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¿Don Quijote neoliberal?

13 febrero, 2012

No hace mucho asistí a un coloquio sobre el IV centenario de la publicación del Quijote en el Instituto Cervantes de París. Con interés escuché los análisis del profesor Redondo, Jean Canavaggio, y otros notables cervantistas.

En el debate me permití preguntar cuál era, a juicio de señores tan sesudos, la versión más aconsejable del libro: “¿La de Clemencín o la de Vicente Gaos, para mí las mejores?” Tras corta meditación, uno de los exegetas concluyó que la más valiosa en cuanto a trabajo filológico y análisis es la del IV centenario[1]. La compré en un quiosco de Madrid por curiosidad y nueve euros: sin duda el maestro me indicó bien en cuanto a precio, mas lo cierto es que tras leer el prefacio me asaltaron numerosas dudas.

Bien sabemos que toda obra literaria es poliédrica y polifónica; en el prólogo de esta edición, mi amigo Mario Vargas Llosa se centra en un sentido unívoco, empeñado en demostrar que la novela de Cervantes prefigura el neoliberalismo iniciado por Ronald Reagan, Margareth Thatcher, y exagerado por los epígonos George W. Bush, Tony Blair y Aznar. “¿Qué idea de la libertad se hace don Quijote?”, pregunta Vargas Llosa. Y él mismo contesta:”La misma que, a partir del siglo XVIII se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad. Es decir, lo que varios siglos más tarde un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder”. 

El Quijote había sido abordado bajo todos los prismas y aspectos; como el mismo Cervantes dijo, «los niños la manosean, los mozos la leen, los hom­bres la entienden y los viejos la celebran». De modo que ésta del prefacista y amigo no puede ser la sola entre infinidad de interpretaciones. Germán Arciniegas dice todo lo contrario: Don Quijote es el loco fabuloso que se mueve empujado por los más puros ideales. Don Quijote de la Mancha entra en la corriente de esas rebeldías profundas del siglo. Es la culminación de una lucha secular en que los hombres se mueven entre la libertad y el miedo. Cervantes encuentra la fórmula ideal, haciendo de su personaje un loco. Había que hacerse el loco para decirlo todo. El mecanismo elemental de la novela lo hemos conocido a través de los siglos. Hay que hacerse el loco hoy como ayer.

Uno de los primeros lances de la novela ocurre entre Andresillo y Juan Haldudo ( l, IV).

Tras haber sido armado caballero, don Quijote vuelve a sus lares derramando felicidad por los cuatro horizontes; de pronto oye a un muchacho que solloza compungido.  Un rico labrador lo estaba azotando porque le perdía las ovejas del ganado: No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios que no lo haré otra vez.

Gracias doy al cielo por la merced que me hace (iba mascullando el caballero), pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso, o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

-Señor caballero [replica el amo]. Este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi alma que miente.

-¿Miente delante de mí, ruin villano? –dijo don Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego. 

Arremete el armado manchego contra el amo, obligándole a pagar al mozo, so pena de cruel escarmiento:

 -El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dine­ros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

 -¿Irme yo con él -dijo el muchacho-? ¡Mas mal año! No, señor, ni por pienso; porque en viéndose solo me desuelle como a un San Bartolomé?

 -No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

 Tomó don Quijote la defensa del débil, y partió muy satisfecho de haber enderezado aquel entuerto, con el pensamiento puesto en Dulcinea, lo que aprovecha el amo:

 -Venid acá, hijo mío (concluye Haldudo); que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado […] y por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda, por acrecen­tar la paga.

 Y asiéndole del brazo le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto. (I. IV).

En la misma línea burlesca, están los casos del arriero atacado y malherido, o del grupo de mercaderes. Con Don Quijote entramos en el sentido de la libertad que defiende la Revolución francesa, articulada con la igualdad y la fraternidad. Defensor de niños, mujeres, pobres, galeotes y moriscos, así expone el Ingenioso Hidalgo este valor: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encumbre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (II, LVIII).

Giovanni Papini concuerda con Américo Castro: “Cervantes se complace en oponer la justicia espontánea, sencilla, equitativa, en suma, místicamente natural, a la legal e instituida”. La justicia ha de ser colectiva, con un poder superior y fuerte encargado de imponerla: lo contrario, la doctrina neoliberal, es como permitirle al zorro entrar en el gallinero.

Por otra parte, siglos antes que Marx, Cervantes comprendió el concepto de plusvalía. Enredándolo de otra forma: que la explotación, la segregación y la violencia constituyen los síntomas sociales de la libertad controlada por los poderosos.

No menos importantes son las primeras reivindicaciones salariales que plantea Sancho Panza en el capítulo VII (II parte).  En el momento en que entra a servir a don Quijote, Sancho se ocupaba de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas ( II, LIII ). El salario que recibía por este trabajo era minino, y apenas ayudaba a cubrir las necesidades más elementales. Sus ingresos se completaban con las ganancias que conseguía el rucio: “…sustentador de la mitad de mi persona, porque con veintiséis maravedíes que ganaba cada día mediaba yo mi despensa”“. ( I, XXIII ).

El presupuesto cotidiano de los Panza, si sumamos el jornal de Sancho y el aporte del pollino, es de un real y medio (51 maravedíes). Con similar cantidad habían de sustentarse, y hacer frente a otros gastos, los cuatro miembros del hogar sanchopancesco. En 1600 se podía adquirir muy poca cosa con esos 51 maravedíes: una libra de queso (manjar habitual de rústicos y gañanes) al precio de cuarenta maravedíes; una libra de manteca por cincuenta maravedíes; o si era tiempo de Cuaresma, unas cuantas sardinas, a sesenta maravedíes[2].

Al comenzar sus aventuras, Sancho desea saber el monto de su estipendio. Exige un acuerdo con todas las de la ley, tanto para conservar su buena reputación en el pueblo como para sufragar los gastos de su familia[3]. Consigue un contrato tácito y mixto (II,28) : salario y comida; por encima, su señor le promete grandes favores en los que él no cree demasiado. Más tarde, cuando ejerció la gobernación de Barataria, Sancho impuso medidas que perduran hoy, y esperemos que para siempre, en las leyes de la República: control de los precios, de salarios y de las apelaciones de origen de los vinos, lucha contra la pobreza, refuerzo del aparato de justicia y supresión de intermediarios (II, 51)

De todas las arremetidas de don Quijote, la que me parece más contundente para explayar y demostrar a Vargas Llosa el carácter altermundialista de la novela, es la aventura de los molinos, en el capítulo VIII de la primera parte. Don Quijote juzga “que sería un gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” y arremete contra ellos.  De modo que Cervantes no sólo apeló a un instrumento conocido, el molino, sino a una situación y un escenario reales[4]. Tanto la ubicación como el número de molinos son correctos. Una copla de seguidilla señalaba: Al Campo de Criptana van mis suspiros, tierra de chicas guapas y de molinos, y en cuanto al número de ellos, el catastro de 1752 confirma la existencia de treinta y tres[5]. Don Quijote embiste contra estos artefactos, convencido de que son gigantes. Anota Nicolás García Tapia que la causa de la confusión reside en que el molino de viento era algo nuevo y desconocido en la España de finales del siglo XVI, retrasada tecnológicamente, y en la que todavía se molía con trapiches de animales o primitivos ingenios hidráulicos[6]. En la casi totalidad del territorio español se desconocía el molino eólico, ya introducido hacía tiempo en las avanzadas naciones europeas del norte.[7]

Para mí, Cervantes no estaba confundido, sabía muy bien lo que hacía, y como en gran parte de su obra, las escenas tienen una dimensión simbólica. El rumor público atribuía la propiedad de los molinos a los banqueros Fugger (los Fúgaros en España ), del Santo Imperio germánico, procedentes de Asburgo , máximos representantes del capitalismo del siglo XVI. Estos banqueros habían financiado la campaña militar con la que España se enfrentó a los turcos en las costas de Grecia, y entre otras más, la famosa batalla en la que Cervantes pasó a llamarse Manco de Lepanto. Como sabemos, Cervantes ejercía de recaudador de impuestos del grano, y estuvo encarcelado por descuidos contables.

Son ricas las noticias que describen las visitas del terri­torio de los maestrazgos en los años cincuenta. De ellas se desprende lo agotador del negocio de recaudar las rentas que había que pagar, cómo se almace­naba el cereal, perdiéndose mucho, y lo descuidados que eran los encargados de este negocio. Se prestaba trigo a la gente de las correspondientes localidades que luego no podían devolver en el plazo fijado, o nunca, de forma que se litigaba al respecto[8]. Por eso, Fugger calculaba  según los altibajos de las cosechas y trataba de que se realizara la venta en el pe­ríodo en que los precios le eran más favorables[9].

A principios del siglo XVI, los Fúgaros formaban una potente compañía en el mundo del grano, la minería, las especias, las propiedades inmobiliarias, las gemas y el comercio en general. En España, sus negocios se extendían a los cereales, y por ende a los molinos. La oposición a esta multinacional era masiva entre el pueblo. A menudo se incautaban de los bienes y las casas para venderlas en caso de impagos. Tanto abusaron que el saber popular lo interpretaba de esta forma: Molinero y ladrón, dos cosas suenan y una son. Cien sastres, cien molineros y cien tejedores, hacen justo trescientos ladrones[10].

Los lugareños se unían contra la gente de Fugger, incluso de forma violenta.  [11]
Manifiesta Hermann Kellenbenz [12] que el producto de los maestrazgos[13] se ingresaba en especies, se almacenaba en depósitos y lo vendían los apoderados de los citados banqueros. Su única obligación consistía en ceder a los vecinos la simien­te y el cereal que necesitaran. Su precio, los beneficiarios, y los plazos, los fijaban el gobernador de la provincia y un representante de Fugger. No eran raros los procesos. Uno de ellos, de los años veinte, que se celebró en Campo de Montiel, nos ofrece una visión de la manera en la que el representante del banquero, Juan Domingo, calculaba el coste del cereal. Si la cosecha había sida buena, se permitía a los arren­dadores del maestrazgo venderlo al exterior. En caso contrario, compraban a bajo precio la totalidad del producto.

La familia Fugger, dedicada inicialmente al negocio textil, se habían convertido ya en 1470 en comerciantes internacionales. Jacobo Fugger II “el Rico”, tercer hijo de Jacobo el Viejo y hermano de Ulrich, fue el miembro más importante de los Fúcaros, y bajo su dirección la familia alcanza su apogeo.

Hacia 1514, el papa León X le encarga el negocio de indulgencias para sufragar la construcción de la Basílica de San Pedro.

Los Fugger mantenían delegados en toda Europa. Primero conservaban el secreto de sus informes; pero luego lo compartieron con los clientes, aumentando así su influencia, que llegó a ser enorme, especialmente en la segunda mitad del siglo XVI. La Casa Fugger archivaba celosamente sus Avisos o Cartas y esto ha permitido descubrir una suma de noticias de sus agentes. Revelan, por ejemplo, el interés de los Fugger por España, debido en particular al oro de América.

Me pregunto si el Valeroso caballero no estaría pensando en los Fúgares. ¿Acaso el subcomandante Marcos difiere de Alonso Quijano cuando denuncia la construcción de 2.100 molinos de viento en Oaxaca que cubrirán 110 mil hectáreas? Igual que hace siglos, las corporaciones multinacionales –de España, Francia y Estados Unidos– han alienado agentes de bolsa para comprar y revender el poder generado por el Parque Eólico. Carlos Manzo sugirió que “una manera en la que los compañeros de esos países podrían ayudar es hacer ruido en esos países y ciudades donde esas multinacionales se ubican; informar al público de sus planes para destruir nuestra tierra y cultura aquí”. Esas corporaciones son los nuevos Fúcaros : Endesa, Gamesa, Iberdrola, Preneal (de España); Energía del Istmo (asociada con Electricité de France), Fuerza Eólica (asociada con General Electric), Cader-EHN y Eoliatec. Ya decía Unamuno que cada época es acosada por “desaforados gigantes”. Ahora los gigantes « no aparecen ya como molinos, decía él, sino como locomotoras, dínamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran para el mismo daño”.

Charles Aubrun nos ha ofrecido un estudio del Quijote[14]  cuya lectura recomendamos a los que se aventuren a emitir consideraciones políticas sobre Cervantes y su obra. Gracias sean dadas al prologuista de la edición que comentamos por desbrozar este camino, esperando, de paso, que tenga en cuenta uno de los múltiples refranes de la obra: “quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda”.

 


[1] Alfaguara

 [2] Francis Bru­mont Campo y campesinos de Castilla la Vieja en tiempos de Felipe II, Madrid, Editorial Siglo XXI, 1984, pags. 220-221).

[3] Antes de esta segunda salida consulta con su esposa: “que el consejo de la mujer es poco y el que no lo toma es loco” “Teresa dice que ate bien mi dedo con vuestra merced.”(II, 7)

[4] Reyes-Mesa JM (2001) Evolución y tipos de molinos harineros: del molino a la fábrica. Edición del autor. Granada, España. 153 pp.

[5] Jiménez-Ballesta J (2001) Molinos de viento en Castilla-La Mancha. Llanura. Piedrabuena, Ciudad Real, España. 199 pp.

 [6] Cádiz-Deleito JC, Ramos-Cabrero J (1984) La energía eólica: tecnología e historia. Blume. Madrid, España. 221 pp.

[7] Camuñas-Rosell PL (2000) El Molino manchego. Azacanes. Olías del Rey, España. 65 pp.

[8]  “Los cobros pendientes de los maestrazgos”, según el estado del inventario de 1553.

[9] AG Simandas, Estado, 91, “La recaudación de los cobros pendientes”.

[10] Sánchez-Ruiz FJ (1995) Los molinos del corazón de La Mancha. Alcázar de San Juan. Actas I Jornadas Nacionales Molinología. La Coruña, España. pp. 415-425.

[11] White L (1973) Tecnología medieval y cambio social. Paidos. Buenos Aires, Argentina. 190 pp.

[12] Los Fugger en España y Portugal hasta 156.   Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura. 2000.

[13] Territorio de la jurisdicción del maestre.

[14] Charles. V. Aubrun :“Sancho Panza, paysan pour de rire, paysan pour de vrai“. Revista canadiense de estudios hispánicos, n°1, 1976-1977, pp. 16-29.

Ramón Chao, Le Monde diplomatique Noviembre 1988.

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  1. Federico Iribarne permalink
    14 febrero, 2012 0:17

    Faltaba más, Ramón; el agradecido soy yo, que visito con mucho gusto este blog para aprender leyendo los artículos posteados. Cuando cuadra, si puedo agregar algo, dejo un comentario.
    Y, precisamente, después de la atenta lectura al post sobre la edición aniversario de El Quijote y su ocasional prologuista, podríamos hacer una reflexión parafraseando a este último: ¿qué idea de la libertad se hace Mario Vargas Llosa? A decir verdad, yo no leo sus macanas; prefiero, de lejos, sus primeros libros. Comparar la idea de libertad del Quijote a la de los primeros liberales me parece tan erróneo como descaradamente tendencioso. Para no alejarnos de la imagen de los gigantes, parecería que Vargas Llosa vive remando agua para su molino. Pero tuvo otras, y peores. Recuerdo cuando muy ufano dijo que la sociedad argentina debía dar vuelta la página de la última dictadura y las víctimas tenían que perdonar a los torturadores y asesinos. El gran Juan José Saer, desde su indignación parisina, respondió acertadamente que los únicos capaces de decidir si perdonaban eran las propias víctimas. Nadie debe ponerse en el lugar de las víctimas.
    Pero así es el prolífico premio Nobel 2010: hoy decide cómo matar el dolor causado por 30.000 desapariciones; mañana que el personaje más tierno, loco y justiciero de la ficción hispanoamericana de todos los tiempos era un liberal; pasado mañana le pide a Carmen Balcells que le arregle el permio Planeta porque quiere comprarse un apartamento en Londres; traspasado es presidente del Perú… Por eso digo: prefiero sus primeros libros, que han quedado como faros gigantes alumbrando la ruta, a sus macanas de “niño bien, pretencioso y engrupido”.

    Y volviendo al Quijote y a mis razones para visitar este blog, acabo de terminar, en francés, “Quichotte et fls”, de Julián Ríos; me enteré de su existencia en este blog. Boccatto di cardinale!!!

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