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Alejo Carpentier

20 febrero, 2012

Conoci a Carpentier a principios de los años 1970, después de leer “El Siglo de las luces”.

Escribía yo entonces en la revista española “Triunfo” y quise entrevistarlo, con mala suerte, pues lo iban a operar de la garganta. Hube de esperar casi un año. Cuando al fin consigo la cita, acudo al consulado cubano, en la rue de Faissanderie, armado de un magnetófono y de mucha timidez y cohibición.

Charlamos largo rato, sobre su última novela, el dichoso “boom” que empezaba a sonar y en el que Alejo no creía, sus recuerdos de nuestra guerra civil y otros temas. Al final le dije: Muchas gracias, señor Carpentier. Dentro de unos días se la envío transcrita. No, chico, te la mando yo…Al cabo ni de una semana me llegan unas diez cuartillas con una charla fiel y mejorada, tanto las preguntas como las respuestas.

La entrevista fue publicada por Triunfo con la foto de Alejo en primera plana y de título: “Una literatura inmensa”.

A partir de este éxito, que me dio a conocer, la editorial “Novelas y cuentos” me pidió un libro de conversaciones con Alejo, que escribí sin hablar con él, sólo leyendo toda su obra, miles de artículos (en Caretas, Bohemia..) reportajes escritos en Europa durane la guerra mundial, y en Venezuela después.

Ahí empezó una amistad que mucho tiempo tardé en creer.

Por una parte, Alejo imponía por su vozarrón, su presencia física y sus conocimientos de literatura, bucanería, música, historia; por otra, yo me sentía poca cosa a su lado. Me fui convenciendo con las invitaciones a cenar en su domicilio en comañía de Antonio Saura, Roberto Retamar, Jorge Enrique Adoum, Marta Arjona y siempre nuestra querida Lilia. Luego fuimos juntos de vacaciones veraniegas a Cuenca, donde había estado con Wifredo Lam y cuando la guerra civil; a Mónaco, donde visitamos el museo de autómatas.

Nos dimos cuenta de que habíamos seguido una trayectoria semejante. Como él, yo tocaba el piano, y lo sigo practicando; ambos éramos hombres de radio y escribíamos, de modo que el entendimiento estaba justificado.

La pareja Lilia-Alejo venía a menudo a nuestra casa de Sèvres. Allí tenía yo un piano Pleyel de cola, y tocábamos a cuatro manos. Alejo solía venir con partituras compradas en el Barrrio latino. Recuerdo una Canción de cuna campesina de Alejandro García Caturla  y las Piezas en forma de pera de Erik Satie.

He aquí un extracto de Trois Morceaux en forme de poire de Erik Satie:

Por allí iban y venían mis hijos Manu y Antoine, quienes, después de estudiar dos años en el Conservatorio, ya empezaban a ensordecernos con su grupo “Joint de culasse”; en cambio, Alejo los escuchaba con placer -, al menos con paciencia. Después de un viaje a Cuba, regresó con unas maracas que les ayudaron a progresar y conservamos como una reliquia en casa.

En una de las primeras entrevistas que le hicieron a Manu en Francia (en plena adolescencia, su época destroyer), dijo que podía permitirse el lujo de hacer las mil y una “porque cuando vuelvo a casa me encuentro con García Márquez o con Alejo Carpentier”.

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