Skip to content

Leopoldo Nóvoa (1919-2012) : el cuadro en llamas

28 febrero, 2012

Me llega la noticia del fallecimiento en Paris, donde vivía, del pintor gallego Leopoldo Nóvoa. Leopoldo era un gran amigo mío, y personaje de algunas novelas de Juan Carlos Onetti. Hace cerca de quince años (en 1999) escribí estos dos textos sobre él.

El cuadro en llamas      

En las prolongadas charlas con que me obsequió Juan Carlos Onetti (el verbo obsequiar es aquí de alardeo y minucioso), el mejor regalo que me pudo haber hecho, que a veces se le escapaba al escritor uruguayo, era el silencio.

Cuando Rulfo venía a verme ( resucito a Onetti para que repita la escena) se sentaba ahí donde estás tú, me decía hola Juan como te va, yo le contestaba hola Juan como te va, él se tomaba una Coca-Cola, yo mi wiski con hielo y al cabo de dos o tres horas, según sus ocupaciones, él me decía adiós Juan y yo le contestaba adiós Juan.

También, después de seis o siete líneas, depende de la composición, el lector habrá sentido que estoy muy lejos de ser Rulfo; añadiré que la Coca-cola me parece intragable y que no me llamo Juan, trinidad de razones suficientes, mas no necesarias, para comprender que el desaparecido autor de « La vida breve » no podía haber inventado conmigo el cuento de la comunicación silenciosa que practicaba con quien había escrito « El llano en llamas».

Solía callarse sin reparo. Respiraba fuerte y temblorosamente: «¿Comprendés?” -me decía. Había que adivinar su pensamiento. Se volvía hacia mí con una posible sonrisa, algo enternecida, y me resultaba incómodo sostener la mirada en su único diente, exhibido como el de un niño que duerme y delira con la boca abierta. « ¿Te sorprendés, che ? Yo tenía une dentadura resplandeciente, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa »

A veces me daba la impresión de que su imagen se separaba de él, permanecía adolescente, serena, interesada en sus personajes, bondadosa y humilde por indiferencia y por su asombrosa seguridad de que en la vida no hay respuesta a nada y que su cara había envejecido, más amarga y que tal vez estuviese inventando historias que no son de ésta, sino de aquélla. ¿ Se entiende ?

En una de mis visitas, Onetti se estiró como para dormir la siesta y se puso a evocar un pueblecito de Suramérica que sólo tiene nombre porque alguien, un tal Brausen, quiso cumplir con la costumbre de bautizar cualquier montón de casas.

Era fácil situar Santa María en un mapa, a cinco grados al sur del Ecuador, en algún punto de la banda oriental del Río de la Plata, cerca de El Rosario y no lejos de la capital. Más arduo parecía colocar una luz especial en cada casa de negocios, en cada zaguán y en cada esquina, sin compromiso ni exactitud con la literatura; dar una forma a las nubes bajas que derivan sobre el campanario de la iglesia y las azoteas con balaustradas cremas y rosas; repartir mobiliarios disgustantes.

Y había que aceptar lo que se odia, había que acarrear gente, de no se sabía dónde, para que habitasen, ensuciasen, fueran felices y malgastasen. Todo lo soñó, escribió en su cama sempiterna Onetti, y ya metido en el juego, hubo de dar cuerpo a sus personajes, necesidades de amor y dinero, ambiciones disímiles y coincidencias, una fe nunca examinada en la inmortalidad y en el merecimiento de la inmortalidad; tenía que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles.

Creó una pandilla de individuos que, pese a su emanación onírica, le permanecieron fieles hasta su último suspiro, aunque sea un lugar común. Solía convocarlos a menudo, cuando se aburría en la cama: y ellos acudían presurosos, solícitos, dondequiera que estuvieran. Entre ellos figuraban « el gallego » y Ramonciño. Porque, siguiendo el ejemplo de Julio César para crear su guardia personal, de los abulenses cuando erigieron las murallas de la sede episcopal de Prisciliano, o el de los Reyes católicos para repoblar la Bética vacía de moros (hijo de un humilde panadero dicen que de Monforte, fray Luis de Granada, fue fruto de la deportación), Onetti dio vida a Santa María con gallegos.

Ramonciño le sirvió de modelo para crear a Larsen ( las cosas de Onetti siempre se mezclan al fin, o están mezcladas ahora), prototipo del proxeneta altruísta y sentimental (« lloraba como una niña »). Ramonciño, alias Larsen, ambicionaba nada menos que crear el prostíbulo perfecto, con una mujer idónea para cada hombre y para cada momento de su existencia. Ese tipo fuera de serie había nacido y se había formado en la Rinconada de Lugo

También imaginó o conoció, pero sea lo que fuere al final describió a un joven al que le puso de nombre sencillamente Gallego, sin que ésta haya sido la ocurrencia más original del autor: gallegos son todos los españoles allá, y también sabemos que a esos artilugios que ponen en las casas modernas para hablar con los apartamentos desde la calle, los motejan con este delicioso oxímoron: « gallegos electrónicos ».

Pudo haberlo conocido en la casa de Torres García, invitados ambos a una comida vegetariana en la que a Onetti lo distinguieron con un bife de vaca. O en la redacción del periódico, alguna vez que el gallego llevara dibujos y caricaturas sobre la actualidad política del paisito y Onetti fuera redactor jefe.

Lo cierto es que el pintor al que llamaremos Nóvoa, porque bautizar es sencillo, empezó desde entonces a vivir varias vidas breves, en una u otra novela, a veces simultáneas, otras sucesivas, pero todas bajo la mirada atenta de su creador.

La primera de sus vidas breves discurrió en Lavanda, entre olores de aguarrás y del mercado en pudrición.

Allí trabajaba – si la dicha merece la suciedad de ese nombre – en un taller de dos piezas, dormía y cocinaba a veces. Pintaba campesinos que nunca harían la revolución, dorados de cosechas, manos geométricas, bocas negras y abiertas, brazos en alto. Pero, como El Eterno, de Milton, quien condenó al hombre Adán a alcanzar un destino lejos de sus posibilidades, un ángel o el mismísimo Brausen le susurró la orden de pintar el cuadro definitivo, culminación de la historia de la pintura.. Metido en la novela, y en su misión, el gallego se quedó estupefacto: E inmediatamente pensó en una ola perfecta e irrepetible, por su composición, altura y color.

– Qué le pongo ahora, se decía mientras limpiaba una espátula. Miraba la suciedad diversa del trapo, pensaba enmarcarlo y solo él sería el gran premio indudable del salón nacional.

A veces iba a verlo algún cliente, o con tal pretensión, y le decía :

– ¿Pero usted qué pinta, señor. ¿Por qué no hace cuadros para mostrarle a la humanidad el peligro de las bombas atómicas? Quiero decir que la gente habla mucho, pero ni siquiera lo imagina. En lugar de balas, hidrógeno.  ¿ Está seguro de que alguien va a comprarle ese desnudo? Parece un Modigliani de los tiempos en que el italiano aprendía a limpiar pinceles. O de los tiempos en que ya estaba muerto y casi podrido. Se parece a cualquier cosa rara y sucia que se le ocurrió de pronto. Pero el mundo está saturado de modiglianis. ¿ Para qué agregarle uno más?”

Bromas de Onetti, quien aun confesando su ignorancia de la pintura y en su casa tuviera cromos, reproducciones, sabía que meterse en un cuadro y sufrirlo es como sentir y pensar de una manera total, con todo el cuerpo y olvidándose del cuerpo.

– Tiene razón, sería bueno, sería mejor. Pero la humanidad no va a mirar mis cuadros. Esté seguro. Y es posible que después de las bombas lleguemos al paraíso. Sin embargo, usted y yo andamos en lo mismo. Hay que pensarlo. Ahora yo quiero una ola, pintar una ola. Descubrirla por sorpresa. Tiene que ser la primera y la última. Una ola blanca, sucia, podrida, hecha de nieve y de pus y de leche que llegue hasta la costa y se trague el mundo.

Lo malo, lo bueno, fue que en aquellos meses dignos del recuerdo, un buen día o noche, el artista en ciernes comprendió que prefería, a cualquier oferta del mundo exterior, pintar el cuadro urgido por Brausen, que no podía pintar lo que quisieran los sanmarianos y hacerlo bien. Campesinos sí, y retratos de los burgueses también, así como el cuadro del Papa que continuaba colgado en la iglesia parroquial.

Pero nunca la ola deseable, la cresta de blancura sucia que lo diría todo. Tema : una ola borrosa, con la cresta de un blanco sucio (agregar, por medestia, como dijo el otro) de ópalo: inmensa mezcla de orines, ojos reventados. Elementos: vendas con sangre y pus, pero ya desteñidas; corchos con las marcas borradas; gargajos que podían confundirse con almejas; saliva de epiléptico, pedazos sin filo de yeso, restos de vómitos, bordes de muebles viejos y molestos, toallitas higiénicas semideshechas – pero, cualquier playa de la Plata: todo absorbido por la ola y formando espuma, su altura, su respetable blancura dudosa. Nunca la vida y su revés, la franja que nos muestra para engañarnos.

Y así empezó el pequeño curioso infierno, que no es necesario leer pero lo escribo: Caminaba por la costa, como un jugador de ruleta supersticioso, entregándose al juego que llamaba « en cualquier momento puede aparecer la ola ideal y tal vez yo la entienda ». Era indispensable mirar el agua sin interés, caminar como distraído. En la capital vivía la persona que podía socorrerlo ( a estas alturas bien se ve que Santa María estaba llena de maleantes y demiurgos ) : Joaquín Torres García. Era semejante a él pero al revés, un uruguayo de ida y vuelta, hijo de una india y de un emigrante catalán; había trabajado con Gaudí; había vivido en París, firmando manifiestos con Ozenfant y Le Corbusier; el fuego había destruido sus frescos de la Diputación de Barcelona y las autoridades de Montevideo le habían paralizado las obras del « mural cósmico » que habría de cambiar la vida en la ciudad. Genial y premonitorio, imbuido de cultura antigua, Torres García, además del ejemplo, le inculcó la máxima latina arts sine scientia nihil est -, indispensable, si se descifra y entiende, para lograr la ola definitiva y enriquecer la pintura abstracta.

El gallego ya estaba en esa nueva vida, tan verdad que a nueva vida lleva siempre cada cambio de estilo. La ola seguía presente en su espíritu como metáfora de una aspiración irrenunciable. La veía ahora como la institución de un orden armónico entre realismo y abstracción, naturaleza y razón, de lo sensible a lo real, si es que todo esto se puede entender dicho así y en tres o cuatro líneas. Más claro resultará con una frase que figura en un cuadro del maestro: « Todos los pueblos pasan de la simple imitación a la abstracción. A ella tiene que llegar el artista, sin lirismo y siguiendo el curso del universo ».

En 1962 las autoridades le encargaron a Nóvoa, como antes hicieran con Torres García, la realización de un mural que apartara la ciudad del secreto y de la inmundicia. Casi inmovible, inescrutable y al parecer para siempre. Con ella se cumplirían los designios del fundador, cuya estatua ecuestre, con sable desenvainado apuntando al sur, estorba en la Plaza central. A saber : que en ese país de broma cada cual creería en su papel y lo jugaría con gracia; que en él iban a florecer los valores de un nuevo país laico, liberal, progresista  ( la Santa María de Brausen, influida por las ideas de Spencer y de Augusto Comte ) que Santa María sería al fin la Atenas de un país civilizado y crédulo. Un mural de 700 metros cuadrados derramando ( este gerundio es dudoso) su influencia en el entorno, ubicado en el Cerro, al lado del estadio municipal. Sería un canto a las olimpíadas, con aurigas, discóbolos y otros esforzados deportistas, dentro del estilo de los muralistas mejicanos. Ignoraban los políticos que un artista, incluso antes de nacer, es ya heredero de una historia, dispone de una novela familiar, se ve acompañado, aún a su pesar, por las sombras de todos sus ancestros que invadirán pronto sus días. Y que Nóvoa seguía bajo el doble influjo de su creador y de su modelo, de modo que en lugar de realismo , en el enorme espacio vertical empezó a meter los elementos de su ola, deshechos industriales, escorias de fundación y de cerámica, ladrillos requemados en los hornos de campo, chapas de hierro de barcos hundidos y rescatados, raíles corroídos del antiguo trazado de tranvías.

Aterrados, los ediles le cerraron el tajo. Se lo interrumpió una clase media dominante, formada por oficinistas y funcionarios, quienes, según Mario Benedetti, han logrado inscribir Santa María la en la guia Guiness como la primera oficina del mundo que se ha alzado al rango de República. Un fracaso. Y ya nada podrá amparar a los habitantes en los grandes espacios grises y verdes de las avenidas, aventar tantos miles y miles de cuerpos ni reducir la altura de los incongruentes edificios nuevos para que estén más cómodos, más unidos y en soledad entre ellos.

Si alguien quiere tener una idea de que seria el mural del Cerro, vaya a La Coruña, al final de la carretera de Arteixo. Antes de llegar al capitolino Palacio de Congresos queda, ejemplar, el inicio de una obra semejante, cuyo encargo aceptó Nóvoa creyendo poder realizar al fin su ola. Tal vez por ingenuidad, para expresar lo indecible o empequeñecer y manchar una pureza de sesenta y cinco años. Error: el mural coruñés tuvo el mismo fin abrupto que conocieron el de Torres García y el suyo allende los mares, como se dice, y por suerte la vegetación está reparando el fallo oficial. Por eso en ambas ciudades, hoy, con carreteras altas, calles anchas, plazas y paseos de hormigón, se tiene a precio barato y triste lo que tiene y puede cualquier aglomeración.

Tras la caída del muro, con la muerte de su modelo, guía, en una edad que no puede saberse, o devuelto sin saberlo a su edad verdadera, a Nóvoa le llegó la hora – por qué maldita o fatal o determinada – del no a Santa María, a Brausen, al masoquismo de las impuestas responsabilidades. Había concluido, quién sabe en qué exacto momento inubicable, el absurdo adolescente de la dicha animal y de la rebelión. Habiendo tomado conciencia del destino que había asumido sin comprender, y de que el tiempo pasaba, se fue para no volver, como gime la canción. Otros se habían ido y volvieron; volvieron todos, en tantos años, muchos que habían tenido su fiesta de adiós para siempre y después vagaban, vegetaban, buscaban sobrevivir apoyados en cualquier cosa sólida, un metro cuadrado de tierra, tan lejos y alejados de Europa, que se nombraba París, tan lejos del sueño, del apagado sueño. Podrían decir regresaban, retornaban. Pero la verdad es que volvían sin trampa ni regateo. Había que soportarlos en Santa María y había que oírlos cantaletear usque ad nauseam (hoy, latinajos) sus explicaciones sobre el olvidable fracaso, por qué no. Leopoldo Nóvoa cambió de vida y de continente en el París donde, tiempo atrás, Torres García ideara el constructivismo. ¿Aún bajo tutela? No : en París Nóvoa rompió el cordón para siempre y se fue por el camino incierto del informalismo.

Apoyado en dos patas de la silla y en el rincón de la pared de su estudio de la rue Saint Antoine, con la luz a la espalda, miraba un cuadro grande que tenía en el caballete, pintado sobre cartón, una ola gigantesca, hecha toda con pedazos de blancura distinta. La había imaginado o era un recuerdo (arañaba los límites absurdos de la ciudad que había dejado y perdido) de otro país, de otro río distinto del Sena o de un mar desconocido. Blancura de papel, de leche, de piel, nunca en París hubo, nadie había visto en París una ola como aquélla, pero lo único que cuenta es que al terminar de pintarla se sintió en paz, seguro de haber logrado lo más importante que pueda esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas.

Alguien dijo que había visto la imagen huidiza de un pirómano imaginado o leído, un hombre tal vez compañero de oficio, que nunca sonreía; un hombre de cara aburrida que saludaba con monosílabos, a los que infundía una imprecisa vibración de burla personal. Puede ser. Lo cierto es que una luz en la noche, a la izquierda, comenzó a moverse y crecer. Ya muy alta fue avanzando sobre la ciudad, apartando con violencia la sombra nocturna, agachándose un poco para volver a alzarse, ya, ahora, con un ruido de grandes telas que sacudiera el viento. Medina, o el Colorado, o tal vez el hombre que no sonreía  ( la mitad de los sanmarianos eran sospechosos ), sentía la cara iluminada y el aumento del calor en el vidrio, casi insoportable. Temblaba sin resistirse, víctima de un extraño miedo, impotente y gozoso. Un Nerón sin lira ni corona asistía a la desaparición de Santa María en el mismo instante que en París otras llamas voraces, semejantes a éstas, señalaban el siempre decepcionante final de la aventura.

Nóvoa se quedó sin un solo cuadro. La ola quemada, su pasado en blanco. Volver a empezar. Su dios, Brausen o uno de los otros, lo había elegido para vivir al menos dos vidas. Malcolm Lowry perdió tres o cuatro veces el manuscrito de « Debajo del volcán ». Poliakoff, de taxista a pintor. Rimbaud o esos periodistas que sueñan con devenir escritores. Varias vidas y avatares. Como muchos sacerdotes, y perdón por la comparanza, que pasan de alzar la sagrada forma a acariciar las formas misteriosas ( en sentido único, pues nunca se ha visto en nuestros entornos que alguien recorriera el camino inverso, de pareja a tonsura, porque, como dijo Molière, más vale estar casado que muerto).

Cuando uno choca con un misterio, perdón, con un acto que aconteció sin comprender y el tiempo pasa y la compresión no llega, busca consuelo o apoyo en sucesos nimios y ajenos, pero lo más importante es la inteligencia. Y lo único que puede hacer que uno se empeñe, es la comprobación de que su inteligencia no está chamuscada ni quemada. Por eso Nóvoa estaba resuelto a empecinarse todo lo necesario. Entonces deshojaba la rosa de los vientos, hablaba de materiales aptos y ayudadores, de otros rebeldes y traicioneros. Todo esto matizado con remembranzas de hazañas triunfales y completas, de otras que no lo habían sido tanto. Hablaba de sorpresas, de imponderables negativos y repetía nombres de lugares, porque él había recorrido medio mundo y terminó por instalarse en Armenteira, al lado de un monasterio dejado de la mano del dios evangélico, donde se ofician santas misas a precios de saldo y ya no quedan monjes sabios. Los del Celeste Imperio predicaban que en vez de decirle a alguien que estaba muy joven lo elogioso era persuadirlo de su senectud, pues con ella llega la sabiduría y la serenidad. Nóvoa sigue joven e inquieto, va y viene de Armenteira a París varias veces al año, experimenta en la arena, en la ceniza, en los grandes espacios la ola perfecta y definitiva.

Quiera Brausen – o cualquier otro dios del panteón  – que así continúe, renaciente siempre de los rescoldos, pues en arte lo creativo no es encontrar, sino volver a tomar, proseguir, cumplir la obra impuesta, satisfacer el orgullo del artista que trata de dejar su rastro en la historia.

Leopoldo Nóvoa. Por Jean-Clarence Lambert . Editions Cercle d’Art.

Pour être un espagnol complet il faut avoir une dimension latino-américaine. Nul mieux que Leopoldo Nóvoa aurait pu incarner ce postulat de García Lorca. Fils d’un consul uruguayen dans le village galicien de Villagarcía, sa vie a été un va-et-vient incessant de l’une à l’autre rive de l’Atlantique. Ayant vécu de longues périodes en Espagne, en Uruguay et en Argentine, Nóvoa s’est installé en France et partage aujourd’hui sa vie entre Paris et l’infinie cosmique du Finisterre galicien. Il dépasse donc le modèle rêvé de Lorca. Ses derniers tableaux évoquent les lieux mystiques du monde celte, vides de toute référence, de tout signe sémantiquement définis.

Ayant fréquenté Torres García et Jorge Oteiza à Montévideo, ainsi que Luis Seoane à Buenos Aires, et après avoir assimilé l’enseignement de ces maîtres, Nóvoa passe du cubisme, du constructivisme à l’abstraction lyrique. Introduit en Europe par Michel Tapié, il s’installe à Paris en 1965, et verra partir en fumée son atelier du Faubourg Saint Antoine avec l’ensemble de sa création. Son œuvre renaîtra, patiemment, d’une méditation stoïque sur la vanité et la nature ; elle sera faite de cendre, de sable et de déchirures.

Ce livre d’art, avec l’excellente présentation de Jean-Clarence Lambert, nous permet de découvrir l’un des artistes les plus importants de l’art contemporain.

 Ramón Chao. Textos publicados en el libro Novoa, dirigido por Jean-Clarence Lambert. Editions Cercle d’Art Paris,  1999.

One Comment leave one →
  1. Federico Iribarne permalink
    29 febrero, 2012 13:33

    Rompo el silencio autoimpuesto durante estas “inmerecidas y largas vacaciones” (la muerte y el desempleo parecen eternos…); me salgo de la vaina después de leer semejante artículo: Onetti-Rulfo, Torres García-Nóvoa, Montevideo-Santa María, las aguas del Plata y el fuego.
    La inmensa mayoría de las obras del genial Torres García se quemaron en otro incendio, después de muerto el artista, en Río de Janeiro. Habían sido prestadas al Brasil para una mega exposición, y el fuego las destruyó. Lo que queda está en el Museo Torres García, de Montevideo, en la calle Sarandí, tanto los retratos de su primera época como el Torres García más carcterístico, el del Universalismo Constructivo.
    Las charlas de Onetti con Rulfo son de antología: colmadas de silencios y miradas huidizas. Comentaba el escritor y abogado uruguayo ya desaparecido, Carlos Martínez
    Moreno, que cuando quisieron reunirlos a principios de los 80 en un lugar aislado, ideal para tímidos, costó mucho hacerlos salir a cada uno de sus habitaciones, y de sus respectivos encierros. Y después está la otra, cuando asisten ambos a un congreso de escritores y pasaron la semana en el bar del hotel, bebiendo uno al lado del otro sin conocerse, hasta que la víspera del regreso se presentan y, asombrados cuando escuchan sendos nombres, confiesan una mutua admiración por sus trabajos.
    Ramón me ha traído no pocos recuerdos con este post: Montevideo, mi casa de infancia, en la que había varias pinturas de Torres García, Figari, Cúneo y de otro gallego que vivió en Uruguay: Colmeiro.
    Pero todos eso partió con otras llamas. Ahora regreso a mi “mishiadura”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: