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Marqués de Sade (1740-1814). Place des Victoires. París I.

22 enero, 2012

Imposible empezar mejor nuestro periplo cotidiano que desde esta admirable plaza des Victoires, que puede rivalizar con otras plazas parisinas, como la de Vosges o Vendôme.

Fue diseñada en 1685 por el célebre Mansart[1].

A dos pasos se encuentra la muy frecuentada iglesia des Victoires ; de las más famosas también, en parte porque al salir de misa un domingo, el Marqués de Sade se topó con la pordiosera Rose Keller. A los treinta años la chica se hallaba a un paso de la miseria y posiblemente a dos de la prostitución ; en todo caso lo bastante cerca como para aceptar una sesión de libertinaje con un buen postor. Sade le ofrece un empleo de gobernanta en su domicilio. Rose acepta y él se la lleva a Arcueil, le enseña la casa y en una de las habitaciones la encadena en una cama, la zurra bien zurrada, le unta las heridas con un mejunje de Fierabrás y vuelta a latigazos hasta el orgasmo (del marquesito), a la par que la amenaza de muerte si chilla demasiado. Como el innoble es buen católico y coincide con la fiesta de Pascuas, la confiesa y no tiene reparo en absolverla.

Rosa logra evadirse por una ventana sin cumplir la penitencia y encima alerta al pueblo. El consiguiente proceso concluye con siete meses de condena para el torturador. Parece ser que la imitación de Cristo y el sacrilegio de la falsa confesión contaron más en el castigo que la crueldad del tratamiento infligido a la pobre desgraciada. Todo el mundo convino en que la sentencia fue demasiado severa; al menos desproporcionada con lo que les caía en aquella época a los señores por semejantes deslices.

Pero todo se explica: el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing inventará la noción de « sadismo » para designar el placer que algunos sienten con el dolor del prójimo, y asunto concluido.

No bien liberado a los siete meses, el sádico se recluye en el castillo de La Coste, muy puesto para una bacanal con un batallón de rameras a las que un lacayo excita con ritos orgiásticos. Para mayor regodeo montan un cónclave de zurriagazos activos y pasivos, ennoblecidos éstos con la adjetivación del apellido de un conde llamado Masoch. Juzgados por envenenamiento y sodomía, Sade y el sirviente serán condenados a la pena capital y ejecutados…  ¡en efigie!

Sade nació el 2 de junio de 1740 en París, en el seno de una rancia familia aristocrática y perdonad la redundancia. Predispuesto a la vida licenciosa por un canónigo erudito y disoluto (¡triple pleonasmo!), inició una carrera militar con ascensos fulgurantes y frecuentes que en la Guerra de Siete Años lo llevaron de inexperto a oficial. A los cuatro meses de casarse lo encarcelan por primera vez, quince días en la torre del castillo de Vincennes. Sale de ella gracias a su padre, mas lo confinan en el castillo de Échauffour en Normandía.

Se evade y lo vuelven a encerrar por orden del rey, esta vez en la Bastilla y en el manicomio de Charenton. Para matar el tedio se pone a escribir las obras de teatro y novelas licenciosas que lo harán famoso; en ellas ataca a la moral burguesa y las convenciones sociales, alternando escenas pornográficas con disertaciones filosóficas que hacen difícil su prohibición. Sin embargo, aún estando demasiado lúcido, permanecerá en el asilo hasta su muerte, después de treinta años de barrotes.

Hubo que esperar a mediados del siglo XX para que fuese analizada su obra, tantos años zaherida y proscrita; que se empezara a considerar no solamente desde el punto de vista pornográfico, sino como denuncia de la hipocresía de la religión y la sociedad. Los surrealistas adoran al « Divino Marqués» por su empleo de la literatura como medio de liberación moral y sexual. Hoy se le considera como un gran escritor y filósofo; al menos uno de los pocos que van hasta el límite de sus ideas y de sus consecuencias. Su obra figura en la prestigiosa Bibliothèque de la Pléiade.

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Para leer : Marquis de Sade, La philosophie dans le boudoir, précédée d’une étude sur le Marquis et son œuvre, par Helpey. Edité par Vincennes, 1950.

Sade, Marquis de, Nouvelles exemplaires. Club francais du livre – París,1958

R. Barthes, Sade, Fourrier et Loyola, Edité par Seuil – París 1970 .

Simone de Beauvoir, Faut-il brûler Sade ? Gallimard, collection Idées..

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