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El piano mudo de Estrella

4 marzo, 2012

Yo tuve un piano mudo. Lo había comprado en el «marchè aux puces», de París, allá por 1956. Era un hallazgo decisivo. Gracias a aquel artefacto -no me cabía la más mínima duda-, iba a ser un gran pianista, el virtuoso en quien sólo creían mi padre y don Manuel Fraga Iribarne.

Ya estudiaba seis u ocho horas diarias el piano -el piano sonoro y verdadero- en los torreones del Colegio de España de la Ciudad Universitaria (cerrado desde el mes de mayo de 1968 -¿y por qué no lo abren los señores liberales de ahora?-), pero no podía bajar el Gaveau mural a mi habitación, ni llevármelo en los desplazamientos parisienses.

El piano mudo, sí. Era una especie de maletín, como esas carteras rígidas que usan ahora los ejecutivos dinámicos, pero de madera. Se abría la tapa y aparecía un teclado de dos octavas. Doce notas blancas y diez negras. Una maravilla. Tenía un sistema para aligerar o endurecer las teclas, mediante la opresión de los resortes. Lo tocaba en las salas de espera, en el Metro, camino de la clase con Lazare-Levy, y los parisienses, aunque curados de pasmo por Eric Satie, por Tristán Tzara y por el surrealismo, nos miraban, al aparato y a mí con nueva curiosidad.

En él repetía yo diez, veinte y cien veces los pasajes más difíciles de la sonata número 10, de Beethoven, o del Concierto Italiano, de Bach. Y para fortalecer los dedos, regulaba los muelles en su posición más dura. Cuando me ponía ante el piano del maestro, un Pleyel tres cuartos de cola, las obras me salían bordadas. Poco a poco, fui sustituyendo el piano vivo, el de las notas sonoras, por éste sin música, convencido además por Gieseking -llevando al límite sus teorías- de que se podían estudiar las piezas musicales cerebralmente, sin necesidad de machacarlas en los instrumentos.

Resultado: que al cabo dé varios meses se me agarrotaron los dedos, se me entumecieron los músculos del antebrazo y se me agudizó una artrosis incipiente de las muñecas. Abandoné la música.

Teclado mudo de Miguel Ángel EstrellaMiguel Angel Estrella también tiene un piano mudo. Pero es porque no puede tocar en un Pleyel o en un Steinway. Desde hace cerca de tres años está encerrado en la cárcel uruguaya de Libertad. Su abogado, en una conferencia de prensa celebrada en París, declaró que «Miguel Angel Estrella se está volviendo loco, pues sólo puede estudiar en un piano mudo, verdadero instrumento de tortura. No puede realizar la sincronización entre los movimientos de los dedos, la audición y la concepción cerebral. Es el propio testigo, impotente, de la desorganización total de su sistema cerebral».

Se trata de uno de los pianistas más importantes de su generación. Nació en Argentina, en Tucumán, en 1937. Estudió piano en Buenos Aires, primero, y luego amplió sus conocimientos en París, con Magda Tagliaferro, con Marguerite Long y con Nadia Boulanger. Marcel Dupré quedó impresionado por su «técnica deslumbrante», y a Yehudi Menuhin, que lo escuchó en Londres en 1970, le maravilló «su profundo sentido musical y la calidad dramática que es capaz de expresar».

Los militares uruguayos no quieren escuchar a Estrella. Que toque en un piano mudo, eso sí. Ya dijo nuestro Quijote que «donde hay música no puede haber cosa mala», y Shakespeare, en El mercader de Venecia, añade que «el hombre que no tiene música en sí, ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos, es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades. Los movimientos de su alma son sordos, como la noche, y sus sentimientos, tenebrosos, como el Erebo».

A menos que a los militares uruguayos les suceda lo que a Lenin, que no podía escuchar la música durante mucho tiempo: «Me influye en los nervios, decía; digo tonterías y me entran ganas de golpear las cabezas de los hombres, que viven en un infierno sórdido cuando pueden crear tanta belleza. »

Estrella está en Libertad -en la cárcel del pueblecito de Libertad, situado a unos cincuenta kilómetros de Montevideo; no he podido evitar el fácil juego de palabras y de conceptos-, porque un buen día decidió regresar a su país. Y en Argentina empezó a dar conciertos en fábricas, en centros populares y en pueblos de indios «toba». Algo semejante hacía Mozart en los jardines de Augarte, y Luigi Nono, Claudio Abbado y Maurizio Pollini en Italia, así como Yehudi Menuhin, pero en Argentina la música es un delito. Tanto más si el intérprete es militante del sindicato de músicos y si en 1974 ofrece, en Buenos Aires, un recital en memoria del padre Mújica, apóstol de los suburbios de la capital, asesinado por la Triple A.

Se instala en Montevideo en 1976, y ese mismo año, acusado de haber albergado a militantes montoneros, es detenido por los militares uruguayos. Durante tiempo nada se sabe de él. Es un «desaparecido» más. Hasta que Yehudi Menuhin organiza el Comité de Defensa de Miguel Angel Estrella, y que más de 5.000 compositores e intérpretes envían un telegrama al presidente de la República Uruguaya. Se supo entonces que estaba vivo, que había sido convenientemente torturado, encerrado semanas y semanas en habitaciones oscuras, sometido a ese suplicio fatal, digno de Tántalo, que es el piano mudo.

Según su abogado defensor, M. Cheron, las autoridades militares uruguayas le confirmaron que las acusaciones contra Estrella son «anodinas». Lo único que pide Estrella y el comité que le defiende es que, gústele o no Brahms a los militares, se le juzgue. Para ver si, como decía Clemenceau, «la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música ». O viceversa.

 EL PAÍS / Madrid / 14/09/1979 , pág. 9

2 comentarios leave one →
  1. Federico Iribarne permalink
    4 marzo, 2012 13:00

    Tocar un piano mudo en un penal llamado Libertad; como bien decía Carpentier, lo que André Breton y sus surrealistas deben inventar, en Latinoamérica lo encontramos en cada esquina. Claro que don Alejo pensaba en otros ejemplos, no en éstos que una horda de milicos asesinos protagonizaron. Según el tristemente célebre Vicealmirante Hugo Márquez, de la Armada uruguaya, “el país estaba en una situación catastrófica y llegamos nosotros para darle un giro de 360°”. Mamma mia!!

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