usurpan su  nombre: (“Los que servimos a labradores (II, 28) ; “la labor del campo en que he criado” (II, 33… ) etc.) Siendo todavía un niño, trabajó en su tierra como cabrerizo (Il, 41), como porquero (II, 42), y según él mismo explica: “después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos” (II, 42). Una muestra de la ignorancia de Sancho, es que ignora lo que son los albogues: “ que ni los he oído hablar ni los he visto en toda mi vida. (II, 67). Ya de mayorcito se ocupó de las cabras, los animales más ariscos del rebaño: “¿Quién iba a pensar, escribe Teresa a su marido, que un pastor de cabras llegaría a ser gobernador de ínsulas?” (II,52). Incluso soñara con ser pastor de corderos, bajo el nombre Pacino que le sugiere su amo. Pero estos animales no abundaban en las aldeas pobres, y los grandes rebaños de la Mancha pertenecían a los terratenientes de Andalucía y Extremadura. Don Quijote los designa por sus nombres apenas encubiertos (1, VIII) (y reconstituidos por Rodríguez Marín).

Pronto se cansa de tan ingratas ocupaciones y hace como tantos otros que desertan el arado para convertirse en cocheros, domésticos o cocineros en Madrid, donde tratan de “triunfar”: “Los años pasados estuve un mes en la Corte (I, 20) . La experiencia fue corta e infructuosa ( II, 24), pues vuelve al redil, donde se limita a cultivar la poca tierra que posee. ¿Cómo no sería sensible Cervantes a este contexto, si él mismo intentó emigrar a las Indias, siéndole denegada su petición?

En el momento en que entra a servir a don Quijote, Sancho Panza se ocupaba de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas ( II, LIII ). El salario que recibía por este trabajo era minino, y apenas ayudaba a cubrir las necesidades más elementales. Sus ingresos se completaban con las ganancias que conseguía el rucio: : “...sustentador de la mitad de mi persona, parque con veintiséis maravedíes que ganaba cada día mediaba yo mi despensa”“. ( I, XXIII ).

El presupuesto diario de los Panza, si sumamos el jornal de Sancho y el aporte del pollino, es de un real y medio (51 maravedíes). Un carpintero ganaba unos 200 maravedíes diarios en Castilla, y entre 200 y 250 en Andalucía; la cantidad mínima de una sola persona por aquellos años, según el cálculo del arbitrista del Coloquio de los perros, era real y medio al día Con similar cantidad habían de sustentarse, y hacer frente a otros gastos, los cuatro miembros del hogar Sanchopancesco. En 1600 se podía adquirir muy poca cosa con esos 51 maravedíes diarios: una libra de queso ( manjar habitual de rústicos y gañanes ), al precio de cuarenta maravedíes; una libra de manteca deliciosa, a cincuenta maravedíes; o, si era tiempo de Cuaresma, unas cuantas sardinas, a sesenta maravedíes [15].

No es extraño que Sancho, al igual que los labriegos y cultivadores pobres que iban a la Corte para servir a un señor, decida abandonar la aldea, desampare a su familia, y siga a un hidalgo que le ha contratado como escudero – oficio propio de nobles y gentes honradas, aunque pobres [16].  Al comenzar sus aventuras, el escudero desea saber ( “ por si acaso llegase el tiempo de las mercedes, y fuese necesario acudir al de los salarios”), cuánto ganaba el escudero de un caballero andante en aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por días, como peones de albañir. Pero Sancho fue a dar con un hidalgo visionario que le ofrece nada menos que una ínsula, aunque él se conformaría con un salario fijo para remediar el quebranto de su hogar.

­­A priori, Sancho pudiera darse por satisfecho de servir a un hidalgo : “No hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. (l, 52 ).

Sin embargo, cuando este hombre honrado va a visitar a su señor, la sobrina de éste lo insulta y lo trata de “mostrenco”, de pobre tipo sin casa ni hogar, ignorando que Sancho ya había andado de aventuras sin la seguridad de un salario. Así lo entiende el escudero, pues cuando salga otra vez con don Quijote le exigirá un contrato con todas las de la ley, tanto para conservar su buena reputación en el pueblo como para sufragar los gastos de su familia[17]. Consigue un contrato tácito y mixto (II,28) : salario y comida, como había hecho en el primer contrato con Tomé Carrasco; por encima, su señor le promete grandes favores en los que él no cree demasiado…

Pues el salario es una cosa y otra la generosidad. Remacho la frase citada anteriormente :  “Que vuestra merced me señale un salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere y que el tal salario se me pague de su hacienda, que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, mal o  nunca… Quiero saber lo que gano” (II,7) De modo que esos ducados contantes y sonantes han de salir de los bienes de Alonso Quesada, y no de los quiméricos emperadores que don Quijote cuenta vencer en fieros combates. Aunque bien mirado, el astuto Sancho se apunta a los dos tableros : por lo que pudiera suceder, jamás renuncia al gobierno de la ínsula prometida,… (II, 28)

Se trata de un oficio difícil: “Tiene más trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve a un labrador” (II, 28). En un incidente ridículo, un pueblerino golpea a Sancho, que cae por tierra (II, 27). El escudero no puede reprochar nada a su amo, cuyo deber consistía en “protegerlo”. Mohíno, decide romper el contrato y regresar a su casa, no sin antes reclamar a su patrón, ( ya ni señor ni amo ), el salario que le debe por los veinte días que duró esta expedición. El patrón le contesta: “Si tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita Dios que yo os lo impida”. Y como era costumbre que el escudero se encargara de la economía, añade: “Dineros tenéis míos; mirad cuanto ha que esta tercera vez (sic) salimos de nuestro pueblo; y mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes y pagaos de vuestra mano“.

Sancho plantea sus exigencias sindicales, diríamos hoy, que ni Lenin ni Gaspar Llamazares lo hicieran con igual fervor.: “Cuando yo servía a Tomé Carrasco (….) dos ducados ganaba cada mes, amén de la comida. Con vuestra merced no sé lo que puedo ganarpuesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve a un labrador (…). A mi parecer, con dos reales más que vuesa merced añadiese cada mes me tendría por bien pagado.”

Como jornalero que es, Sancho no ama una tierra que pertenece a los ricos. En sus peregrinaciones por España no dispensa una sola mirada a los campos cultivados, ni una palabra a las siegas o a las vendimias. No cesa de soñar en otro destino para él y para sus hijos. Pues los paliativos no duran mucho tiempo. ¿Los cien escudos que “perdió ? : “Yo los gasté en pro de mi persona y ellos han sido causa de que mi mujer llevase en paciencia los caminos y carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote, que si al cabo de tanto tiempo volviera sin blanca y sin el jumento, negra ventura me esperaba” (II, 4).

Era corriente que la presunción y soberbia de los hidalgos, especialmente cuando servía de máscara a la pobreza, despertasen el rencor y la animadversión de los plebeyos, y que en muchos lugares se hubiera declarado una guerra, sorda unas veces y abierta otras, entre ambos estados: López de Úbeda afirma “que es natural enemiga que tienen los villanos a los hijodalgo»; en las Cortes de 1593 se llegó a ha­blar del «odio natural» que los primeros tenían a los segundos, y en las de 1598 se registró: “que en la mayor parte de Castilla la Vieja en este año ha habido grandes revueltas y escándalos entre el estado de los caballeros e hijosdalgo, y el de los pecheros[18].

Esta malquerencia  entre clases se refleja en el Quijote. En el capítulo LX de la segunda parte, caballero y criado se pelean por un quítame allá esas pajas. Sancho osa amenazar a su amo de muerte: “ … y así,  procuraba y pugnaba par desenlazarle; viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie, y arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le tenia las manos, de modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le decía:

-¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da su pan te atreves?

-Ni quito, ni pongo rey -respondió Sancho-, sino ayúdome a mí, que soy mi señor[19]. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de azotarme por agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no

aquí morirás, traidor, enemigo de doña Sancha[20]

Uno de los alborotos a que aludí ocurrió en 1683 en Esquivias, el pueblo de la mujer de Cervantes, y hubo de revestir cierta gravedad, pues movió al Consejo de Castilla a enviar a ese lugar de la Mancha a 1.400 hombres con sus cabal­gaduras. Estos sucesos no fueron  frecuentes; lo habitual era que la soterrada y permanente hostilidad entre villanos e hi­dalgos se tradujera en rencillas incruentas o pleitos ante la justicia. En muchos pueblos, los hidalgos eran empadronados como pecheros y obli­gados a gastar tiempo y dinero ante el Tribunal para restaurar sus derechos; en otros, la economía municipal, basada en la agricultura mediterránea (cereales, olivo y vid) con el complemento de la ganadería lanar, mantuvo sus características hasta principios del siglo pasado. Entonces se observan los inicios de una cierta industrialización a partir del sector primario, destacando la fabricación de harina y, sobre todo, la elaboración de vinos.

Los jornaleros formaban el grupo social más numeroso del campo castellano, y también el más pobre. En la Mancha representaban más de la mitad de la población rural y, en algunas ocasiones, más de las tres cuartas partes del vecindario de las aldeas. La abundancia de tra­bajadores, que contrasta con el escaso numero de propietarios, deriva de un sistema de latifundio caracterizado por distribución del suelo entre arrendatarios o colonos estables, y por la constitución de grandes aldeas de población jornalera, desprovista de toda participación en la propiedad de la tierra. La miseria es el sino forzoso de esta masa desheredada, que ha de alquilarse cada día para realizar las faenas más duras a cambio de un menguado jornal, y sobre la que se cierne la amenaza constante del paro estacional, el hambre y la inseguridad. Por eso, en los documentas de la época es muy frecuente que a los braceros y trabajadores del campo se les deno­mine pobres y pobre gente. En este sentido, Fernando Álvarez de Toledo distinguía dos ¿tres? estados dentro de la sociedad: “… el uno de ricos, el otro de pobres y el otro de los que tienen moderado caudal con qué pasar. En el estado de los pobres se comprenden los que, no teniendo casa, ni viña, juro, ni censo, ni caudal para contratar, ni bienes raíces, ni oficio con que ganar de comer, se sustentan del jornal que ganan con el trabajo de su persona”[21].

En las Relaciones de Cobeña (Madrid) se notifica que: “…hasta ochenta labradores vecinos de esta villa labran sus haciendas con mulas y bueyes labrando la tierra para coger pan, y otra parte son jornaleros y pobre gente que no tienen con qué labrar ni en qué labrar[22]”. De Argamasilla de Alba (Ciudad Real), se comunica : “… habrá doscientos labradores que tengan mulas  y otros animales con qué labrar. Y en lo restante del estado de los pecheros hay oficiales y jornaleros y mozos de soldada y pastores y otra gente pobre…” [23].

También Cervantes, cuando cita par primera vez al escudero de don Quijote, añade el calificativo de pobre a la categoría social del personaje “… determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, ha­ciendo cuenta de recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. (l, 4).

La miseria se abate sobre los campesinos, y en particular en la Mancha. Alonso Quijano ( o Quesada )  intuye las razones, y convertido en don Quijote ataca valerosamente a los enemigos de su tierra natal. La ruina de la Mancha provenía del comercio de harina, de la ganadería y de la viticultura, todo en manos de los potentados. Se precipita contra los trashumantes de la Mesta, que tienen derecho a pacer su ganado en los campos cultivados (I,18); revienta las odres de vino (II, 35) , producto de los viñedos de la Mancha, recientemente mejorados para abastecer el mercado creciente de Madrid y de las ciudades. Con el que se ha enriquecido Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán[24].

Como intenté demostrar, el mundo ficticio de Don Quijote se parece al mundo actual en algunos aspectos importantes ; y aunque sea el mundo de una España desaparecida, tiene aspectos comunes con lo que está sufriendo el planeta. Es inevitable que tal obra sea objeto de interpretaciones contradictorias. Nunca se está de acuerdo sobre Don Quijote como no se estará de acuerdo con la vida.

Se han clasificado los exegetas de Don Quijote según la postura que adoptan frente al protagonista, tanto más que la de Cervantes estaba dividida entre el respeto obligatorio a la autoridad – literaria, política y religiosa – y sus sentimientos y compromisos.

El Quijote había sido abordado bajo todos los prismas y aspectos; como el mismo Cervantes dijo acerca de su obra, «los niños la manosean, los mozos la leen, los hom­bres la entienden y los viejos la celebran». No obstante, no es ésta la única explicación de la infinidad de interpretaciones. Rescato ésta de Germán Arciniegas : Don Quijote va a ser el personaje que sale a la palestra a protestar contra todas las injusticias, en defensa de la libertad y la dignidad del hombre. Es el loco fabuloso que se mueve empujado por los más puros ideales. Don Quijote de la Mancha entra en la corriente de esas rebeldías profundas del siglo. Es la culminación de una lucha secular en que los hombres se mueven entre la libertad y el miedo. Cervantes encuentra la fórmula ideal, haciendo de su personaje un loco. Había que hacerse el loco para decirlo todo. El mecanismo elemental de la novela lo hemos conocido a través de los siglos. Hay que hacerse el loco hoy como ayer.

Faltaba, a mi entender, un investigador que iniciara una inspección mundialista. Ya Charles V. Aubrun nos había ofrecido un estudio sociopolítico.[25] Gracias sean dadas al prologuista de la edición que comentamos por desbrozar este camino, esperando, de paso, que tenga en cuenta uno de los múltiples refranes de la obra : “ quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda”.

Otras REFERENCIAS

Ayala-Carcedo FJ (dir.) (2001) Historia de la Tecnología en España. Vol. 2. Ed. Valatenea, Barcelona, España. 416 pp.

Cádiz-Deleito JC, Ramos-Cabrero J (1984) La energía eólica: tecnología e historia. Blume. Madrid, España. 221 pp.

Camuñas-Rosell PL (2000) El Molino manchego. Azacanes. Olías del Rey, España. 65 pp.

Caro-Baroja J (1952) Disertación sobre los molinos de viento. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Tomo VIII, Cuaderno 2º: Bermejo. Madrid, España. pp. 213-366.

Daniel Eisemberg. La interpretación cervantina del Quijote.  Edit. Compañía Literaria.

Escribano-Sánchez F (2000) Los molinos de viento del Campo de Criptana a mediados del siglo XVIII. Diputación Provincial de Ciudad Real. Ciudad Real, España; 227 pp.

Jiménez-Ballesta J (2001) Molinos de viento en Castilla-La Mancha. Llanura. Piedrabuena, Ciudad Real, España. 199 pp.

Reyes-Mesa JM (2001) Evolución y tipos de molinos harineros: del molino a la fábrica. Edición del autor. Granada, España. 153 pp.

Sánchez-Ruiz FJ (1995) Los molinos del corazón de La Mancha. Alcázar de San Juan. Actas I Jornadas Nacionales Molinología. La Coruña, España. pp. 415-425.

White L (1973) Tecnología medieval y cambio social. Paidos. Buenos Aires, Argentina. 190 pp.


[1]El Quijote,  II, IV. También en “El licenciado Vidriera”. El propio Cervantes creía que el dinero que los editores le pagaban por sus obras no era suficiente, aunque los datos de que disponemos parecen demostrar que los pagos reflejaban la realidad editorial de aquella época. Véase el libro de Daniel Eisemberg “¿Tenía Cervantes una biblioteca?”, págs 22 y 23. .

.

[2] El Quijote, prólogo del  II volumen.

[3] Pierre Abailard ( Le Pallet cerca de Nantes , Bretaña , 1079Chalons , 21 de abril 1142 ), Petrus Abelardus en latín , Pedro Abelardo en idoma español , filósofo francés. Genio y crítico indomable, considerado como el mejor en lógica de su época y tal vez el pensador más profundo y original sobre el lenguaje de toda la Edad Media. A la vez que autor de numerosos poemas en lengua romance, dedicó gran parte de su vida a la enseñanza y a la persecución de otros maestros con los que discutir, por eso era al mismo tiempo maestro cautivador de jóvenes y goliardos, y eterno creador de enemigos. Conocido por su relación amorosa con Eloísa, sería castigado con la castración.

[4] C. Viñas Mey y Ramón Paz, Relaciones, Madrid, pas. 187.

18 Los pilares del sistema fiscal en España fueron las alcabalas y los servicios. La primera es un impuesto sobre la producción y venta de todo tipo de artículos; el segundo, la cantidad que el Reino, a través de las Cortes, otorgaba periódicamente al monarca para determinados gastos. Véase Modesto Ulloa, La hacienda Real de Castilla en el reinado de Felipe II, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1977, páginas 171 y sigs., y 467 y sigs.

[6] La epidemia se inició en 1596 en la zona cantábrica, y alcanzó tres años después la Corte y las zonas de Toledo y Talavera, dejando a su paso un reguero de hambre , miseria y destrucción (Bartolomé Bennassar, Recherches sur les grandes épidémies dnls le Nord de l’Espagne à la fin du XVIème siècle, París, 1969, pags 40 y sigs. y 51 y sigs.)

[7] Así llamaban a los españoles enriquecidos en Perú.

[8] Los Fugger en España y Portugal hasta 156.   Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura. 2000.

[9] Territorio de la jurisdicción del maestre.

[10] “Los cobros pendientes de los maestrazgos”, según el estado del inventario de 1553.

[11] AG Simandas, Estado, 91, “La recaudación de los cobros pendientes”.

[12] Se trata del histórico Perot Roca Guinarda o Rocaquinarda, estrictamente contemporáneo de Cervantes y aun del Quijote mismo ( tenía unos 33 años hacia 1605), acaso el “bandolero” más célebre del momento.

[13] Rinconete y Cortadillo.

[14] Cuando Sancho se refiere al vino, dice sencillamente “de lo caro.” El vino estaba fuera de su alcance: “Pidiéronle de lo caro; respondió que si querían agua barata que se la daría de muy buena gana” II, 24)

[15] Francis Bru­mont Campo y campesinos de Castilla la Vieja en tiempos de Felipe II, Madrid, Editorial     Siglo XXI, 1984, pags. 220-221).

[16] Véase capítulo II.

[17] Antes de esta segunda salida consulta con su esposa: “que el consejo de la mujer es poco y el que no lo toma es loco” “Teresa dice que ate bien mi dedo con vuestra merced.”(II, 7)

[18] Son los villanos que pagan impuestos;  Algunos, como Juan Haldudo, o Dorotea en la Primera, o Camacho en la Segunda Parte del Q, son muy ricos y emplean a otros labradores para trabajar sus tierras.

[19] Sancho modifica el dicho, procedente de la guerra entre Pedro el Cruel y su hermano Enrique de Trastámara, y ya convertido en frase proverbial. : Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor.

[20] … Sancha: es el final del conocido romance viejo de los infantes de Salas : “A cazar va don Rodrigo, y aún don Rodrigo de Lara”.

[21] Fernando Alvarez de Toledo, Medios propuestos a Su Majestad tocante al soco­rro y desempeño del Reino, Madrid, 1602, fol. 13, cil. par José Luis Sureda Carrión, La Hacienda castellana y los economistas del siglo XVII. Madrid, C.S.LC., 1949, pa­gina 167.

[22] 16 Noël Salomon, La vida rural castellana., pags. 264-265. Esta proporción era bastante menor en la mitad: en la Bureba, por ejemplo, el número de jornaleros no debía sobrepasar el 20 % de la población, y, en muchos casos. al salario de estas gentes se añadían los beneficios obtenidos par el cultivo de algún terreno propio,

[23] Sobre la identificación de pobre, jornalero y trabajador, véase José Antonio Maravall, «Pobres y pobreza del medioevo a la primera modernidad», CHA, 367-368, enero-febrero 1981 (Págs. 189-242), Págs. 207-209.

[24]Las armas… de piedra tosca encima de la puerta de la calle, la bodega en el patio, la cueva en el portal y muchas tinajas a la redonda, que por ser del Toboso…( II, 18)

[25] Charles. V. Aubrun :“Sancho Panza, paysan pour de rire, paysan pour de vrai“. Revista canadiense de estudios hispánicos, n°1, 1976-1977, pp. 16-29.

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