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Albert Einstein, la inocencia cósmica

18 marzo, 2012

Existe un enigma Einstein, como hay un misterio Picasso o un secreto Schöenberg. Por eso, al margen de todos los artículos y conmemoraciones que recuerdan el centenario de su nacimiento, sería conveniente analizar las razones por las que este hombre, después de haber sido un niño retrasado para hablar, un estudiante mediocre rechazado por la Escuela Politécnica y suspendido en el doctorado en 1905, se convirtió en el científico más importante y popular (en el sentido en que lo fue también Picasso); en un sabio con aureola de cabellos blancos -conciencia del mundo- que nos presentan, sus hagiógrafos; en ese investigador atormentado por las consecuencias de sus descubrimientos, que pasó los últimos años de su vida empeñado en introducir algunas dosis de ética en los trabajos de los laboratorios; en uno de los hombres -concluyo- que rompieron las certidumbres del pasa do para que pudiese estallar el siglo XX. Picasso y Schöenberg se encargaron de violar las referencias estéticas; Nietzsche, Freud, Marx y Kierkegaard, las morales, y él, Albert Einstein, las científicas.

El poeta adivina el alma de la naturaleza; el sabio sólo sirve para acumular los materiales para su demostración, dijo -y lo cito de memoria- Henri Frederic Amiel. Todos los biógrafos de Einstein concuerdan en que de niño y de adolescente prefería la música, la poesía y la literatura a la ciencia. Luego, ya en la universidad, tanto o más que las aulas, frecuentaba las tertulias de Berna y de Zurich, en las que se reunían filósofos y políticos exiliados de Rusia, de Austria y de Alemania. Su fórmula E= mc2 sería tanto el resultado de sus estudios científicos como de la intuición de su fantasía. Algunos de sus exegetas aseguran que la elaboró después de haberla soñado, igual que un sueño reveló a Descartes su «maravilloso descubrimiento», la duda metódica. ¿No parece cosa onírica el que a gran velocidad los relojes se retrasen, los volúmenes de las masas aumenten, los metros empequeñezcan a medida que se llega a la velocidad de la luz, único elemento invariable y que no puede ser sobrepasado? Esta teoría de la relatividad, que habría de sorprender a los científicos adultos (farsa colosal de un judío, se dijo en Alemania), hubiera parecido normal a Alicia, que crecía y menguaba como un telescopio. ¿Y no es digna de un cuento de Borges la explicación que daba de la teoría de la relatividad el científico Paul Langevin a través de la parábola del viajero?: «Un hombre se aleja de la Tierra a una velocidad cercana a la de la luz. Cuando regresa, al cabo de un año -un año, digamos, terrestre-, se encuentra con que la Tierra ha envejecido dos siglos y así sus habitantes, mientras que él ha envejecido doce meses.

Nietzsche, otro amante de las parábolas, aconsejaba ver el mundo con ojos de niño. Zaratrusta los expresaba de otro modo, más poético: «De qué es capaz un niño que no lo es el león? ¿Por qué es necesario que el león se convierta en niño? El niño es inocencia y olvido, un volver a empezar, un juego, una rueda girando sola, un primer movimiento, un yo sagrado.»

Todas las personas «normales» estamos convencidas de que existe una realidad, la que vemos y palpamos diariamente, y que la literatura, la poesía, lo que llamamos «imaginario», pertenece a un territorio irreal. En cambio, el hombre que posee el don de perpetuar la niñez sabe adivinar dónde se halla la parte oculta de la realidad. Para él, como para Baudelaire, la realidad absoluta está en un mundo muy amplio que denomina poesía.

Las mil anécdotas que conocemos de Einstein -así como de Picasso- demuestran que nunca perdió su espontaneidad infantil. Tenía el contacto directo de los niños, tanto con los estudiantes como con los reyes, con los políticos o con sus compañeros. A todos trataba con la misma naturalidad, y ante ellos se presentaba, si se terciaba, sin calcetines o les sacaba la lengua. Carecía de presunción y de afán de poder                      -características adultas-, y la principal preocupación de su vida consistió en crear condiciones de tranquilidad para proseguir en paz su trabajo, con la misma absorción que un niño en su actividad del momento.

Tal vez sea esta una explicación del misterio Einstein, pues es posible que se haya apoyado, más o menos conscientemente, en la noción de espacio y de tiempo que guardaba de su infancia, y que todos olvidamos cuando crecemos y nos educamos. Es lo que piensa el profesor Herman Bondi: «Puede ser que en las ideas que nos formamos de la física en los tres primeros años de nuestras vidas estén contenidos implícitamente principios de gran importancia. Las experiencias del espacio que adquirimos antes de abandonar la cuna, y del tiempo, cuando nuestra memoria está aún virgen, pueden ser muy diferentes.»

Einstein fue, por otra parte, el primer científico en comprender claramente que ciencia y sociedad no son dos sectores autónomos con vida separada, y que sólo se encuentran accidentalmente.

Alfred Nobel ya había sufrido durante los últimos años de su vida por el empleo bélico que se hacía de la dinamita, que él imaginara para fines pacíficos. Pero después de Einstein ningún físico, ningún químico y, menos aún, ningún genético      -que hacen manipulaciones en un sector sagrado, absolutamente prohibido por la moral griega, Jacques Monod dixit- puede argüir que se dedica a la ciencia pura, y que no es responsable de la utilización que hacen los poderes públicos de sus descubrimientos.

En 1939, por muy pacifista que fuera desde 1920, Einstein llegó a la conclusión de que «a Hitler sólo se le podía oponer la fuerza ». Aunque no trabajaba directamente en las investigaciones nucleares, temía que los sabios del III Reich consiguieran la bomba A antes que los americanos. En el mes de agosto de 1939, actuando de portavoz de los investigadores del grupo Manhattan, firma la famosa carta dirigida al presidente Roosevelt: «Existe una posibilidad de provocar reacciones nucleares en cadena capaces de engendrar enormes cantidades de energía; este fenómeno permitiría la fabricación de bombas de un nuevo tipo y de una potencia incalculable … »Tras varios años de investigaciones, los sabios del grupo Manhattan logran la primera explosión de la bomba A el 19 de julio de 1945, a las cinco y media de la madrugada, en el desierto de Alamogordo. El profesor Oppenheimer, que había dirigido los trabajos, deslumbrado por el resplandor de la explosión y aterrorizado por el humo del champiñón radiactivo, recuerda una frase de un texto sánscrito: «Desde ahora me convierto en un compañero de la muerte, en un destructor del mundo.»

La imaginación popular designa a Einstein como « el padre de la bomba». Los desastres de Hiroshima y de Nagasaki, la elaboración de la bomba H y el descubrimiento de que los soviéticos disponían también de la bomba A ponen de relieve la responsabilidad de los científicos. Einstein lucha por el desarme general y por la creación de un Gobierno mundial que controlase las armas nucleares. ¿Qué pasaría si estalla una tercera guerra mundial?, le pregunta. Contestó que en ese caso los hombres harían la cuarta guerra a pedradas.

La carta que había dirigido a Roosevelt le atormentaba, tanto más cuanto que luego se comprobó que los temores de adelanto nazi en el terreno nuclear eran infundados. «Si hubiera sabido que nuestras sospechas iban a resultar infundadas, nunca hubiera escrito esa carta.» Se muestra apenado por «el desarrollo del militarismo de EEUU» y porque «los americanos se parecen cada vez más a los alemanes». Inicia una campaña internacional en los medios científicos para denunciar los peligros que acechan a la Humanidad, para ponerlos ante sus responsabilidades de ciudadanos y para crear «una nueva forma de pensar, indispensable si la Humanidad quiere sobrevivir».

«En el momento decisivo -y espero ese momento grave- gritaré con todas las fuerzas que me queden.»

Ese momento decisivo le llegó el 18 de abril de 1955, en Princeton, a la una y cuarto de la mañana. Nunca se sabrá cuáles fueron sus últimas palabras, pues la enfermera que le cuidaba no comprendía alemán.

¿Por qué no habría dicho la frase de Rabelais, que explica las razones de su carisma popular y aclaran su enigma?: «Ciencía sin conciencia es la ruina del alma. »

RAMON CHAOEL PAÍS / Madrid / 07/04/1979 

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