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Cartouche (1693-1721): isla de San Luis

12 marzo, 2012

Vayamos hoy a la Isla de San Luis, mejor dicho, debajo de su puente, donde se escondía el bandido generoso Cartouche, sin duda el más popular de la historia de Francia (1693-1721)

Salimos por una puerta lateral conmocionados por la diatriba del dominico disfrazado, a quien debemos también un indispensable Diccionario enciclopédico de Historia. Ahora atravesamos la pasarela peatonal de Saint Louis, detrás de la catedral, que une la Isla de la Cité con la de San Luis, para hablarles de la isla homónima donde nació París.
Dice Julio César[1] que en tiempos pretéritos el villorrio de los Parisis se llamaba Lutecia, mientras que Ptolomeo y Estrabón le atribuían el nombre de Leukoticia. Cuando en el año 52 se acercan los romanos, los Parisi abandonan la tierra e incendian los puentes.

Entremos en en estos lugares primigenios y visitemos el muelle de Anjou (que así le dicen desde finales del siglo XVII en honor del hermano de Louis XIV), con sus mansiones señoriales coronadas en el número 19 bis por la residencia de Marc Chagall.

Habíamos venido a visitar a Chagall hacia 1965 con su colaborador Gardy Artigas. En aquellos momentos estaba dibujando los bocetos de Boris Godounov, la Flauta mágica y Tristán e Isolda para la cúpula de la Ópera de París. Joannet (Gardy Artigas), a sus veinte años, le ayudaba a mover los materiales, pues a los ochenta el maestro trataba de no meterse en esfuerzos desriñonartes.

La isla Saint-Louis se formó con la unión de dos islotes y fue urbanizada en el siglo XVII; es un lugar apacible de residencias costosas que mantienen un aspecto provinciano. Un paseo por sus calles permite alejarse del ruido callejero, de la multitud de turistas que invade la Cité. Vayamos por el puente a la calle Saint Julien le Pauvre, veinte metros hacia el sur. Para alcanzar el lado izquierda del Sena cojamos el Petit Pont, justo enfrente.

Desde arriba vemos el lugar del muelle en el que se ocultó Cartouche, uno de los grandes bandidos justicieros del siglo XVII. Cuando buscó refugio acababa de arder el puente; sólo quedaban algunas estructuras de madera donde se reunía el hampa ; lugar siniestro, incómodo, mal frecuentado y de los más seguros para los facinerosos: la policía se lo pensaba mucho antes de entrar en él. Cartouche se arregló un escondrijo con unas mantas robadas en el vecino hospicio Hôtel-Dieu. Su primera semana fue espeluznante, inundado de parásitos de arriba abajo y en medio de rufianes mantenidos a raya gracias a un trabuco del que jamás se apartaba. Salía de la madriguera solamente al atardecer par cenar en una taberna. Su suerte fue mejorando poco a poco por el prestigio ganado entre los bandidos cuando la Regencia. La economía francesa se desmoronaba tras el reinado de Luis XIV, debido a la emisión de papel moneda y el correlativo surgimiento de la especulación. El sistema del escocés Law provocó la creación de compañías de comercio con capital dividido en acciones. Los agiotistas amasaban fortunas con meras firmas y exhibían su riqueza sin pudor.

Cartouche recaba la simpatía popular atacando a los nuevos ricos; le resulta fácil reclutar hombres, en particular desertores: armeros, tropa,  oficiales, encubridores y chivatos, que organiza con una estructura militar rígida. Llega a disponer de un ejército de dos mil efectivos que multiplica asaltos a diligencias, atracos de palacetes particulares y robos en joyerías. Irrumpen en las granjas aisladas y queman los pies a los propietarios hasta que consiguen el escondrijo de sus fortunas. Exasperada por la arbitrariedad de la regencia de Philippe d’Orléans, la opinión oscila entre admiración, pasmo y repulsa. La audacia de los bandidos y su desafío guasón al poder divierte al pueblo, de modo que las autoridades se ven abocadas a poner coto a una situación que ridiculiza a la monarquía.

El 14 de octubre de 1721, después de cuatro años de guerra, Cartouche  cae en manos de las fuerzas enemigas. Se había escondido con cinco de los suyos en una taberna ( ¡ llamada precisamente Pistolet!) y uno de ellos lo traiciona. Lo pillan cuando estaba cosiendo pacíficamente su pantalón. Irrumpen siete soldados y le sueltan “¡Ríndete en nombre del rey!” Enjaulado en una gayola se lo llevan a la prisión de Châtelet. Todo París y el Todo París se precipitan a ver a Cartouche: el pueblo llano, miembros de la nobleza, François Dumouriez du Périer, inventor de la bomba contra incendios y actor de la compañía de Molière e incluso la mariscala de Boufflers[2]. Esta se presenta acompañada de un personaje enigmático, especie de rico comerciante vestido con un abrigo de piel de marta, al parecer el mismísimo Regente[3]. El Teatro Francés monta en 1721 una obra titulada Cartouche o los ladrones. Se dan otros espectáculos hasta que los barbudos del Parlamento se irritan y deciden transferirlo a la Conciergerie. Ante lo que le esperaba, Cartouche declara que él no es Cartouche, sino “Jean Bourguignon, nacido en Bar le Duc, donde resido, mercader de tejidos de veintisiete años, llegado hace unos días a Paris». Añade que no sabe leer ni escribir, le ponen a su madre delante de las narices y no la reconoce. Sigue proclamándose inocente unos pocos días más; al cabo admite sus culpas y firma la confesión con una cruz. Él y siete lugartenientes son condenados a la rueda.

A mediodía del 28 de noviembre lo trasladan a la plaza de Grève, donde le espera un público cuantioso acomodado en sillas reservadas con varios días de antelación. A las tres de la tarde aparece el reo con el verdugo, armado éste con una porra guarnecida de hierro. En seguida comienza a triturarle los miembros a trancazos y coloca el cuerpo en un aro asentado en un poste.

Todos los relatos que nos llegaron de esos instantes coinciden al describir el valor del ajusticiado. Termina el suplicio con la muerte y la exposición del cadáver en una barraca construida ad hoc. Miles de personas se inclinan ante su cuerpo los cuatro días en que permanece insepulto. Se forma un movimiento popular basado en leyendas, poemas, canciones, obras de teatro, y en el siglo XX películas que magnifican su imagen, transformándolo en un símbolo de la opresión de los poderosos.

 A lire : Gilles Henry, Cartouche. Edi. Taillandier
-Michel Peyramaure, Les trois bandits. Robert Laffont
– Michel Ellenberger, Cartouche, l’histoire d’un brigand  et un brigand devant l’Histoire. Edi. Les bandit de la Bibliothèque.
A voir : «Cartouche », de
Philippe de Broca, avec Jean-Paul Belmondo et Claudia Cardinale, musique de Georges Delarue.


[1]              Comentarios, VI, 3

[2]              Marie-Charlotte Hippolyte de Campet de Saujon (1725-1800). Particulièrement intelligente, femme de lettres, de plaisirs, belle et adulée de plusieurs, Mme du Deffand la surnommera «l’idole». Elle écrira des maximes d’une haute valeur morale.

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