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Luz Casal: el asombro de su voz

4 julio, 2011

no de los ruedos más hermosos de España es el de Inca. Sus graderías de piedra recuerdan los de Ronda y sus arcos superiores los anfiteatros romanos y el mundo de Chirico.

A aquellas horas de principios de agosto el sol mallorquín había declinado, pero el calor permanecía inalterable, irradiando de las paredes. Linda noche en ciernes: tendríamos plenilunio e iba a cantar Luz … Luz Casal.

No la conocía ni la conozco. Y es que en lo que llevo de vida no he presenciado más de cincuenta conciertos de Mano Negra y unos cientos de música clásica, pero vine a Inca porque paisanos gallegos, colegas chilenos y amigas mallorquinas me habían hablado de Luz y me intrigaban dos o tres componentes de su leyenda: incasillable, ecléctica, lee y sabe leer, juega fuerte, rehuye el aplauso gratuíto y busca el entronque con su tierra.

Tengo comentado varias veces con Juan Carlos Onetti la estupida vanidad, me ha salido un pleonasmo, que consiste en creerse, imaginarse” el mejor escritor del mundo” ¿Y si un señor de Rumania, un japonés o un bosnio, ahora que están de moda, tiene un manuscrito genial y no ha dispuesto en su vida ni después de su muerte del mecanismo que lo diera a conocer? Con Luz Casal pudo haber sucedido lo mismo. Era ya una gran cantante para venturosos conocedores y así podía haber seguido. Pero se oyó su voz en Tacones Lejanos de Almodóvar (son tal para cual) y ahora la plaza de Inca está rebosante, se venden camisetas, buñuelos, helados y cacahuetes en una barahunda sudorosa.

No mas salir a la arena empieza el delirio. Yo la escruto desde las últimas gradas, concentrándome en sus gestos, sus movimientos, en sus relaciones con la afición, igual que un entomólogo con un bicho singular. Debía estar ya preparando este disco, pues el programa de ambos, concierto y CD, se asemejan. Pequeños y grandes éxitos: canciones que se destacaron por incontrolables gustos y gastos públicos y otras, tan queridas por ella, que se quedaron relegadas porque el respetable, sabido es, tiene siempre razón. Empezó el recital con canciones de rock, Flor prometida, Hechizado, Tal para cual y No aguanto más. A Luz le hubiera bastado con aguantar y, por supuesto, dejar de creer que alguien es “él”, que Un alto de amor es suficiente, para conocer dias brillantes. Pero como sabía que no sabía nada (es decir, sabía mucho), y que la muerte es dejar de aprender, se detiene para estudiar piano, clases de interpretación e insertarse en una coral. En su mano estaba vencer con valor y voluntad.

Muy fácil, lo decía Teresa, la de Avila: con trabajo todo se alcanza. Poco a poco me van ganando ella y el espectáculo. Decir que Luz tiene voz capaz de llenar de magia oscura y de sensaciones secretas el oído y el cuerpo es corto; tan sobria y generosa, arrebatada y púdica, incita a bajar a la arena con los más exaltados para entra!’ en una ceremonia mística.

Sale Rufino of course, no diría que contra la voluntad de su creadora, pues por lo que estoy comprendiendo ella debe asumir con la misma indiferencia tanto el éxito como el fracaso, pero sabe que el público reclamaría el que fue uno de los primeros éxitos, divertido, de esos que eclipsaron otros temas a los que tiene igual cariño y encadena con ritmos, músicas, ubicados ¿donde? Se ve que la muchacha no anduvo, no anda tras el carro de la moda y si alguna de sus canciones se insertaron en el boom de la música latina como este No me importa nada (otro éxito que ocultan en el bosque) se debe, como se dice, a causas ajenas a su voluntad. Se ubican ya estas canciones Deseo en silencio, Quiéreme aunque te duela, Capítulo acabado en la frontera entre el rock y la balada, para pasar del segundo lado con Piensa en mi, pero a su manera, sin que nadie le imponga la forma ni de pensar ni de cantar. Va y viene de un estilo a otro según ánimo el camaleón canoro, que a estas alturas de principios de los 90, después de sonadas actuaciones desde Chile a Japón con Te dejé marchur, Loca y El tren. se ha convertido en una estrella. Desde aquí abajo se le ven los ojos a contraluz de la luna llena, penetrantes, lejanos, Detrás de tu mirada, podría decírsele, hay un mundo verde, húmedo de tierras inocentes que se aventuran en el mar.

En este disco retrospectivo ha retornado dos canciones (datan del año 82/87) con el acornpañaniento de un conjunto de veintiséis instrumentos únicamente de cuerda que le sirven de respaldo elástico, situación inhabitual en el rock.

No logro concebir, debe ser un complejo, que alguien nacido en un villorio puede llegar a famoso. Este prurito me condujo (“cada um na sue esfeira”, como le reprendía a Onetti su madre cuando el futuro autor de La vida breve jugaba con negritos) me llevó, digo, entre otros lugares a Mondoñedo, a Aracataca y a Maloja, suburbio de La Habana. Comprendí que Carcía Márquez no tuvo mas que describir lo que todavía es un lugarejo para damos el Macondo primitivo y funcional, que el barroquismo de Carpentier se hallaba a dos pasos de su casa, en las mil columnas de la capital y en los medios puntos de Amelia Pelaez; y que la tabulación de Cunqueiro radica en su trato con el Pardornelo, monte que domina y proteje la ciudad. Ahora estoy convencido de que nada se logra su, raíces, y que para alcanzar lo universal hay que partir de lo local.

Un mes después, viajando por Galicia con mi hijo Manu (negra y Yamaha 500, su moto; yo mi tortuosa Vespa 125) vi una indicación para Boirnorto. Allí, me dijeron, nació Luz Casal. Allí la Flor prometida empezo a soñar, de niñita, como sería de mayor. Me metí por caminos, corredoiras y vericuetos, porque encontrar una aldea en Galicia supone aventurarse en un laberinto como la rayuela de Cortázar. Di al fin con una casa labriega, solitaria. Olía a higos ya estiércol. Vacas paciendo al lado, las cuadras dentro de las cuatro paredes, pegadas a la cocina y debajo de los cuartos. De aquel pasado cercano salen Entre mis recuerdos evocación del padre desaparecido (que en paz descanse, sigue diciendo ella todavía hoy), Vengo del norte con gaita y aturuxos, gritos rituales que datan, parece ser, del mundo celta, y esa conmovedora, profunda Negra sombra que ya no la abandonara jamás. Se precisa una gran carga de incosciencia para meterse en el mundo tierno cruel alucinante de Rosalía de Castro yen la música de Juan Montes, tan pegada al tema y pegadiza, pues por una vez ambos términos se aunan. Luz descarga la responsabilidad del logro en Carlos Nuñez, que la acompaña aquí con la ocarina y en Ry Cooder pionero del rock electrónico. Pero no, que incluso en algo tan alejado de GaJicia como es una plaza de toros, y más en la Baleares, se nota que en la sombra que al pie de sus cabezales asombraba a Rosalía, gran desgarrada también, inconformista, asustó a Luz de pequeña, que la que escribía tengo miedo de una cosa/que vive y que no se ve la Rosalía heterodoxa que se preguntaba ¿por qué, aunque haya Dios, vence el infierno? se parece a la figura que le está encarnando a su modo, dando la espalda a conservadores, en el podio. Comparen si no una de las raras fotos de la enferma de Bastavales con alguna de las múltiples facetas de la criatura de Orros.

Me la imaginé en este lugar de Boimorto envuelta en niebla otoñal y el viento que llora, los murmu1105 del río, la Santa compaña (alma de los muertos y de los que van a morir) deambulando por los caminos, los cuentos de trasnos y de brujas recitados al amor de la lumbre, las ofrendas a los dioses tutelares y los ritos de cultos astrales que aquí, cristianizados, se siguen cumpliendo. Y pensé que, como todo lo indecible, el grano de la voz  que tiene Luz Casal, es un don de los dioses ajeno a la experiencia y a la memoria, proviene de vivencias antiguas a través de fuerzas que han persistido ocultas en las margenes del tiempo y frenan la corriente horizontal tirando inexorables, verticales,
hacia el fondo.

Ramón Chao, 1996

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