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A Napoleón no lo dejan en paz.

29 enero, 2012

Desde su muerte en 1821, se han publicado en todo el mundo unos ochenta mil libros sobre Napoleón Bonaparte. Más de uno por día. Ni un solo episodio de su vida tumultuosa, ningún aspecto de su política y de su personalidad han sido descuidados.

Parece que hubiera un misterio irreductible en la aventura insólita de este plebeyo corso que se erigió en amo de Europa. Fuente inagotable de interrogantes y polémicas: ¿Patriota o aventurero megalómano? ¿Europeísta avant la lettre o dictador sanguinario? ¿Fundador del derecho moderno o iniciador del totalitarismo? Entre la leyenda piadosa que mantienen sus partidarios y el retrato sombrío que pintan sus detractores ha venido a insertarse una nueva discusión que ocupa libros y publicaciones: ¿Murió de cáncer o envenenado?

En aquellos momentos, el 5 de Mayo de 1821 en la isla de Santa Elena, a las seis menos cuarto de la tarde por más precisiones, la cosa estaba clara: el derrocado emperador moría al término de una larga enfermedad, complicaciones gástricas agudas y úlcera de origen canceroso. Su propio médico de cabecera redactó este diagnóstico instantes después de su fallecimiento, sin que nadie dudara de que el robusto mocetón que había llegado con 46 años a su isla de destierro, terminaba su vida seis años después bajo apariencias de anciano.

Tiempo después, mas o menos un siglo, y propagado por uno de sus descendientes, se dijo que en realidad había sido envenenado por el conde Charles de Montholon, su compañero de cautiverio. Según él, el conde había vertido diariamente dosis de arsénico, al cabo mortales, en la jarra de vino de Napoleón.

Piensan que para un personaje de la dimensión de Bonaparte es más grandioso pasar a la Historia de este modo que de una vulgar enfermedad. Ahora resulta que no. La muy serie revista ‘’Ciencia y Vida » publica los resultados de minuciosos análisis llevados a cabo con la ayuda del Centro Nacional de Investigaciones Científicas y la Prefectura de París. Dieciséis cabellos de Bonaparte, de diversos periodos de su vida, fueron analizados por todos los costados. Se preguntarán ustedes de donde sacaron tantas muestras de un cuero cabelludo, pero ya saben que en aquel entonces los enamorados regalaban mechas de cabellos a sus amadas, y de estas Napoleón tuvo muchas, de modo que hoy hay tantos restos del emperador por el mundo como trozos de la Cruz de Cristo.

Dice la ciencia que los cabellos analizados contienen cantidades anormales de arsénico en grado tal que si Napoleón hubiese sido envenenado, debería de haber muerto por lo menos tres veces! La hipótesis de los científicos es que Napoleón utilizaba productos de los que abusaban en el siglo XIX para conservar la cabellera. Lo cual no satisface para nada a los defensores de la existencia de un complot. Arguyen que análisis de este tipo no son suficientes. ¿Cómo se puede demostrar que las muestras capilares son suyas? Exigen pruebas de ADN, con restos sacados de su cadáver y de sus descendientes. Y aquí nuevo problema, pues se duda de que al cuerpo que reposa en el túmulo del Hotel de los Inválidos en París sea el del emperador. El Ministerio francés de Defensa se opone a que lo desentierren. Tengo para mí que ya de antemano habían tomado toda clase de precauciones para que a los tres días no se produjese una nueva resurrección y se evadiese de la caja, como lo había hecho de la isla de Elba.

Por la leyenda conocemos los poderes misteriosos que se adquieren después una muerte, y por experiencia propia tras una hemorragia cerebral. Lo de resucitar sería pan comido. Más arduo le resultaría al demiurgo salir de la caja. Los restos de Bonaparte si hay resto alguno y si son suyos, insisto, fueron trasladados de Santa Elena a París tras innumerables de aventuras macabras semejantes a las que vivió Evita Perón post mortem, y por si acaso se encuentra encerrado en seis cajas : una de latón en el momento de su muerte ; otra de caoba para los funerales y la tercera de plomo con la que fue enterrado en la isla. En la cuarta, también de plomo, metieron las tres anteriores para el viaje de Santa Elena a Francia, y aquí los metieron en una quinta, de ébano, y luego en una sexta de roble. Todo ello encerrado en una inmensa mole de piedra finlandesa que le sirve de sarcófago. En el fondo de estos receptáculos reposa, como una matriochka rusa, el emperador de los franceses, si es él o si algo hay en el interior. Y por lo visto está completo, mal que le pese a sus partidarios, que aseguran disponer de su cabeza « genuina », dicen, con cabellos y todo, analizables y delatores.

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