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Miquel Barceló en el Louvre

22 febrero, 2012

“Triunfar tarde no es triunfar; es alcanzar a la vez la inmortalidad y la muerte”, solía decir Disraeli, según su biógrafo André Maurois. Me lo repitió más o menos igual Juan Carlos Onetti, cuando le pregunté si un día le darían el premio Nobel : “a mi que me devuelvan la juventud; la cambio por todas las recompensas”, respondió. Barceló no tendrá que esperar la muerte para ser inmortal; lo es a sus cuarenta y cinco años, cuando se encuentra en el camino medio de su vida: es, a mi entender, el primer pintor vivo que expone en el Louvre.

El día de la inauguración – Ilustraciones para la Divina Comedia – evocábamos una de sus primeras exposiciones, hace más de veinte años, en Son Servera de Mallorca. Y repasamos su vida. De niño era rico de calles y plazas, de amigos, de iniciativas, de peleas y de algunas atrocidades con los animales, a los que perseguía y capturaba para plasmar en los cuadernos escolares el proceso de putrefacción. “Creo que pinto desde que nací, por lo menos desde el comienzo de mis recuerdos”.

Hacía de todo y a la vez, como los adolescentes inquietos. Un día director de cine, al siguiente guitarra electrónica y por la noche escritor. “Incluso soñé con ser explorador, y de una forma más confusa, aventurero, lo que tal vez que haya logrado hoy.

Con el tiempo la cosa se fue solidificando de forma natural. Como mi madre pintaba, en casa había óleos, pinceles, telas y libros de arte.” Era una casa tan grande que las tres cuartas partes de ella estaban abandonadas, lo que permitía dedicar varios cuartos a los animales: cerdos, conejos, gallinas y otro para Miquel. Tenía mucha facilidad para inventar imágenes.” Mis amigos de la escuela y desde muy pequeñito me las pedían. Y seguí pintando hasta hoy, de modo que no tuve ni que plantearme el futuro.”

Pintor reflexivo, pero con un sistema de ejecución brutal. ( intento siempre encontrar el gesto definitivo), Barceló relaciona el uso de los recursos pictóricos posibles con una concepción del arte como terreno de la extrema libertad. “Siempre detesté las estrategias. Todos los reduccionismos y lo pudiéramos llamar posmoderno para mí está liquidado. Estoy harto de todas esas ideas posmodernas norteamericanas que se intentan trasladar aquí y me parecen un gran error. Hay que inventar nuevos lenguajes. Y esto siempre se logra cuando parece que nada es posible, que llegamos al límite de todo, cuando no se puede creer en nada, cuando se agotaron las ideologías.”

Desde muy joven inicia un inacabable ataque contra las convenciones pictóricas tradicionales y se enfrenta a los dogmas teóricos de la vanguardia más reaccionaria. Corté pronto con la formación tradicional que tuve de joven para emprender otra vía. Empecé a ver pintura académica y luego el Arte bruto y Pollock. “Me gustaba la forma de pintar de éste, que terminó pareciéndose a su pintura. Me fascina esta transformación de un pintor, o de un futbolista, cuyo cuerpo se va adecuando a un objetivo.” El Pollock de los últimos años, cuando parecía buscar la figuración a partir de sus campos de energía abstractos.

Pero al cabo yo volví a una pintura más clásica, a finales de los setenta cuando no se veía salida para la pintura. “Los dibujos de aquellos años nos permiten comprobar la existencia de un gran número de ideas en ebullición, algunas de las cuales se desarrollarán más tarde y otras se convertirán en constantes, como los de 1980, en los que ya aparecen los desnudos y los animales que irán a poblar sus lienzos poco después y se verán en sus numerosas y provocadoras exposiciones de 1982.

Recientemente pinté en Canarias peces que tienen salientes como pinchos, como las rescazas. Y entonces, para darle ese aspecto picante, puse el lienzo al revés y salieron esas especies de estalactitas que me recuerdan las cuevas del Drach y de Artá, en Mallorca. Resulta un fenómeno pictórico muy divertido. También , en este sentido, en París empecé a hacer lo que llamaría “grispollos”; es decir, el repollo gris, las legumbres troceadas. Igualmente pinté ajos, tubérculos que salen de tierras muertas y cebollas.

Había llegado a ese punto difícil que es la transparencia, que sólo logran los pintores a quienes pintar les produce más placer que cualquier otra cosa en la vida, incluso que triunfar. Cuando un pintor piensa en cebollas, es porque le gusta pintar: es una ley ineluctable en la historia del arte. Y todos los pintores a los que le gusta pintar acaban pintando, por lo menos, una cebolla o dos. Nunca sabré muy bien por qué razón pinté cebollas. Me dije que si era capaz de pintar una calabaza, un melón o un albaricoque, el hueso de un albaricoque o una cebolla igual podía pintar una Venus o el infierno.

Me acuerdo ahora muy bien de la desazón de estar pintando cebollas. La cebolla es terrosa por fuera con capas doradas, amarillentas y al cabo traslúcidas y al fin nada. Esa forma como de gota grande que podría ser un dinosaurio en la lejanía o un violonchelo en escorzo se entrometió de repente, y ya podía yo mirar batallas chinas u orgías románticas que me sentía como alguien que ni siquiera era capaz de pintar una cebolla. Y si por milagro – los cuadros que salen es por esa intervención – lograba terminar, pronto me veía otra vez otra vez encebollado como si no supiese hacer otr cosa, desesperado por no saber deshacerme de las cebollas. Y venga a borrar y a pintar cebollas. Me iba al mercado, las compraba y las cortaba por la mitad como un cura que ofrece la eucaristía.

No sé si viene al caso, un poema sobre un poeta persa al que le pagan en oro cada hexámetro y cuyas herramientas de trabajo son la humillación y la angustia. ¡ Ojalá hubiese nacido muerto! , creo que dice. No nos pongamos melodramáticos, pero cuando hace veinticinco años leía con deleite vida de artistas como quien lee vidas de santos, la humillación y la angustia me asaltaban cuando caía con versos que rimaban convenientemente”.

Ramón Chao. Konciencia social  09.04.2004 

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  1. Federico Iribarne permalink
    24 febrero, 2012 10:06

    Lo que la frase de Disraeli dice también, de manera tácita ya que no expresa, es que sólo existe una finalidad perseguida por todo artista: triunfar. Desde luego que discrepo con eso, o mejor dicho, pongámonos de acuerdo sobre el alcance que dicha palabra tiene para cada uno. Es mentira que se escribe pensando en editores y lectores. Se escribe, valientemente, para hacer frente a los fantasmas que nos habitan. Se escribe entonces, humildemente, con la sola intención de rascar donde pica. En esos momentos de creación, editores, lectores y futuros reconocimientos son parte de una realidad tan improbable como innecesaria. Esa farándula viene -o no- después; va por otro andarivel.
    Barceló expone en el Louvre. Hay una inmensa mayoría de pintores de innegable calidad que jamás pasarán ni siquiera por la puerta del museo. ¿Cómo alcanzar la gloria o el triunfo en literatura cuando el mercado está copado por las grandes editoriales y los agentes literarios que no leen manuscritos de autores desconocidos? Triunfar, que en la frase de Disraeli está asociado a la inmortalidad, se reduce entonces a un grupo de mafiosillos levantando el pulgar al 0,1% de las obras, utilizando para ello un criterio pura y exclusivamente mercantil (y eso cuando se deciden, entre fiestas, champagne y premios, a abrir un manuscrito de algún autor recomendado). Si agregamos además que el sufrido autor debe trabajar en otros menesteres para parar la olla y hacer frente a períodos de crisis como el que atraviesa Europa en la actualidad, donde habemos muchos sin trabajo, el verdadero triunfo es poder pagar el alquiler.
    Yendo a las palabras de Onetti, no caben dudas de que así lo sentía. He ahí un claro ejemplo de un notable escritor que jamás vivió “pour la galerie”. Y para terminar, una anécdota que lo pinta de cuerpo entero. En 1976 viajó a Europa y charló con universitarios y autores de varios países. En Francia, se comunicó por teléfono con Sartre, cuya inteligencia admiraba, para pedirle una entrevista. Sartre lo había leído y se la concedió con una condición: que fuera temprano porque al día siguiente de la entrevista debía operarse de la vista. Fijaron entonces la hora y… Onetti jamás fue. “¡Qué voy a ir a molestarlo al hombre!” -explicó luego-; “tenía grandes chances de quedar ciego en esa operación, y yo pensé que querría pasar sus últimas horas mirando a una mujer desnuda y no a mí hablándole de literatura”.
    Y después hay quienes siguen dudando de la ternura de Onetti.

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