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El cuadro “La jungla”, de Wilfredo Lam, expuesto en París

5 marzo, 2012

A principios de los años cuarenta, Wifredo Lam, un alto y hermoso mulato cubano -su padre, que lo engendró pasados los setenta años, era chino y su madre negra-, regresa a La Habana. Había pasado por España, donde vivió largos años, donde se casó con una extremeña («mire usted cómo yo, hijo de colonizados, me fui a encontrar con una descendiente de conquistadores»), donde se le murieron de tuberculosis su esposa y su hijo, y en cuya guerra civil participó «como un español más» defendiendo al Gobierno legal, y había pasado por París.

Aquí conoció a Picasso, quien, inhabitualmente, le ayudó como a nadie; a Miró, a Carpentier, a Bretón y a todos los surrealistas, en cuyo movimiento se integraría para ser más tarde, junto con Matta y Victor Brauner, uno de los pintores clave de la segunda generación del grupo.

Gracias a todo esto, a la influencia -recíproca, por otrá parte- de Picasso, y al descubrimiento de las esculturas africanas del Museo del Hombre, de París, Lam pasa de ser pintor académico a plasmar en sus cuadros todos los elementos étnicos y geográficos que llevaba en la memoria y que profundizaría más tarde en Cuba.

Vuelve a su isla, pues, con fama intemacional, pero ya se sabe que casi nunca la gloria va acompañada por un reconocimiento material. En La Habana, Lam sobrevive haciendo retratos mundanos de esposas de potentados, de hijas de ministros o de los propios maridos prepotentes. Para acallar su mala conciencia -«para recuperar mi yo», dice él- comienza a pintar esta Jungla que está considerada como el equivalente de Las señoritas de  Avignon de la pintura latinoamericana.

«La pinté en papel de embalaje porque no tenía dinero para comprar tela. La pintura es de la que se usaba para las paredes y para las puertas. Por eso se conserva tan bien. Recordé que Picasso hacía lo mismo. Muchas veces trabajaba con pintura industrial. Y ahora estoy muy contento de haberlo hecho así, porque además el papel de embalaje le da un color de fondo que perdura a través de los colores, y que juega con ellos.»

Esta obra mágica, poblada de personajes vegetales, de pies que se convierten en troncos de palmeras, de cocos que pasan a ser senos puntiagudos, y de frutas tropicales convertidas en nalgas, compendio de culturas, fue adquirida en aquellos años por un americano que se presentó en el estudio habanero de Lam. Como era yanqui y estaba cargado de billetes, el pintor le pidió una cantidad «desorbitada», 7.000 dólares. Cuando Lam supo -una vez vendido el cuadroque aquel señor era Mister Rockefeller, se mesaba su abundante cabellera por no haberle pedido el doble.

La Jungla pertenece ahora al Museo de Arte Modemo de Nueva York, que la ha prestado durante unas semanas al Centro Beaubourg, de París. Y allí podemos ver este crisol de culturas: china -«sí, tal vez por su barroquismo oriental», admite Lam; caribe («en efecto, son cañaverales. El título de La jungla -se lo puso un catalán, José Prats, pero la verdad es que en Cuba no hay jungla»); africana por sus elementos totémicos y española, por su composición: «A Picasso le hacía mucha gracia que un afroasiático como yo hablase con un acento madrileño castizo. Y la verdad es que los años que pasé en España influyeron mucho en mí. Yo admiro al Greco por la libertad de expresión que tiene, y aquí hay muchas influencias suyas, en la ocupación del espacio, en la utilización de las formas y de los colores, como notas musicales…»

Estamos ante el cuadro, en el Centro Beaubourg. La composición de La jungla es vertical, y es en esa verticalidad de la estructura compositiva donde se anudan los elementos totémicos extraídos de las culturas africanas, y de su confrontación con Picasso.

Sobre unas tablas, actores y poetas recitan versos de varios autores, todos ellos de homenaje a Lam y a su Jungla. Sube Joyce Mansour, sube el letrista Lebel. El pintor soporta impávido el desfile de participantes. Está sentado en un cochecillo de ruedas. Hace siete meses, a los 77 años, sufrió un ataque de hemiplejia que le dejó medio cuerpo paralizado, así como la mano izquierda.

«Es un cuadro juvenil. Creo que hoy lo haría muy diferente. Pero ahora no puedo pintar. Los médicos dicen que debería hacerlo, pues la mano derecha está válida aún. Pero siento que me falta el impulso de la izquierda, de medio cuerpo…»

Los ojos se le llenan de lágrimas.

«También los médicos me dicen que debería conformarme con mi nuevo estado, pero yo me niego. Yo quiero curarme. Hago gimnasia todos los días, y ya estoy mejor.»

«Picasso -prosigue- le tenía mucho miedo a la muerte. No podía soportar que nadie le hablara de sus amigos muertos. Yo no le tengo ningún miedo. No tengo ningún interés en seguir viviendo. He estado mucho en Oriente, y he visto cómo en la India se quemaban los cadáveres y se esparcían las cenizas en el Ganges. No quieren saber nada de la resurrección ni de la reencamación. Para ellos, la carne es sufrimiento. Yo también quiero que me incineren.»

RAMÓN CHAO, EL PAÍS / Madrid / 22/04/1979   

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