Skip to content

Lacenaire (1800-1836). Quai de l’Horloge. París I.

1 enero, 2012

Marcel Herrand (Pierre-François Lacenaire) dans les Enfants du Paradis (1945)

En una mañana soleada como la de hoy no viene mal un buen paseo por el centro de la ciudad, el Sena de un lado y los buquinistas del otro. Caminando a modo por los quais se distinguen las diversas existencias de los tenderuchos. Queda tiempo para admirar el paisaje del río meandroso, con sus caravanas de barcazas y bateaux-mouches desbordantes de turistas, que te saludan inútilmente como si te conocieran.

El término «bouquin», os explicamos, procede del flamenco boeckin, «librito». Pronto adquirió una connotación peyorativa, como objeto de poco valor. El Dictionnaire de commerce comenta así la definición de buquinistas, a los que llama «estaleurs», mostradores : « Pobres libreros, que al no disponer de tiendas ni ofrecer nada nuevo muestran libros usados en el Pont Neuf, en algunas calles y en otros lugares de la ciudad. »
Cuando dieron en aparecer en el siglo XVI, los buquinistas fueron perseguidos por vender libros prohibidos, panfletos políticos o anti religiosos. Un edicto del 27 de junio de 1577 los asimilaba a los cacos y encubridores.
Husmeamos entre volúmenes y acuarelas al tiempo que gozamos del paisaje. Como los turistas no suelen ser madrugadores, aprovechamos para bajar por una escalera disimulada detrás de la grupa del caballo de Enrique IV y bajamos a un jardín en medio del Sena. El escritor surrealista Pieyre de Mandiargues calificó este lugar de sexo de París; femenino, se entiende, por su forma que recuerda una vagina y muslos abiertos por donde entra el agua, en una especie de coito con el paisaje.
La semana pasada vinimos aquí una docena de amigos con el hijo de Mercedes Iturbe, una de las mujeres más enteras, anti conformistas y bellas de América latina. Emilio trajo de México sus cenizas para dispersarlas en este rincón tan querido por su madre. Brindamos a su salud eterna con champán y luego fuimos a cenar en su memoria. No incluimos a Mercedes en este repertorio de rebeldes famosos ; su muerte es demasiado reciente y se precisa tiempo para tramitar la canonización laica. Por otra parte, sería difícil encontrarle un abogado del diablo; muchísimo más que a Juan Pablo y dos palitos.
Subamos al caballo y sigamos en el sentido de su trote. Pronto vemos el Palacio de Justicia. Su arquitectura impresiona, porque evoca voces profundas de la Historia. Dentro comprobamos que con tenacidad infatigable, los arquitectos consiguieron borrar las huellas de lo que fue antecámara de la muerte. Ahí proclamaron emperador a Juliano en 360. No consta que Clodoveo[1] haya vivido en ese palacio; en cambio se sabe que Carlomagno residió en él cierto tiempo y que en él nació y se casó Felipe Augusto[2].
En tono mayor diremos que sirvió de prisión desde el siglo XIV. Antes de subir al cadalso estuvieron en capilla Maria Antonieta, los Girondinos y Robespierre : el diez de termidor de 1794, a las cinco de la tarde, salen por la puerta dos carruajes encaminados a la guillotina. En el primero van Robespierre, su hermano Agustín y Saint Just[3]; en el segundo se apretujan los seguidores del Incorruptible[4].
Aquí redactó sus memorias Pierre-François Lacenaire, hijo de una esposa sumisa (esto es casi un pleonasmo) y de un negociante lyonés devoto y mediocre (y este otro). Ellos fueron los padres del poeta que encarna Marcel Herrand en la película de Macel Carné Les Enfants du Paradis.
Lacenaire abandona el seminario a los diecisiete años, después de una experiencia que lo marcará para toda la vida ; luego lo expulsan de tres colegios por indisciplina e insultos a los profesores. Va por mal camino, y empieza a comprender que va a bailar con la sindientes el día en que su padre le muestra la guillotina de Lyon, prediciéndole que en ella terminaría de seguir haciendo las mil y una.
Ya entonces utilizaba cualquier pretexto para colmar su ansia de notoriedad e inclinación mórbida por el crimen. Antes de emprender los estudios duda entre dos futuros : escritor o asesino. Se decanta por las letras, pero como el éxito literario tardase, cambia la pluma por el puñal. En esa profesión no alcanza la gloria, mas sí la fama: nunca ningún bandido interesó tanto a la opinión pública.
Tras algunos años de vida anodina en varias ciudades, se instala en París en 1829 y empieza a despilfarrar su herencia en el juego. En este momento – lo cuenta en sus Memorias -, cierto día en el que calculaba los pros y los contras, le alcanza la llamada del más alla: « ¿Me siento en el pretil y me tiro al agua ? No ; que debe de estar muy fría ¿Y el veneno? Tampoco ; no quiero que me vean sufrir. ¿Entonces el hierro? Sí ; tal sea vez la muerte más suave ». Desde ese momento mi vida se convirtió en un largo suicidio. Sería con hierro, pero en vez de puñal elegí la hoja de la guillotina. Y deseaba que fuese una venganza : La sociedad obtendría mi sangre, pero yo le chuparía la suya.» 
En 1835 este hombre culto y elegante se presenta a su juicio como un defensor de la humanidad y a la vez un insaciable adepto del mal.
Para comprender esta marcha voluntaria al abismo, sus Memorias muestran los resortes de un asesino que persiste y firma. Este libro influye en el Conde de Lautréamont*, como si hubiese cargado su pluma; lo mismo que en René Char, Guy Debord o André Breton, quien escribió: “Desde el punto de vista moral, creo que nunca un asesino tuvo la conciencia más tranquila. La víspera de morir bromeaba con los curas que le importunaban, con los frenólogos y los anatomistas que lo disecaban.”
Eran como las ocho y media de la mañana cuando sale el reo seguido de un confesor y se dirige al cadalso: « Llegó
 a la parca por mal camino y la alcanzo
ópor una escalera ». Sube los peldaños sin apoyo alguno y pasea una mirada por el tendido, que lo recibe con vítores y aplausos tal Manolete en la plaza de Linares cuando más lucía el sol. Ni que fuera a brindar la faena, saluda y se coloca en el podio empuercado con sangre cuajada. Algunos periódicos que tenían los titulares preparados : « ¡Lacenaire murió como un cobarde!», hubieron de cambiarlos : la cuchilla se atrancó dos veces a pocos centímetros del cuello; pasan diecisiete segundos angustiosos ; diecisiete siglos para los espectadores que miran con espanto cómo el delincuente cambia de sitio la cabeza, sin mover el cuerpo, para ayudar al verdugo y mirar de frente a la muerte. Al final termina cayendo la cuchilla, pero con tan poca fuerza, que el tajo no fue ni seco ni limpio. Ironia del destino – o de la parca -, Lacenaire habia escrito poco antes un poema premonitorio:
                                   ! Te saludo, guillotina, expiación sublime
                                   que al hombre arranca del hombre
                                   Y del crimen perfecto!
_______________________________
Para leer:
Pierre-François Lacenaire : Mémoires et autres récits. Edi. José Corti.
Henri-Clément Sanson, Sept générations d’exécuteurs, 1688-1847.

[1]              Rey franco, considerado como el fundador de la monarquí francesa.
[2]              Felipe II Augusto. Rey de Francia. Sucediô a Luis VII en.1180. Tomó parte con Ricardo Corazón de León en la III Cruzada.
[3]              Conocido por su intransigencia, mereció el nombre de « arcangel del terror» así como  « arcangel de la Revolución».
[4]              Robespierre.
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: