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La transcripción en la música

7 abril, 2011

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En la serie de conciertos dedicados a la transcripción en la música, descubrí que mi vida es un abuso inacabable de este método de composición.

Ya de niño, cuando me comparaban a Roberto Benzi, que me llamaban el Arturito Pomar del piano, los maestros ponían a mi alcance piezas de mayores, “Para Elisa” de Beethoven, el Minueto de Paderewski o la Habanera de “Carmen”, facilitadas para mis manos diminutas.Con ellas pude engatusar a los hombres del poder, que me dieron becas para proseguir estudios pianísticos en Madrid.

Y ya a los diez años, en un recital en Lugo, interpreté unos valses de Delibes transcritos y facilitados para piano, así como “La donna é mobile” y “El Lago de Como”, también adaptada ésta, que por ser muy conocidas me daban gran relumbrón. Ya en Madrid, a los once años, abordé obras más complicadas, muchas de ellas transcripciones del clavecín ( el “Cucú” de Daquin, el “Concerto Italiano” de Bach…), y de orquesta, como “Al amor brujo” y El Sombrero de Tres picos” de Falla”.

Ya entonces comprendí que la transcripción desbordaba el marco estricto de la obra transcrita para devenir una muestra de amor hacia la escritura musical. Bien que se trate de una reducción ( de toda una orquesta a un solo piano), o de una extensión ( de un lied para voz y piano a toda una orquesta) la transcripción multiplica el esplendor de la obra transcrita.

Me fue difícil – y lo sigue siendo – , deslindar lo que es una u otra. Empezando por Bach, quien no se contentó con transcribir para piano los conciertos para violín y orquesta de su colega Vivaldi, sino que se olvidó de precisar para qué instrumento o conjunto destinaba muchas de sus propias obras – El Arte de la fuga. E incluso él mismo, tras haber compuesto para violoncello las Seis Suites BWV, las transcribió luego para laúd (luth).

La transcripción de las obras sirvió para ampliar el repertorio de instrumentos poco utilizados como solistas.

Bach enriqueció la viola gracias a dos sonatas que primero compuso para clarinete -, dos instrumentos que por cierto tienen una tesitura semejante. Pero la transcripción no se limita a una labor de calco, timbre por timbre y nota por nota. A la obra original aporta un valor suplementario, con un comentario lúdico subyacente.

Ya de mayor llegué con esta convicción a las grandes transcripciones; de Franz Liszt, de Feruccio Busoni.

Si el compositor húngaro transcribió para piano tantas obras capitales, oberturas de óperas, lieders de Schubert y las Nueve Sinfonías de Beethoven, no fue con el fin de añadir páginas inéditas a su repertorio de pianista, sino para convertirse en apóstol y misionero de música desconocida. De hecho, la transcripción ha sido un medio formidable para el conocimiento de las obras; saber en Alemania, por ejemplo, lo que se hacía en Italia.

Alejo Carpentier descubrió de joven las nueve Sinfonías de Beethoven gracias a las transcripciones para piano a cuatro manos de List, que tenía en La Habana su padre. Algunas de ellas las tocamos juntos en París, asumiendo yo la parte de los bajos. Me contó además que calculó el tiempo de la Heroica de Beethoven que en están tocando en el teatro de La Habana mientras se desarrolla la acción del cuento ( 45 minutos), lo que igualmente dura la lectura de su cuento El acoso, no de la versión de Félix Weingartner, sino de la versión de Lizst que tocaba con Ernesto Lecuona.

Con tanta práctica de la transcripción llegué a tener una imagen más clara de la estructura musical y de la armonía. Interpretando una sinfonía en piano – ya de por sí una verdadera orquesta -, no estaba distraído por la instrumentación florida y a veces barroca del original.

Intuitivamente aplico esta percepción a la escritura. En todos los artículos ( éste, por ejemplo) y en las novelas, del fondo de mi formación me sale la forma-sonata: tema, desarrollo, modulación y contra tema; nuevo desarrollo a una quinta superior…y así hasta la reexposición y a la cadencia final.

Como además tengo el oído absoluto – de lo cual si ustedes quieren hablaré otra vez – , no soporto las cacofonías, las repeticiones, y trato de utilizar las cinco vocales en cada frase. Al principio no me daba cuenta, pero ahora lo hago con toda lucidez, y esto lo vi más claro en la serie de conciertos que sobre la transcripción se dieron en La Villette de París.

Desde mi otero. Ramón Chao; [prólogo de Ignacio Ramonet]. La Coruña: La Voz de Galicia, 2003. (Biblioteca Gallega, 3)

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