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Piratas de ayer y de hoy

1 junio, 2011
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Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en  todo mar conocido
del uno al otro confín.
……………….

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

(José de Espronceda, La canción del pirata)

Héroe de “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne, Nemo es, junto con Corto-Maltese, el prototipo del personaje del poeta. Capitán del Nautilius, barco refugio de proscritos y símbolo del contra poder, opuesto resueltamente a Inglaterra, Nemo recita en prosa lo que Espronceda exclamaba en versos: “Para mí el mar es todo. Su aliento es puro y sano. No pertenece sólo a los déspotas. En la superficie los hombres pueden establecer leyes injustas, luchar en guerras tan horribles como en la tierra. Pero nueve metros más abajo se acaba su reino, cesa su influencia y desaparece su poder. ¡Vivid en el mar! En él no acepto el mando de nadie! ¡En el mar soy libre!

Podemos aceptar que Juan March haya sido el “Último pirata del Mediterráneo”[1], aunque es obvio que tras el mallorquín salieron otros a emular sus hazañas – griegos en su mayoría –, pero con distintos nombres y oficios: armadores, petroleros, cargueros que en lugar de bandera negra y calavera arrogante, ondean pabellones de Hong Kong, panameños o liberianos. Ultimamente, los forajidos del mar se desplazaron a las costas asiáticas, haciendo perdurar el oficio que podría ser considerado como más viejo del mundo, si no existiera otro más grato y pacifico.

Nada sabemos de rameras o de abordajes en la época de Neanderthal, mas es probable que éstos se practicaran en Arabia desde el nacimiento de la navegación cinco mil años antes de J.C. Todavía hoy perdura en el golfo pérsico una “costa de los piratas”. Poco después, estos pioneros actuaban en Creta, Libia y Egipto. Montesquieu asegura que los primeros griegos eran todos piratas (del griego y latín pirata : emprendedor, que busca la fortuna); y es cierto que estos personajes invadieron el poema más antiguo del mundo. Antes de enrolarse para la guerra de Troya, Aquiles ya había ejercido actividades piratescas; cuando al cabo de su periplo regresa a Itaca, Ulises se presenta como pirata a su porquero, que no lo había reconocido. El héroe homérico pronuncia un discurso que hubieran firmado Verne y Espronceda: Lo que más me gustaba eran los remos, los barcos, las flechas, las lanzas afiladas. Esto, y los instrumentos de muerte que hacen temblar al enemigo, era mi alegría. Los dioses me colmaban.
Homero habla de los piratas con respeto y reconoce que ejercían un oficio peligroso. Tanto la Odisea como los vasos arcaicos hallados en el fondo del mediterráneo describen la forma de las embarcaciones– navíos alargados, a remos y vela, armados de un espolón. Los piratas primitivos copiaban la estrategia de los bandidos: como temían al mar abierto y les inquietaba la noche, se apostaban al acecho en bajura. Disimulados en las numerosas calas, sorprendían al enemigo y lo despojaban antes de que pudiera reaccionar.
Por muy forajidos que fueran, estos hombres no se ensañaban con sus presas. Capturaban a hombres, mujeres y niños, para venderlos en la isla de Delos, mercado central de esclavos de la época. Los fenicios, víctimas constantes de los griegos, inventaron una artimaña para pagarles con la misma moneda: Cierto día, estos «navegantes hábiles pero tramposos”, llegaron a un puerto griego en un barco cargado de joyas, lienzos y abalorios, invitando a las mujeres a subir y comprar todo de saldo. Cuando el navío estuvo lleno de féminas, levaron anclas y desembarcaron la carga en la citada isla de Delos.
Pese a los esfuerzos jurídicos de separar piratería y comercio, Roma no pudo evitar que los hombres de mar se comportasen como negociantes desalmados. Los dálmatas, ligures y cretenses abordaban barcos romanos, dejando a menudo las tiendas sin mercancía[2]. El arrojo de los piratas llegó hasta la captura de César, como narra Plutarco. “Fue apresado junto a la isla Farmacusa por los piratas, que ya entonces infestaban el mar con grandes escuadras e inmenso número de buques. Lo primero que en este incidente hubo de notable fue que, pidiéndole los piratas veinte talentos por su rescate, se echó a reír, como que no sabían quién era el cautivo, y voluntariamente se obligó a darles cincuenta. Después, habiendo enviado a todos los demás de su comitiva, unos a una parte y otros a otra, para recoger el dinero, llegó a quedarse entre unos pérfidos piratas de Cilicia con un solo amigo y dos criados, y, sin embargo, les trataba con tal desdén, que cuando se iba a recoger les mandaba a decir que no hicieran ruido. Treinta y ocho días fueron los que estuvo más bien guardado que preso por ellos, en los cuales se entretuvo y ejercitó con la mayor serenidad, y, dedicado a componer algunos discursos, teníalos por oyentes, tratándolos de ignorantes y bárbaros cuando no aplaudían, y muchas veces les amenazó, entre burlas y veras, con que los había de colgar, de lo que se reían, teniendo a sencillez y muchachada aquella franqueza. Luego que de Mileto le trajeron el rescate y por su entrega fue puesto en libertad, equipó al punto algunas embarcaciones en el puerto de los Milesios, se dirigió contra los piratas, los sorprendió anclados todavía en la isla y se apoderó de la mayor parte de ellos. El dinero que les aprehendió lo declaró legítima presa, y, poniendo las personas en prisión en Pérgamo, se fue en busca de Junio, que era quien mandaba en el Asia, porque a éste le competía castigar a los apresados; pero como Junio pusiese la vista en el caudal, que no era poco, y respecto de los cautivos le dijese que ya vería cuando estuviese de vagar, no haciendo cuenta de él se restituyó a Pérgamo, y reuniendo en un punto todos aquellos bandidos los mandó crucificar, como muchas veces en chanza se lo había prometido en la isla.”[3]
Con semejantes baños de sangre, los romamos impusieron su Pax en los mares por ellos conocidos. Después, y en épocas distintas, aparecen los vikingos, sarracenos y berberescos, con su cohorte de horrores. No sé si todos estos merecen el nombre de piratas, aunque el historiador Hubert Deschamps así los catalogua[4] Por ejemplo los vikingos cuyo nombre (reyes – o espumadores- del mar) y sus drakkars evocan animales feroces, no fueron rebeldes, deshauciados o solitarios. La sociedad no los despreciaba ni expulsaba. Formaban un pueblo de bárbaros amantes del mar, sin llegar a ser piratas en el sentido que lo entendemos aquí. No basta con echarse al agua para catalogar a uno como pirata. Aplicamos criterios más rigurosos. Pueden ser mercenarios, no bandidos. Éstos no rompen los lazos con la sociedad ni con el rey, quien a menudo los proteje.
Mucho antes de la irrupción de los españoles en 1492, ya existía una forma de piratería en el mar de las Antillas. Les Caribes, bizarros guerreros que habían ocupado las islas orientales dándoles su nombre, se lanzaban en piraguas desde esa base para espoliar a sus vecinos y pacíficos Arawaks. Pero con el nuevo continente que Colón ofrecía a la tierra, también se inauguraba otra forma de piratería. De los horizontes cercanos y repetitivos del mediterráneo se pasaba al terror e inmensidad del océano. Los progresos técnicos – timón de profundidad, gavia, brújula – permitían la navegación en alta mar. Cambió también la mercancía. Los primeros piratas de nuevo estilo son ante todo contrabandistas afanados en robar mercancías valiosas. La captura  venta de esclavos es el único medio que encuentran para sobrevivir. Sus barcos transportaban sacos cuyos olores deleitaban los sentidos, a más de oro y joyas que le españoles robaban en América.

En la isla Tortuga, al noroeste de Hispaniola, se instaló en los años 1640-1654 un grupo de 25 o 30 colonos franceses cuyo jefe, Levasseur, convirtió a la isla en puerto de escala para los flibusteros, dándoles además franquicia para despojar a los españoles. De las Pequeñas Antillas, les aventureros se desparramaron  por las costas de la isla Hispaniola, nudo de comunicaciones. Algunos de ellos se dedicaban a la caza de animales salvajes, que vendían a los corsarios.

Con este nombre de «flibusteros» (deformación de una palabra que equivale a «confiscadores libres de botines») brotan a la luz tropical bandas de jóvenes, terror de los galeones. La isla se conviere en un mito, símbolo de la bandera victoriosa, de la violencia individual en guerra contra el orden y la sociedad.  Al principio eran hombres libres dedicados a la cría y ahumado de ganado porcino que por diversos avatares políticos tuvieron que cambiar sus hábitos laborales por la piratería costera, siendo a la larga asimilados y absorbidos por los piratas propiamente dichos.
Siempre tolerada cuando no retribuída por los enemigos del rey de España, la piratería se « europeizó » y modernizó, obligando a los corsarios – otra designación de los piratas-, a depositar sus presas y rearmar los navíos  en los puertos de Francia, Inglaterra y Holanda. En el siglo XVII entran en escena primero los franceses, luego los ingleses y los neerlandeses, excluídos todos del botín del Nuevo mundo, pero muy puestos a resarcirse con la rapiña. Estos desempleados reciclados merecen varios calificativos, sin que por ello se logre ubicarlos con precisión.
Mientras pirata es, según la Real Academia, “Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”, el corsario: “Dícese del que manda una embarcación armada en corso”. Y corso: “Campaña que, en tiempo de guerra, hacen los buques mercantes con patente de su gobierno para perseguir a las embarcaciones enemigas”. Básicamente, cuando dos naciones entraban en guerra, concedían a buques civiles la llamada “patente de Corso”; o lo que es lo mismo, una cédula legal que les permitía atacar y capturar barcos del país contrario.
Resultan sorprendentes ciertos aspectos de la organización de los piratas. Al revés de las socied ades de aquella época, muchos clanes de ellos funcionaban como democracias o falansterios. Elegían a sus dirigentes, y a menudo los votantes preferían a un combatiente arrojado que a un personaje aritocrático. Repartían entre ellos el producto de los abordajes a partes iguales; a veces al capitán le tocaba media más.
Hasta finales del siglo XVIII, parte de los flibusteros serviría de escolta a las escuadras francesas, mientras que otra se fue a piratear en distintas partes del mundo, especialmente en el océano Índico, concluyendo así el período de la filibustería.[5]

El imperio colonial británico fue un criadero de piratas stricto sensu, aún más crueles si cabe que los anteriores. La ferocidad de indios, chinos, filipinos y especialmente malayos, fue proverbial y despiadada. Sólo se pudieron erradicar sus incursiones por el océano Indico y mar de China cuando los países europeos afectados desplazaron a esos mares potentes flotas de combate. Sin embargo, en las zonas del estrecho de Malaca, Indonesia y Borneo, teatro de las aventuras narradas por Emilio Salgari, la piratería sigue vigente hoy en día, que obligan a los barcos mercantes a extremar precauciones y a pagar elevadas primas de seguro.
Ultimamente, por efecto de la globalización, de las deslocalizaciones industriales, estas mismas zonas han adquirido un nivel de circulación y de mercancias nunca alcanzado. El botin ya no consiste en bocoys de ron. La independencia energética lleva a los piratas a interesarse por lo barriles de petróleo. Esta situación hace que 97% de mercancías y 60% de productos del petróleo circulen por el mar. Desde hace unos veinte años, los barcos mercantes fueron atacados más de cuatro mil veces por individuos armados de cuchillos, pistolas, sin desdeñar lanza-cohetes y fusiles de asalto.
La zona más peligrosa del mundo se situa hoy en las costas somalíes. Soy enemigo de las cifras, pero conviene saber que en 2007 se perpretaron allí 31 actos de piratería, y 11 el año anterior. La captura del Sirius, superpetrolero de pabellón liberiano, tan grande como tres portaviones, quedará para siempre en los anales de la piratería. Este aumento de actividad se debe a que los clanes tradicionales abandonaron la pesca para dedicarse a los negocios más rentables de la immigración clandestina y de la piratería. A ellos se unieron milicianos dispuestos a todo, armados con radares y kalachnikovs.
Contra toda realidad histórica y social, los analistas occidentales situan a la piratería en el mismo marco que el terrorismo, sin pensar en la pobreza. Esta anarquía neoliberal oculta problemas sociales regionales, guerras de varias dimensiones parcialmente asimiladas dentro de la lógica terrorista.
Desde más de veinte años el país está sumido en  crisis internas y guerras contra Etiopía. Mogadiscio, la capital, se ha convertido en un inmenso terreno del Far West de caos, de miseria y de milicias. Niños-soldados, pescadores y guardacostas no tienen más futuro que en el bandidismo. El Consejo de seguridad de las Naciones unidas adoptó una resolución que autoriza a los Estados en lucha contra los piratas del golfo a utilizar su espacio aéreo y perseguirlos hasta Somalia.
También Pekín manifestó su intención de incorporarse al dispositivo internacional desplegado en el océano Índico destinado a proteger el tráfico marítimo. Así lo manifestó recientemente He Yafei, vice-ministro chino de Relaciones exteriores.
Cabe preguntarse si los nuevos  piratas podrán afrontar fuerzas tan descomunales, equipadas con GPS, radares, satélites y otros chirimbolos sofísticados. Sin duda. Los piratas despliegan más astucia y movilidad; por cada rescate embolsan millones de dólares y aquieren artilugios que neutralizan a los de las fuerzas enemigas.
Ya en1994 el analista Robert D. Kaplan en “The comming anarchy” (La próxima anarquía) lanzaba una advertencia (¿profecía?) que está en vías de realización: “Pobreza, tribalismo, crimen y hambruna van a invadir el planeta. La actividad de piratas en Somalia constituye una ilustración del caos que nos aguarda”.

Ramón Chao. Le Monde Diplomatique , enero, 2009.


[1] Titulo del libro de Manuel de Benavides, Ediciones do Castro, Sada.

[2] 4 Véase CARVAJAL, P. I., Nota en torno al ius naufragii y la libertad de navegación. Observaciones romanistas, Ius Publicum 15 (Santiago, 2005), pp. 53-63.

[3] Plutarco. Vidas paralelas, tomo V.

[4] PIRATAS Y FILIBUSTEROS. HUBERT DESCHAMPS COLECCION SURCO SALVAT EDITORES …

[5] La filibuste durant la guerra du roi Guillaume (1680-1697)

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