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Una teja en Meirás

31 julio, 2011

Ignoro qué teja del Pazo de Meirás me tocaría a mí en caso de su restitución a los gallegos.

Yo era muy pequeño, pero aún recuerdo el cabreo de mi padre porque un individuo de A Coruña que se reponía de tuberculosis en nuestro hotel, le reclamaba cuarenta pesetas para el regalo palaciego, lo cual ya era un caudal. Seguro que no me caería nada del reparto, pues mi padre se escaqueó ofreciendo un banquete gratis a Muñoz Grandes cuando se paró a comer en el restaurante Chao. Con este enchufe, que pronto se supo, a mi padre no le descontaron ni un día de salario, pero sí lo hicieron con el barrendero Calexo, quien, aparte de rojo, era un coñón. Iba por las calles limpiando bostas y canturreando: Al pazo de Meirás irás, pero no volverás. Lo hacía por lo bajín y  remedando lo del castillo. Todos se daban por enterados y se escondían por si llegaban los recaudadores.

Cuando años después leí la novela Los pazos de Ulloa, descubrí que doña Emilia lo había escrito en Meirás y ella era republicana: Casada a los 16 años, su matrimonio se rompió de facto a los pocos años —aunque no hubo separación oficial, prácticamente imposible en la época— y la condesa llevó una vida de casada sin que le impidiese entablar relaciones con grandes personajes como Galdós —su gran amor—, Blasco Ibáñez, Lázaro Galdiano y hasta el mismísimo Goncourt en París.

Emilia andará en boca de la ciudad coruñesa —se dice en la biografía de Pardo Bazán por Eva Acosta —, a veces en términos muy descarnados y en más de una ocasión llegarían al marido miradas entre burlonas y conmiserativas, comentarios en voz baja que cuestionaban su honor y hasta su virilidad.

Me enteré, retrospectivamente, por qué extraños vericuetos el pazo había llegado a manos del Caudillo, y los decires de hoy corroboran la veracidad de mis recuerdos: regalado por la ciudad de A Coruña, su compra se financió gracias a un “impuesto revolucionario”. De ahí, que muchos gallegos consideremos el pazo más nuestro que de los Franco.

Creo que ni siquiera se puede visitar; que el edificio encierra las cajas fuertes de la familia del dictador. En ellas se encuentran no pocas obras de arte de las que se apropiaron el generalísimo y la Collares, pero falta la correspondencia que doña Emilia mantuvo con grandes figuras de las letras: “Hace años (Carmen Polo) leyó en una revista que la escritora (Pardo Bazán) tenía su estudio en la torre de Levante (del pazo de Meirás), la más alta, desde cuyas ventanas admiraba el paisaje de las Mariñas” —leemos en el prólogo de La luz en la batalla Allá se dirige ahora con su escolta mientras establece en ojeadas certeras el inventario de cuanto encuentra a su paso. (…) La Señora abre uno por uno los cajones: más papeles. Manuscritos, apuntes, todos atados con cinta azul. Apenas ojeados los títulos los deja otra vez en su sitio. Cartas, muchas cartas, remitidas algunas por gente que la Señora no conoce, otras por nombres como Benito Pérez Galdós, Marcelino Menéndez Pelayo, José Lázaro Galdiano, Francisco Giner de los Ríos, Vicente Blasco Ibáñez, Leopolo Alas… Paquetes de hojas tituladas Diario, Diario de viaje… Sin alterar el rostro comienza a leer; seleccionar una frase aquí, otra allá, con la misma atención calculadora que antes dirigió a los muebles. (…) De pronto restalla como un latigazo la voz seca de la Señora, que se ha levantado, un poco pálida y, poniéndose los guantes, camina ya hacia la puerta:
–“García, quema los papeles que hay en los cajones. Todos”.

Al fin compruebo que la dictadura es hereditaria (o compartida), y lo que sabíamos: la descendencia del Centinela de Occidente nos despojó de buena parte de nuestra historia.

Xornal, Enero 2008

Ver además: un regalo demasiado caro para Galicia

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