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De Balzac a García Márquez

7 abril, 2011

Un lugar común: el tiempo pasa veloz. Hace veinticinco años Miguel Ángel Asturias me declaró en Niza que Cien años de soledad, de García Márquez, es un plagio de la novela de Balzac En busca de lo absoluto. En Cien años de soledad, García Márquez cuenta que en su último paso por Macondo, el gitano Melquídes regaló a Jóse Arcadio un laboratorio de química, con el que el patriarca de la familia Buendía podría descubrir la piedra filosofal. En su novela, Balzac describe la locura creativa de Baltashar Claës, a quien un misterioso oficial polaco apasionó por la Química a su paso por la ciudad flamenca de Douai.

El llamado Claës abandona mujer e hijos para consagrarse a investigar la descomposición del hidrógeno y la obtención del oro. Ahí se para la semejanza entre ambas novelas, lo cual no justifica una acusación que únicamente habríamos de achacar a un asomo de celos de un premio Nobel a otro más joven. Porque es indudable que existe una diferencia esencial entre ambas obras. Empezando por las actitudes de las esposas de los dos iluminados.

Cuando Buendía revela a sus hijos su insólito descubrimiento: «¡La tierra es redonda como una naranja!», Úrsula no lo cree y planta cara: «Si te has de volver loco, vuélvete tú solo (…). En lugar de pensar en esas bobadas, mejor harías si te ocuparas de tus hijos (…). Míralos, dejados de la mano de Dios, que parecen unos asnos». Cito de memoria, y que me perdone García Márquez por el atropello. Úrsula estrella el astrolabio contra el suelo y solivianta al pueblo contra los gitanos. Por su parte, Josephine veía «cómo se esfumaba la herencia de sus hijos, pero quería salvar la vida de su esposo. ¿Acaso no era éste el primer deber de una mujer: hacerlo feliz?». Los lienzos de los grandes pintores que hubo de vender para pagar las deudas ocasionadas por las investigaciones locas del alquimista «no eran nada comparadas con la felicidad doméstica y la satisfacción de su esposo». Josephine poseía, nos dice Balzac, «esa piedad española que jamás separa la fe del amor, y que no logra comprender que existan sentimientos sin sufrir». Josephine era fea, contrahecha y su pie derecho cojeaba ruidosamente: ¿Acaso Balzac conocía el viejo proverbio español que reza «La mujer casada, la pata quebrada y en casa»? Pareciera que se comportaba para que los sentimientos estuviesen desligados de la belleza. «Era auténtica la sangre española en la mansión de los descendientes de los Casareal», escribe Balzac.

Desde mi otero. Ramón Chao; [prólogo de Ignacio Ramonet]. La Coruña: La Voz de Galicia, 2003. (Biblioteca Gallega, 3) p. 72-73.

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  1. 7 abril, 2011 14:45

    Excelente apreciasion Sr Ramon, deseo poder tener el placer de ponerme en contacto con usted señor, pues tengo una peticion especial para usted y Manu desde Aracataca y recordarles que el pueblo cataquero, nunca se olvida de ustedes y ese espectaculo que le devolvio la sonrisa a un pueblo trizte y abandonado a su suerte….por favor no deje de hacer caso a mi peticion, pues es muy importante para mi, pero mucho mas para mi pueblo, muchas gracias por ese cariño que le tiene a nuestra tierra.

    mi correo es helmhb@hotmail.com
    espero su atenta respuesta muchas gracias

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