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Giacomo Casanova

24 febrero, 2012

París es sin lugar a dudas la ciudad predilecta de las muchas en las que Giacomo Casanova desplegó su insolencia y disposición para gozar. Sus dos estancias aquí son emblemáticas de su afán de novedades y ansia por devorar los placeres que la vida le dispensaba.

Llegó por primera vez en junio de 1750, con sólo veinticinco años, y se instala en el 27 de la rue Tournon. : « Heme en esta ciudad única en el mundo que debo considerar como si fuera mía, pues ya no puedo imaginar el regreso a la que el azar me hizo nacer […]; este inmenso París aporta miseria o fortuna, como uno se las arregle; de mí depende saber orientarme según sople el viento ».

El destino de Casanova vira en Venecia al salvar a Bernis[1]. Desde entonces entablan estrecha amitad y Giacomo se convierte en el “hijo espiritual” del embajador. Pero como a veces sucede, llega el diablo y sopla, en este caso sobre Elena Foscarini, amante de Bernis, que se enamora de Giacomo. Furioso por el triunfo de su pupilo, el diplomático se les arregla para encerrarlo en la terrible prisión de los Plomos, así llamadas por estar techada con tejas de plomo, que dejaban pasar el frío invernal y servían de catalizadoras de los calores estivales. Al cabo de un año de encierro, Giacomo se las arregla a su vez para fugarse, por lo que se hizo célebre en toda Europa.

Pero su gran aventura empieza con su llegada a Francia. En Lyon permanece dos años, suficientes para olfatear los aires, entrar en la masonería y preparar el nuevo periplo : Llegamos a París el miércoles 5 de enero de 1757 y fui a parar a la casa de mi amigo Balletti[2], quien me recibió con los brazos abiertos […]
Esta vez vive en el último piso de siete de la calle Mandar, transformado hoy en talleres de artistas. Como siempre buscaba el placer, así con criadas, fregonas,  jovencillas (preferiblemente recién salidas del convento ) que con mujeres casadas de la alta nobleza, no pudo resistir « al ver a la hija de mis anfitriones, que ya había conocido cuando era bebé  y ahora la descubría alta y bien formadita : la señorita Balletti[3] tenía quince hermosos años gracias a la educación que le diera su madre […]
Estos párrafos pertenecen a la Historia de mi vida, una de las fuentes más caudalosas escrita en francés sobre las costumbres en la Europa del siglo XVIII. En ella suma ciento veintidós féminas con las que tuvo relaciones sexuales – muchísimo menos de las que le atribuye Da Ponte en la ópera Don Giovanni de Mozart : ¡ mille e tre!, entre las cuales muchas púberes e incluso su mismísima hija, casada con unos de los « hermanos » masones, a la que –se cuenta- su padre convirtió en madre.

Para bogar veloz publica la revista “El Mensajero de Talia” y fomenta la rivalidad entre Bernis y madame Pompadour. Con ésta crea la Loteria national[4], aunque él se atribuya la entera paternidad del negocio y embolse gran parte de los beneficios: Al empezar el carnaval de 1750 gané très mil ducados en la loteria. La  fortuna  me  hizo este regalo cuando menos lo necesitaba, porque había pasado el otoño en posesión de la banca y había ganado lo suficiente. Se trataba de un casino en el que ningún noble veneciano osaba presentarse porque uno de los socios era oficial del duque de Montealegre, embajador de España. Los nobles molestaban a los burgueses; esto sucede siempre en un Gobierno aristocrático donde la igualdad no existe más que entre los miembros del Gobierno.

No vayáis a pensar que Casanova se limitó a estafar y levantar faldas. En sus ratos libres actuó de agente secreto para averiguar el estado de los navíos de guerra, por lo cual le remuneraron pero que con mucha generosidad. Una vez rico descubre que el dinero no vale nada comparado a la libertad.
Cuando menos se podía esperar, vista su reputación, se pasea con escritores y filósofos de las Luces como Voltaire, Goldoni, Diderot, Rousseau, Marivaux, Sade…
Con todo ese bagaje a cuestas y su fino marear, Casanova llega a encarnar el espíritu y el arte de vivir de su época. En el palmarés de los grandes seductores de la historia se le podría comparar al de Sevilla, aunque éste nunca utilizó el amor para sujuzgar al prójimo. La sensualidad de don Juan se somete a una cierta moral, y si rompe con  las convenciones es contra su voluntad: carece de táctica, improvisa según su ardor y siempre guarda un optimismo impávido con un gusto ilimitado por la felicidad. En resumen, lo que interesa al español, oprimido por la Iglesia, es más bien oponerse a las leyes religiosas. En cambio, como buen italiano, Casanova goza de los sentidos sin ocuparse de las fuerzas que lo degradan. Esta suprema libertad erainsoportable para los moralistas.

A lire : Giacomo Casanova Mémoires La Pléiade, Gallimard.

J. Le Gras, Le Véritable Casanova, París, 1950.

J. Lucas-Dubreton, Le Don Juan de Venise : Casanova, París, 1955.


[1]              Abbé galant, protégé de Mme de Pompadour. Ambassadeur à Venise en 1752, ministre d’État en 1757 et des Affaires étrangères la même année ; il fut exilé à Soissons pour la façon dont il dirigea sa politique extérieure. Il n’entra réellement dans les ordres qu’en 1756, à l’âge de 40 ans ; cardinal en 1758. Nommé à l’archevêché d’Albi en 1764, ambassadeur à Rome en 1769.

[2]              Lorsqu’il était à París, Casanova se faisait envoyer son courrier, sous le nom de Monsier Paralis, chez M. Balletti, rue du Petit-Lyon.

[3]              Manon, la fille de Sylvie rompit ses fiançailles avec le compositeur Cément pour Casanova. Mais l’Italien ne se laissa pas retenir et Manon épousa en 1760 l’architecte Blondel, de trente-cinq ans son aîné.

[4]              La loterie de l’École militaire a été la première vraie tentative de loterie nationale, même si le pouvoir monarchique tolérait encore quelques loteries religieuses mineures à cette date. La Loterie de l’École militaire servit à financer l’achat du Champ de Mars et à construire l’École Militaire. D’après les exégètes de Casanova, celiu-ci aurait beaucoup exagéré sur sa participation dans cette entreprise.

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