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La Torre Eiffel para turistas.

3 febrero, 2012

Atravesando el Campo de Marte nos dirigimos hacia la torre Eiffel, uno de los lugares a los que la clásica visita turística es obligatoria.

Sobre todo en estos momentos  que están modernizando su primer piso, haciéndolo más atractivo, con un restaurante de primera y champán a discreción. Sucede que los turistas no se detienen en él, y van directamente al segundo, desde donde hay mejor vista de París. Irían hasta el pico, mas allí se detiene la visita.

«Quinca­llería soberbia,  farol verdaderamente trágico y fi­nal de naufragio y de desesperación», como le lla­mó Guy de Maupassant en el momento de su cons­trucción, cuando desataba las pasiones. París se dividió en dos bandos, como haría más tarde con el «affaire Dreyfuss»; los que la encontraban ho­rrorosa y los que veían en ella el símbolo del pro­greso, del futuro y del arte nuevo. Hay que decir que más numerosos eran los primeros.

Los habitantes de este barrio protestaron ante el Ayuntamiento por «atentado contra la estética»; León Bloy la denominó «Babel de hierro», Verlaine «no había visto nunca cosa más horrible, más horrenda, más innoble». Gounod, Prudhome, Leconte de Lisie, Garnier, etc., firmaron un mani­fiesto:  «Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, admiradores apasionados de la belle­za de París, hasta ahora intacta, protestamos vi­gorosamente, con indignación, en nombre del gus­to francés, del arte y de la historia de Francia amenazados, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital de la inútil y monstruosa torre Eiffel. Basta con imaginar una torre vertiginosa­mente ridicula, dominando a París como una gi­gantesca chimenea de fábrica, aplastando con su bárbara masa a Nuestra Señora, la Sainte Chapelle, la Tour Saint Jacques, el Louvre, los Inváli­dos, el Arco de Triunfo.  Todos nuestros monu­mentos serán humillados, todas nuestras arquitec­turas serán empequeñecidas por ese sueño ho­rrendo.»

El Ministro de Comercio, a quien co­rrespondía pagar la construcción de la Torre, vio inmediatamente el lado favorable de la protesta: «Una prosa tan bella y tan noble, firmada por personalidades conocidas en el mundo entero, no dejará de atraer a la muchedumbre.»

Y así fue. Al terminarse, la torre tenía 300 metros y durante cuarenta años mantuvo el re­cord del edificio más alto hasta que en 1929 le ganó el Chrysler Building de Nueva York, con sus 319 metros. Más tarde, en 1931, el Empire State, con 380 metros los batiría a ambos. Sin em­bargo sigue siendo, con la estatua de la Libertad, el edificio más conocido del mundo. En condicio­nes atmosféricas favorables se puede ver a 85 ki­lómetros a la redonda y cada año acoge a unos dos millones de visitantes, seguida de lejos por el arco de Triunfo.

Es el símbolo de París, su tótem y campanario, como decía el escritor Louis Chéronnet.

Tuvo también sus defensores desde el principio, todos en los medios intelectuales avanzados. Gui­llermo Apollinaire la admiraba: «Pastora, oh To­rre Eiffel, el rebaño de puentes bala esta maña­na…»; Mac Orlan pensaba «que había sido recibi­da en los círculos líricos»; León Paul Fargue la ad­miraba «porque era para él una escalera para llegar al infinito»-, Jean Giraudoux dice en su «plegaria»: «He aquí realizada con hierro la cuerda que lanza al cielo el faquir y por la que invita a subir a sus amigos.» Panteón, a cuatro kilómetros.

Si la Torre sobrevive se debe a que en 1912 demostró su utilidad, transmitiendo al mundo entero la hora en morse. Y durante varios años permitió las comunicaciones radiotelegráficas con América. En 1921 emitió las primeras emisiones de radio y en 1937 recibió la emisora de televisión, creciendo 197 centímetros. Desde 1952 un faro de dos haces guía a los avio­nes (un rayo cada cinco segundos) en un círculo de 180 kilómetros.

Inspiró a los pintores: Seurat, Dufy, Utrillo, Marquet, Delaunay; a los escritores (Cocteau), y a los cineastas (Rene Clair). Fue teatro de extrava­gancias: un elefante subió al último piso y un ci­clista bajó desde la cima por las escaleras metálicas. Fue durante años el lu­gar ideal para los suicidios, y aunque se hayan to­mado toda clase de precauciones, con barreras y alambradas, cinco personas logran arrojarse al va­cío cada año.

One Comment leave one →
  1. 3 febrero, 2012 15:19

    Saludos Ramón,

    “Quincallería soberbia…” jejeje.
    Como decía Kandinsky los genios suelen estar siempre en lo alto del triángulo agudo del Arte, pero siempre en soledad.
    Weber (el autor de ‘El cazador furtivo’) dijo que la ‘Séptima sinfonía de Beethoven era algo extravagante y que “este genio ha llegado al ‘non plus ultra’, Beethoven está maduro para el manicomio”. En la misma dirección, el Abate Stadler decía “¿es que no se le ocurre nada a este hombre sin talento?”.
    Bueno, ya se sabe que la miel no se hizo para la boca del asno.

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