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El primer do de pecho.

3 febrero, 2012

Gilber Duprez (1806 - 1896) fotografiado por Nadar

El tenor francés Gilbert Duprez emitió el primer do de pecho de la historia el 17 de diciembre de 1831, cantando la ópera de Rossini Guillermo Tell.

Aquel sonido viril y estridente, que  más tarde el referido Rossini diría que se asemejaba al berrido de un capón cuando lo degüellan, cayó como un trueno en el mundo aflautado y barroco de los castrati, anunciando al tiempo la desaparición de éstos.

Era la culminación de una campaña emprendida por los enciclopedistas, masones y filósofos con Voltaire al frente, opuestos a que se seccionara los más preciosos atributos de los adolescentes para que siguieran conservando sus voces blancas.

La “bárbara institución” de los castrati, como dijera Jean-Jacques Rousseau, había nacido en el siglo XVI en la Capilla pontificia de Roma, pues los Santos varones negaban la entrada de las mujeres en ella. Pero por otra parte necesitaban voces de soprano. Así descubrieron que capando a los niños, estos al crecer conservaban una voz infantil “fuente de placeres violentos”, al público aristocrático de la época, se dijo entonces.

Célebres fueron los castrados Farinelli y Calfaretti, protegidos por el insólito príncipe Sansevero, inventor de la prensa en color, del impermeable y de la lámpara perpetua, cuyo funcionamiento ignoramos.

Tras la derrota de la Revolución francesa de 1789, llega al poder la burguesía, más numerosa, que entra en masa en las salas de concierto. Estas se amplían, y las voces finas de los castrados ya no logran llenarlas, como tampoco el clavecín ni la música de cámara, surgiendo por ello tenores, piano y grandes conjuntos orquestales. La verdad es que los castrados habían degenerado. Su gorjeo fino, ligero, barroco, había derivado hacia el cultivo de la respiración, y era a ver quién resistía más, quien guardaba más tiempo el aliento, sin que las hazañas pulmonares tuvieran nada que ver con el bel canto.

A finales del XVIII se produce una reacción contra estos abusos musicales, muere en 1861 el último castrado, y empieza otra vez a interesar el valor intrínseco de la voz, que habría de tener una potencia capaz de llegar hasta los apartados gallineros de las nuevas salas. Ahí apareció el do de pecho.

Suele decirse que es el sonido más alto al que puede llegar un tenor, y no: los tenores pueden alcanzar el re, como el que figura en La Dama Blanca de Boildieu. El do de pecho es una de las últimas notas de la tesitura del tenor, y cualquier cantante que se precie la alcanza hoy con relativa facilidad.

Antes del histórico berrido de Duprez, los cantantes llegaban hasta el sol, únicamente con la resonancia baja. Lo que Duprez inició en la memorable sesión fue la técnica mixta. Es decir, cambiar de registro al llegar a las notas agudas. Algo así, si me lo permiten los melómanos puristas, como si un auto que trepa una cuesta renqueando en tercera, mete la segunda para culminar la ascensión con el motor alegre y descansado.

Autógrafo de Duprez en la paritura de la ópera de Rossini Guillermo Tell (Houghton Library. Harvard University)

De hecho, la radiología moderna demuestra que el mecanismo del apoyo mixto consiste en el desplazamiento del órgano vocal, un poco a la manera – nuevas disculpas- del pistón de una armónica. Con esta nueva técnica mixta – de pecho y de cabeza -, la voz adquiere una tesitura más amplia.

Cuando, después de su alarido volvió Duprez a Francia, después de aprender esta técnica en Italia, provocó verdaderos tumultos en los teatros, así como la muerte de su eterno rival, Adolphe Nourrit, a quien la resonante arma de su adversario hizo que se arrojara por un ventanal napolitano. Pero los dioses del canto no dejaron impune la arrogancia de Duprez, y lo mismo que Prometeo fue castigado por haber entregado el fuego divino a los mortales, así el tenor francés se quedó pronto sin voz para el resto de sus días.

Ramón Chao. Le Monde diplomatique. Abril 2012.

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