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Manu Chao: La utopía de un trotamundos.

2 febrero, 2012
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Ángel Páez
La República. Perú.

Tras el lanzamiento internacional de su último CD “Próxima estación: Esperanza”, Manu Chao está cosechando tantas críticas como elogios. Angel Paéz ubicó en París a Ramón Chao, su padre, pero sobre todo su cómplice en mil y un aventuras alrededor del mundo. La nota que sigue da cuenta del encuentro con el progenitor de este extraordinario músico y entusiasta partidario del movimiento antiglobalización. 

París. La sección latinoamericana en español de Radio Francia Internacional desborda de locura al mediodía. Es el momento en que los redactores y locutores deben tener todo listo para emitir el noticiero clave de la jornada. Españoles, colombianos, peruanos y franceses se confunden en el ajetreo de la selección de las notas de último momento, la confirmación de las entrevistas concertadas, los comentarios del día, y sin embargo entre el griterío es fácil distinguir el vozarrón inconfundible de Ramón Chao, un escritor español bonachón y de amplia sonrisa que parece haber regresado de alguna guerra, pero que reside en la Ciudad Luz desde hace muchos años. En menos de cinco minutos relató su vida y milagros. Cada historia era una revelación, como que era miembro del jurado del prestigioso concurso internacional de cuentos Juan Rulfo, junto con algunas luminarias de la literatura en nuestro idioma. Al final soltó aquello que quizás lo enorgullece más:

– Para resumir -dijo-, soy el padre de Manu Chao.

E infló el pecho:

– Nos acaban de confirmar que en dos semanas su nuevo disco ha vendido un millón de copias. Todo un récord para Manu.

Siguió con el pecho henchido.

– Estamos terminando un libro sobre su vida, sus viajes, sus canciones. Va a ser la historia de un fenómeno.

Manu Chao por supuesto no estaba en París. Estaba allí y en todas partes. Lejos, pero también muy cerca. A la vuelta de la esquina, en un bar bebiendo cachaza en Bahía, dicen que lo han visto. Aunque hay quienes juran haber compartido con él unos tamales en San Salvador, y los que afirman haber cantado con él en Barcelona. Por supuesto, todos aseguran que son amigos íntimos del músico nómade.

– Sus discos son libros de viajes, pero también relatan la historia de la tristeza latinoamericana, que es como también llaman a la pobreza, dice Ramón Chao, mientras que sus compañeros de redacción lo apuran para que haga su parte.

– Y tenemos listo un material sobre el subcomandante Marcos.

Por supuesto, Marcos dice que Manu Chao también es su amigo.

En un continente de desaparecidos, Manu es un aparecido. Todos dicen verlo en todas partes.

– Estoy en comunicación permanente con él. A veces me llama para preguntarme qué debe hacer -dice Ramón Chao, ocupando su puesto de combate en Radio Francia Internacionalñ: Los pobres están en guerra constante contra la muerte y eso hay que reportarlo. Por eso tiene el aspecto de venir siempre de un conflicto. Una guerra que consiste también en garantizar que siga viva la llama viva de la esperanza.

– Ese es el sentido exacto del nuevo disco-, apostilla Ramón Chao en tanto clava la mirada en la pantalla de su computadora.

Próxima estación: Esperanza (2001) ha dejado perplejos a quienes aguardaban que tras el bombazo de Clandestino (1998), Manu Chao haría estallar una “molotov” para incendiar el escenario rockero de una vez por todas. Aspiraban a que luego de la agitación musical que conmocionó hace tres años, iniciaría la revolución con un álbum que ya no contara la historia de sus viajes proselitistas sino que encendiera la mecha de la sublevación contra el Viejo Orden. El nuevo disco empero parece la cosecha de lo que se olvidó en el anterior. El izquierdista trashumante se tomó un descanso y quiso ser melancólico, entonces compuso Próxima estación: Esperanza, que parece ser la prolongación de Clandestino.

Manu Chao tuvo que enfrentar a la prensa. Dio muchos rodeos pero al final cedió.

Le dijo a la revista “Rock de Lux”: “Creo que entre ambos discos hay más parecidos que diferencias. El primero es un disco más varón, y el segundo es más mujer. El segundo es la hermanita del primero”.

Y a la edición española de “Rolling Stone”, apuntó: “Cada día veo más claro que “Próxima estación: Esperanza” es la hermanita de “Clandestino”. No tengo ni puta idea de por qué, pero lo veo más femenino, los veo macho y hembra, no sé por qué. Quería un disco más alegre, aunque alguna gente me dice que es más triste, yo lo veo más ligerito”.

Y terminó confesando a “Efe Eme”: “Si pienso que mi nuevo disco es la continuidad del anterior, estoy jodido. No he tenido en cuenta ni un minuto cómo sería recibido “Próxima estación: Esperanza”. Me importa un pepino. Lo único que sé es que mi parte ya está. Ahora no me pertenece. Si le gusta a la gente, pues feliz, y si lo critican, lo acepto. Yo no me planteo esto como una carrera. Me da igual. Pero la crítica del continuismo la respeto totalmente, porque es verdad, y la asumo. Yo no sabía si el disco lo sería o no, pero ahora noto que lo es. Yo lo pasé bien haciéndolo así, y es mi única excusa”.

Manu Chao era el adolescente de 14 años que tocaba la guitarra para una banda llamada Joint de Culasse y luego formó una propia, Hot Pants, junto con su hermano, su primo Santiago y amigos del barrio. Todo esto en el París donde creció. Y fue en la Ciudad Luz donde nació Mano Negra, la banda de Manu que en 1988 estrenó Patchanka, que no definió el sonido característico de la propuesta pero fue un magnífico adelanto, ya que precedió el impacto profundo al año siguiente de Putaís Fever, una placa que los sacó de Francia para capturar Estados Unidos. El ritmo latino fiestero y pachanguero combinado con un discurso afilado e insurgente, fichó a Mano Negra como una banda desatada y peligrosa cuya ideología captaba rápidamente adeptos en Japón o India, en Brasil o México, en Israel o China. En 1992 hicieron lo que en la jerga marxista se llama “trabajo de masas”, se metieron en un barco e iniciaron una gira por América Latina, pero se detuvieron más tiempo en Colombia. Recorrieron cada pueblo adonde los condujo el tren que tomaron, entre la guerrilla, la represión, las mafias de la droga, los dominios de los paramilitares. Una historia que el padre de Manu describió en Un tren de fuego y de hielo, y que el grupo convirtió en música en Casa Babylon (1994), uno de los mejores álbumes de Mano Negra.

Era la cúspide pero también la bajada. Manu Chao decidió hacer un disco propio, pero cuando estuvo por grabarlo pensó bien y le dijo a su gente que sería uno nuevo a nombre de Mano Negra. Unos dijeron que sí, otros que no, y se disolvieron. Así apareció en 1998 Clandestino. Potente y rudo, enérgico y trotamundo, callejero y festivo, tres millones de discos después manu Chao fue convertido en mito no por quienes compraban su álbum, sino por quienes se reconocían en sus canciones.

Nómade implacable, el músico prepara la mochila y la guitarra para lanzarse a India y Tanzania. Aunque primero debe cumplir el contrato con la multinacional “Virgin”. Curioso predicador anti-globalización, Manu Chau está enganchado por un compromiso comercial con la millonaria corporación disquera. Según él, sin embargo, tiene solucionado el problema: “Un contrato no es más que un trozo de papel”, declaró a “Rock de Lux”: “Si no me apetece cumplirlo, saco cuatro cintas que tengo por ahí, las dejo realmente podridas para que todo el mundo se dé cuenta de que es una mierda y nadie lo compre y ya está, se acabó el contrato. Nadie me obliga a hacer un buen disco. Puedo hacer un LP de ocho canciones donde sólo me tire pedos. Y ya está. Me da igual”.

El nuevo libro va a ser sobre los zapatistas y el subcomandante “Marcos”, dice Ramón Chao, aludiendo al encuentro que tuvo Manu con los guerrilleros. Será el nuevo regalo del padre al hijo, como aquella vez que siendo niño lo sorprendió con un álbum de Bob Marley, el dios jamaiquino de Manu: Vamos a contar lo que sucedió. Fue espectacular. Fue un encuentro de guerrilleros. El rockero le contó a la revista “Rolling Stone” que fueron a La Realidad, el refugio de los zapatistas, a cantar con los indígenas y no encontró un alma. Pero había un insurgente que los condujo hasta otro punto donde estaban los guerrilleros y uno de pipa preguntó quién era Manu Chao. “Primero le voy a decir a mi gente que deje los fusiles”, le dijo “Marcos” a Manu: “Aquí hay tres guitarras y venimos para un reto. Si ustedes son músicos, nosotros también. Así que vamos a hacer una canción, y ustedes otra, y así hasta ver quién aguanta más”. ¿Quién ganó? Así lo relató Manu Chao: “Yo me quedé encantado, no esperaba eso. Estuvimos así hora y media, todo muy formal. Cuando nosotros tocábamos, ellos bailaban, y cuando cantaban ellos, ayudábamos”. Así hasta que llegó la hora y Marcos dijo: “Vale: quedamos tablas”.

Es un compositor compulsivo, por eso extraña demasiado que “Próxima estación: Esperanza” no ofrezca algún tema deslumbrante. Será porque todo el disco parece en realidad una sola canción difundida por una radioemisora de un pueblo perdido en algún rincón olvidado de América Latina. Algunos de esos lugares donde suele dedicarse a escribir canciones, en español, francés, inglés, portugués. No tiene límites. Tarda en publicar porque es un perfeccionista obseso, de lo contrario al año podría estrenar tres discos. “Me cuesta mucho acabar los álbumes”, le dijo a la revista “Rock de Lux”: “Lo de escribir y sacar canciones para mí es un proceso bastante fácil. Pero también creo que lo importante es no forzar. Si hay inspiración, hay; y si no, no pasa nada. Para mí eso de crear con el sufrimiento se acabó”.

Ramón Chao pega en las paredes de la redacción de Radio Francia Internacional algunos afiches de promoción de Próxima estación: Esperanza, como si se tratara de un sindicalista promoviendo una huelga contra la patronal. Con la mochila al hombro, parece estar en todas partes. Su famoso hijo lo ha inmortalizado en su nuevo disco donde aparece como locutor de radio anunciando canciones, leyendo noticias.

– ¿Escuchaste? 200 mil discos en una semana es un récord-, repite el escritor. Parece un muchacho tronado como su querido Manu.

De él ha dicho su propio hijo: “Mi padre es uno más de la pandilla. Considero que es una suerte inmensa tenerlo al lado en aventuras así, estar con él como uno más de la banda, aceptado por todos, escribiendo o en la barra del bar. Pero mi padre es igual de irresponsable que yo. Para avisos serios o cosas importantes pregunto a mi madre, porque mi padre está igual de loco que yo. Se mete en todas”.

– Sí, yo soy de la pandilla de Manu. ¿Lo parezco?, dice Ramón Chao despidiéndose, persiguiendo a su sombra, sembrando afiches de su hijo, buscando como él la próxima estación. La esperanza.

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