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No sé quién soy

16 marzo, 2012

Desde mis dieciocho años practico de forma regular la lectura de Cervantes, y sigo obsesionado por el pasaje aquel donde el labrador, que el Caballero toma por Rodrigo de Narváez, le dice al vapuleado don Quijote, quien a su vez se toma por los doce Pares de Francia reunidos: Mire usted; que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni vuestra merced es Valdovinos, sino el honrado hidalgo señor Quijana.

– ¡ Yo sé quién soy! responde don Quijote. Siempre me impresionó eso de que un alienado sepa quién es, cuando uno, que se toma por cuerdo, está inseguro e incierto de su personalidad.

Mis dudas empezaron desde muy pequeño. Mi padre volvió de Cuba sin un centavo y con la ilusión: de que uno de sus hijos llegara a ser pianista, compositor; algo así como Rubinstein y Beethoven juntos.

Tuvo seis hijos, y a todos nos obligó a estudiar solfeo y piano. Ninguno de nosotros era un Mozart, y cuando se percataba de ello lo sacaba del teclado para ponerlo a trabajar en el hotel, como mano de obra gratuita. Así hizo con cinco. Yo era el sexto, y último, y se encarnizó conmigo. Y aquí comienzan mis problemas, mi calvario, mi duda existencial, como entonces no se decía.

Mi padre empezó a sobornar a alcaldes, gobernadores, profesores, ministros, etc con jamones, lacones o chorizos, dependía de la importancia del sobornable. El primero, fue el presidente de la Diputación de Lugo, gracias a los productos porcinos, para ir a estudiar piano y bachillerato a Madrid.

Hay que decir que por el hotel habían pasado don Fernando Alvarez de Sotomayor, director del Museo del Prado y retratista oficial del Caudillo, a quien mi padre no le cobró el banquete para no sé cuantas personas que le propinó en el hotel. Y el ministro de la guerra Muñoz Grandes, que recibió el mismo trato. Ambos intercedieron por mí y me fui a Madrid a los diez años. Hasta allí llegó la marrullería de mi padre.

El director del Conservatorio, don Nemesio Otaño, el secretario general, don Francisco Fuster, el profesor de armonía, don Benito Gracia de la Parra y otros muchos cada año, poco antes de fin de curso, recibían regularmente un paquetazo con los mejores productos de nuestras cuadras, y yo sobresalientes a porrillo. Yo estaba convencido de que se los debía a los tejemanejes de mi padre que a mis valor musical.

Más tarde, a los veinte años, y gracias esta vez al Comisario de Educación Nacional, me propulsaron a París, previo concierto probatorio en Lugo. Lo preparé en Vilalba, con la presencia continua de José Ramonde Rubido, tío, miren ustedes por donde, del director de ABC. Siempre tropezaba en unos compases, y estaba desesperado. Llega el concierto, me acerco al pasaje fatídico, tiemblo, me embrollo, y mi amigo irrumpe en aplausos y bravos; lo imita la sala y termina el concierto de forma triunfal.

Y heme en París a los veinte años, tras el descalabro lucense y con una beca muy sui generis. Una beca palabral como dicen en la  aldea), o verbal, es que se concede sin papeleo. Consistía en estancia gratuita en el Colegio de España de Paris y algo de dinero mensual.

Al cabo de dos meses, la dirección me pasa factura. No; le dije: yo estoy con una beca palabral. Estupefacción. Ni corto ni acomplejado, le escribí al Comisario de Madrid,Manuel Fraga Iribarne, quien me respondió inmediatamente: “Lamento mucho el percance. Ahora mismo le doy ordenes al señor Lago para que le pasen la beca destinada a otro estudiante”

En 1955 nuestros gobernantes eran mucho más francos, o franquistas, quién sabe. Ya no sabía muy bien quien era yo, si valía o no valía como pianista, y encima ocupaba el lugar de otra persona. ¿De quién? No lo quise saber, y había de qué angustiarse.

Andaba yo por París con esa pinta que decían entonces de los españoles, “morenos, generalmente bajitos y con cara de mala leche porque se creen que no follan bastante”, cuando me abordó una recién casada, joven como yo entonces, y que acababa de festejar su unión con un jesuita repiso. Me dio cita para el día siguiente, y nos seguimos encontrando bíblicamente durante unos tres meses. Al cabo nos separamos, no sin que antes me aclarara: Estuve contigo porque estoy enamorada de un pianista gallego como tú, y que también se llama Ramón.

De modo que es una cosa más que le he de agradecer a mi querido Moncho Castromil. Poco tiempo después se inició una etapa importante de mi vida: entré a colaborar en la revista Triunfo. Vino a Paris Eduardo G. Rico en busca de un corresponsal. Me lo propuso, acepté y al cabo de los años me confesó que se había equivocado. Esta vez fue por llamarme Ramón Luis. En realidad buscaba a Ramón Luis Acuña. Cuando me lo contó ya Acuña había regresado a Madrid, así no tuve que arrepentirme ni devolverle el puesto.

El espacio no da más de sí, pero les seguiré contando. Muchas más cosas me ocurrieron. Pero ahora creo, como Borges, que las casualidades son en realidad citas, y que – en esto sigo a Pasteur -, para aprovecharlas hay que estar bien preparado.

Ramón Chao Konciencia Social 07.02.2004

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