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Suso deToro. Siete palabras

17 marzo, 2012

Siete palabras, de Suso de Toro. Alianza, Madrid, marzo 2010. 386 páginas, 18,50 euros

En algún momento de la vida pasamos por bajones, momentos depresivos que nos incitan a mandar todo al cuerno. Un astro fulgurante y juvenil de la poesía, Arthur Rimbaud, se eclipsó en plena gloria, reapareciendo años más tarde en Abisinia como negrero y tratante de armas.

No es este el caso de Suso de Toro, pero en algo se le asemeja: hastiado de “tener que acudir a saraos, cuchipandas, de hacer el payaso para llenar el puchero de garbanzos”, el Premio Nacional de Narrativa 2003 y de la Crítica en 1994 anuncia que abandona la escritura para volver a la docencia en un instituto.

Antes de tomar tan drástica medida, de Toro quiso dejarnos un texto híbrido y terapéutico, entre novela y autobiografía; libro sobre sus orígenes, búsqueda de indentidad centrada en un abuelo perdido, del que ni siquiera conocía su nombre aunque le debiera el apellido.

Obsesionado con la identidad y los enigmas de su carácter, Suso de Toro emprende un viaje iniciático, equipado de numerosos recursos narrativos. Entrecruzando con acierto distintas voces y notas trágicas con las de humor, nos brinda una obra literaria de múltiples facetas. Se dirige en segunda persona a su personaje, convertido en su alter ego.  Autor y personaje, hurga en la historia de su abuelo Fautisno, muerto en extrañas circunstancias, nacido en un hospicio y que una vez casado y con dos hijos lo dejó todo para ir a Cuba a enriquecerse.

País de emigración y desaparecidos, además de contar con meigas y la Santa Compaña, Galicia constituye una materia fecunda para escritores. En La República de los sueños, Nélida Piñón retraza la vida de Madruga y Venancio, huidos a Brasil en busca de los paraísos de ultramar. Como Nélida, Suso de Toro sacude al lector y le transmite el sabor de uno de los pocos países del mundo en el que sobrevive el misterio.

Todo había empezado durante un viaje familiar a Toro. En una noche de insomnio, el narrador se percató de que no sabía nada de su abuelo ni de sus orígenes, que indudablemente debían de hallarse en esta ciudad zamorana. La pérdida de memoria de su padre y un susto (durante tres fatídicos segundos se vio ante un espejo con medio rostro paralizado), actúan de catarsis que le impulsan a emprender un periplo en busca de huellas que recompongan el árbol genealógico truncado, que permitan el acceso al otro lado del espejo nublado en la mente paterna.

Un libro ha de servir para curar o cicatrizar heridas o incluso vacíos personales. Ahora bien, el escritor está obligado a creer en el poder de lo que escribe, si no su palabra sería inútil. “Siete palabras” debe servir para que de Toro recapacite, permanezca en la literatura y Galicia no pierda a uno de sus escritores con más sabiduría y de los intelectuales de mayor criterio.

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