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Morir con dignidad

7 marzo, 2012
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Por razones electoralistas, el año que acaba de desencadenarse lleva trazas de convertirse en el del derecho a morir con dignidad. Estamos ante una campaña más, e importante -después de las del aborto y del divorcio-, destinada a obtener la libre disposición del cuerpo; un acto esencialmente humano, que motivó aquella célebre frase con que Camus comienza El mito de Sísifo: «El único problema verdaderamente serio es el del suicidio. Juzgar si merece o no merece la pena vivir es contestar a la pregunta fundamental de la filosofía». Sólo hay un animal que se suprime voluntariamente la vida: el hombre. Lo más que hacen los otros es dejarse extinguir rompiendo, si podemos decir, los reflejos condicionados de su afectividad.

En Francia, uno de los primeros grandes debates de la televisión abordó este tema de la auto eutanasia, sensibilizados nuestros vecinos, y pese a todo amigos, por el reciente suicidio del escritor Romain Gary, y ya se anuncia la celebración en París de un gran congreso en el que participarán los principales tanatólogos del mundo.

También hace mucho al caso, por donde se comprueba la emoción sincera que producen los. ídolos derrumbados, el particularmente conmovedor de Jonny Weissmüller, aquella encarnación mítica de Tarzán, que arrastra la vida entre operación de estómago y operación de garganta, a los 76 años, en un hospital de Acapulco. «Johnny», ha dicho su mujer, «vive sólo para sufrir. ¿Por qué no se le reconoce el derecho de morir?».

Pero el verdadero empuje proviene de Inglaterra, donde la Sociedad para la Eutanasia Voluntaria, fundada en 1935, se ha desembarazado de su denominación original, un tanto repulsiva para el común de los mortales, y renace con fuerza bajo el nombre simbólico de Exit (Salida). En su cruzada por el derecho a partir antes que sufrir, Exit ha ganado 6.000 inscripciones en seis meses, ha elevado su capital social de 3.000 a 40.000 libras esterlinas, y su nuevo secretario, el barbado y un poquitín lúgubre Nicholas Reed, es asediado por los periodistas en el número 13 de Prince of Wales Terrace, sede de esta asociación filantrópica. A veces también le busca la policía, pues en Inglaterra la colaboración en un suicidio sigue siendo un delito. Y a Reed se le considera responsable de la publicación de un manual que explica lo que hay que evitar y hacer para deslizarse dulcemente hacia el más allá.

Son curiosos los británicos. La Guía para la liberación personal (Guide to self deliverance) está prohibida en Inglaterra, pero se vende -y bastante libremente- en Escocia y en el resto del mundo. Basta, en realidad, con escribir a Upper Kinneil House. Old Polmont. Stirlingshire, y por veinte libras no sólo se recibe el opúsculo con todos los ardides para matarse rigurosamente, sino que le hacen a uno miembro vitalicio de la asociación.

El libro del buen morir comienza, eso sí, aconsejando que no hay que eliminarse por un quítame allá esas pajas. No se deben tomar decisiones definitivas basándose en momentos emocionales que pueden ser pasajeros. Sólo se muere una vez, pero es por tanto tiempo… (La primera, larga, frase es de Proust; la segunda, corta y burlona, de Molière.)

Ahora, que si después de haber leído las primeras páginas disuasiones sigue pareciéndole al candidato a la autoeutanasia que la muerte le sería más soportable que la vida, lo que no quieren los de Exit es que le ocurra lo que al que se tiró desde el último piso del Empire State, con tan mala suerte que el viento se lo llevó hacia un saliente del edificio, guardándole la vida. O lo que al director de orquesta de tangos argentino Carlos di Zarli, que se quedó para siempre tuerto porque la bala que se disparó, destinada a darle el pasaporte para la eternidad, le rebotó en la bóveda craneana y le salió por el ojo derecho.

Y es que no resulta tan fácil suicidarse. Es cierto que a priori cualquiera se puede arrojar a un tren, tragarse unos gramos de arsénico o varios tubos de barbitúricos, y hasta desplomarse desde lo alto de un viaducto o de la torre Eiffel. Pero los resultados no están garantizados si no se tiene una buena base teórica. Hay que conocer el efecto de las drogas en relación con el peso del individuo (gramos de más pueden producir vómitos, expulsando el veneno; de menos pueden quedar cortos); se debe observar cierta prudencia para evitar la intervención de los amigos, y detalle que cuidan mucho los ingleses, por lo escrupulosos que son: conviene dejar unos despojos presentables, para no disgustar demasiado a la familia. En fin, last but not least, como dicen allí, siempre está presente el pensamiento de Pascal de que «no se muere sin dolor», lo que constituye un freno al acto aniquilador.

Los de Exit ponderan todos estos puntos, y consideran que mientras no se venda libremente la píldora inventada por un investigador alemán, que produce una «insensibilidad total» en menos de tres minutos (más radical e indolora que el cianuro, tan usado por los altos dignatarios nazis), su manual de auto liberación es el mejor método para aprender a morir serenamente.

Hay en él un cuadro con las dosis precisas de las sustancias letales, y la forma de adquirirlas. Explica varios modos de extinción, como la aspiración del monóxido de carbono que exhalan los tubos de escape de los automóviles, al alcance de todos los madrileños, sin que recomiende una forma u otra: la salida es libre. En algunas recetas, el manual mezcla varias posibilidades, como ésta: absorba una dosis de barbitúrico (véase el cuadro); métase en el baño; llénelo de agua caliente; vierta luego agua fría; el agua de la bañera se irá entibiando lentamente, a la par que usted va perdiendo la conciencia y sumiéndose en la nada. Puede abrirse las venas, aunque más vale morirse de una sola muerte que de varias, según la filosofía popular mexicana: «El día que la mataron / Rosita estaba de suerte;/ de tres balas que le entraron/ una sola era de muerte».

Algunos remedios están particularmente estudiados para las personas que viven solas, y a los paralíticos que no pueden acortar una vida particularmente atrozsin ayuda Exit se la presta generosamente. En este sentido, dos casos recientes han contribuido a difundir la imagen de Exit, a la par que crearon más problemas judiciales a su presidente. Uno, el de la madrina del diputado conservador Winston Churchill, sobrino del impenitente fumador de habanos. La señora sufría suplicios infernales en la tierra por causa de un cáncer incurable. Decidió inscribirse en Exit, y al cabo de unos días dejó de padecer gracias a uno de los fármacos infalibles que le recetaron.

El otro caso es el de una anciana paralítica por una esclerosis en placas. Apenas podía espantar las moscas con la mano derecha. Era completamente imposible, pues, que se hubiera preparado ella misma la muy lograda mixtura de barbitúrico y alcohol que acabó con sus dolores. La policía descubrió que acababa de inscribirse en Exit.

Al reverendo Chad Varah, presidente de una organización que combate el suicidio llamada Los Samaritanos, y al colegio médico inglés, que Ve en la eutanasia la negación de la Medicina, Nicholas Reed contesta que la verdadera prevención contra la muerte consiste en mirarla de frente.

Y es cierto. Durante siglos, la muerte ha sido una representación asumida por la familia y por la colectividad, a veces el ‘broche de una vida. Solyenitsin cuenta: «De repente (a Efrem, un niño de trece años) le vino a la mente la forma cómo morían los viejos allá en sus tierras, tanto los rusos como los tártaros o los udmurtios, sin fanfarronerías, sin dar la ¡ata a nadie, sin presumir de que iban a morirse. Todos admiten la muerte apaciblemente. Y además de no retrasar el momento de rendir cuentas, se preparan dulcemente y con tiempo, designando a los herederos de la yegua, de la burra, y se extinguen con una especie de alivio, como si se tratará, sencillamente, de mudarse de isba».

En 1840, una familia francesa, los Ferronays, se vio diezmada por la tuberculosis. Uno de los jóvenes que murieron acababa de casarse. Su mujer nos dejó un relato de este deceso, que termina así: «Sus ojos me miraron fijamente, y se quedaron inmóviles;. Entonces sentí lo que nunca hubiera imaginado. Sentí que la muerte es una felicidad».

Hoy, en cambio, en nuestra civilización occidental y en las grandes ciudades, se ha llegado a considerar la muerte como un acto indecoroso: «El hombre oculta la muerte como oculta eI sexo o los excrementos», dice Edgar Morin. Poder oficiar uno sus últimos momentos sin esperara extinguirse en un hospital, entre tubos y máscaras de oxígeno; evitar los decesos anónimos decididos por tanatócratas que pueden prolongar la vida indefinidamente, según criterios ajenos al del principal interesado; disponer de su cuerpo ante la muerte, son las principales reivindicaciones de las asociaciones por un final digno.

Yo siempre he tratado de evitar las visitas mortuorias, que le tengo mucho miedo a los aparecidos, pero aún me queda la gracia de la extinción del señor Rosendo de Miragaya, en la parroquia de Boizán. Un carro de vacas le había esmagado la pierna izquierda y murió de gangrena entre dolores atroces y olores mefíticos. El señor Rosendo se negó a que le amputaran la pierna, lo que le podía haber salvado la vida. Reunió a toda la familia, mandó que le subieran a la habitación a las dos vacas que tenía, lo que no fue menuda tarea, por lo empinado de las escaleras (la Linda se portó muy dignamente; la Marela no estuvo a la altura de las circunstancias), y que le pusieran a los pies de la cama la foto de su hijo Arturo, que había emigrado de niño a Cuba. Seguro que aquel día fue uno de los más felices de su vida. Mutalis mutandis, como el último del escritor japonés Mishima, cuyo hara-kiri ritual fue, según Marguerite Yourcenar, su más bello poema.

RAMON CHAO. EL PAÍS, Madrid 03/04/1981.  

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