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Resurrección de la Opera

14 marzo, 2012
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No hace mucho la dábamos por perdida, y con nostalgia añorábamos a los tenores empolvados, ojos de purpurina, que gesticulaban arias en decorados de cartón-piedra y a los que respondían sopranos o contraltos corpulentas cuya última representante podría haber sido Monserrat Caballé.

La ópera era un vestigio, rayano en lo grotesco, del mal gusto de una época. Paul Valéry, tan fino y delicado poeta, podía escribir sin que nadie le reprochase su falta de sensibilidad, entre otras lindeces: “La ópera es un caos; un espectáculo grosero“.

Y ahora, en menos de diez años, surge de nuevo este género, pero ya como fenómeno popular. Películas ( “Don Giovanni” de Mozart por Losey, “La Flauta màgica” por Bermann, “Tosca”, Cosi fan tutte….) ; festivales como el de Aix-en-Provence, Burdeos, Orange; ediciones de los libretos más importantes, como los de Lorenzo da Ponte, el colaborador de Mozart, la creación de nuevos teatros, como el dela Bastilla en París…

Tan de moda está la ópera que una célebre psicoanalista que no pierde una ocasión de callarse, Cathérine Clément, nos sale diciendo que los libretistas de ópera son unos misóginos inveterados. En un libro establece la lista exhaustiva de las que llama “grandes muertas”; es decir, heroínas de ópera que hubieron de elegir – única salida para ellas – entre puñal y el veneno: Norma, Isolda, Melisenda, Carmen, Tosca y tantas otras que mejor les hubiera valido, diría esa doctora, en recurrir al diván, digo yo. Inconscientemente, sin duda, se olvida de Popea, coronada de forma sublime por Monteverdi; de Medea, pregonera de la victoria de las madres; de Leonora de Beethoven y de todos esos personajes femeninos que figuran en la gran burla del machismo que son “Las bodas de Fígaro” y “Cosi fan tutte”.

Un adelanto técnico, la aparición del microsurco, impulsó el renacimiento de la ópera. En los antiguos gramófonos sólo se escuchaban los sempiternos “Adios a la Vida”, “Un bel di vedremo” y “La dona e mobile”, mas el panorama cambió cuando se pudieron escuchar las ópera completas. Porque se descubrió al divino Mozart. Se le considerada un compositor delicado, maravilloso, pero sin genio dramático.

Hasta mediados del siglo pasado apenas se habían montado sus obras, y de Don Giovanni, por ejemplo, se conocían las arias de los barítonos y los dúos con Zerlina. De “Las Bodas de Fígaro” quedaban las marchas turcas y militares, impregnadas de intenciones irónicas. Así resucitó el Mozart genial, autor de cuatro óperas esenciales en el repertorio. Ahora se sabe que colaboró estrechamente con sus libretistas da Ponte y Schikaneder, y además de componer la música, creó situaciones de un dramatismo eterno.

Ramón Chao Konciencia Social, 31.12.2002

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