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La Bella Otero

15 octubre, 2011

Nacida en Valga (Pontevedra) el 26 de agosto de 1869, Carolina Otero fue una de las más célebres cortesanas y artistas del music-hall de la Belle époque. Había huido de la aldea para escapar de las amenazas que atenazaban en aquel mundo a esta adolescente precoz, hermosa y pobre de solemnidad. Y llegó a alcanzar más de lo que nunca podría haber soñado.

Mujer fatal (la Sirena del Suicidio, le llamaban), deshizo corazones y fortunas a millonarios, monarcas, políticos y escritores, como Joseph Kennedy, los reyes de Inglaterra, Serbia, España, el káiser, el zar de Rusia, Gabriel d’Anunzzio, Aristide Briand, Colette y muchos otros. Toulouse-Lautrec la retrata y el padre de la patria cubana, José Martí, le dedica versos. Sus senos perduran en las cúpulas gemelas del hotel Carlton de Cannes, moldeados a su imagen y semejanza.

Violada por un zapatero remendón a los once años, fue expulsada de Valga y hubo de ganarse la vida con sus encantos. Así debutó en Barcelona, fue a París y triunfó en el Folies-Bergère.

La biografía de Carolina nos revela lo que era la sociedad gallega en la segunda parte del siglo XIX; dominada por la Iglesia y por una pequeña burguesía mediocre y vulgar. Por evitar el escándalo de convivir con la adolescente violada, la autoridad moral recomienda que salga de la escuela, donde hacía más de criada que de alumna, para servir en hogares decentes de aquellos en que los amos tenían derecho de pernada con las criadas. Ella preferirá trabajar en un prostíbulo, y luego huir con un muchacho a Lisboa y después a Barcelona.

Su vida es un testimonio de la dominación machista y de la condición femenina en aquel entonces. Es decir, que si analizamos su imagen, tenemos una idea de lo que pudo haber sido la vida cotidiana de una chica pobre en Galicia. Y es también la otra cara de la sociedad burguesa. Una sociedad de la hipocresía, de fachada y de pulcro pensar.

Desde el otro lado del biombo, Carolina nos muestra la faz oculta de los biempensantes, el oscuro objeto del deseo filmado por Luis Buñuel. La Bella encarna los placeres prohibidos de una sociedad en la que priman el fingimiento, el jesuitismo y la beatería. En realidad, los placeres de estos nuevos ricos son sencillos: divertirse, embriagarse y gozar sexualmente. Pero no lo asumen. Por ello el buen burgués tiene a su amante oculta, suele ponerle un piso o la encierra —a menudo a la sombra de catedrales— en prostíbulos o meublés. Pero Carolina resiste y se supera.

En una de sus biografías se relata el encuentro de la bella, ya anciana, con un sacerdote gallego en un tren que recorre la Costa Azul. Al enterarse de que el cura es paisano, Carolina le suplica que le hable en gallego y se deshace en lágrimas al oír de nuevo el idioma de su infancia. «Para nós —escribiría Luis Seoane años después de la muerte de la bailarina—, a Bella Otero foi sempre un dos símbolos da gracia e a beleza de Galicia».

A los 46 decide retirarse e instalarse en Niza para dedicarse a sus dos pasiones: ganar y perder en la ruleta… Su fortuna llegó a calcularse en más de 16 millones de dólares de los años cuarenta, además de un yate, una isla, un collar de perlas negras de 2 kilos que había pertenecido a Eugenia de Montijo, y algunas pequeñeces más. Y todo lo perdió. Se suicidó a los 96 años porque no quería que le llamaran centenaria. Murió en el olvido y casi en la miseria.

Ramón Chao. Konciencia Social, 10.03.2006

Ver además en este blog: La Bella Otero: el manuscrito encontrado.

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