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El hombre que amaneció italiano, de Carles McCragh i Prujà

21 marzo, 2012

El hombre que amaneció italiano, de Carles McCragh i Prujà,  72 págs, 14×21 cm. Ediciones Antígona, 2011, 72 pág., 8 euros.

Luis de Pablo suele decir que los italianos son españoles logrados (réussis); lo ignoraba Baldomero Becerra, probo carnicero salmantino cuya vida discurría entre carcasas de bueyes y solomillos de ternera, en un ambiente burgués de gente siempre preocupada por mezquinas preocupaciones cotidianas.

El autor nos cuenta la vida de Becerra en forma realista, hasta los mínimos detalles; pero  los hechos escapan a las leyes del espacio y del tiempo, convirtiéndose en signos de una realidad trascendente.

Por su simbolismo realista y el esfuerzo en objetivar con palabras un estado de alma puro, El hombre que amaneció italiano, al tiempo que prodigioso logro literario, constituye uno de los documentos más característicos de una literatura muy en boga.

No es extraño que una noche, sin quererlo ni recordarlo, el personaje se embosque en una sucesión de imágenes, músicas, ruidos y palabras que le estremecen, y se cierna sobre él una fantasía onírica procedente de la región más oscura e inconsciente de su persona.

Se levanta titubeando; en pijama y zapatillas camina confuso por la habitación, extraña y familiar a la vez, igual que la persona que había dormido a su lado. No recordaba donde estaba ni lo que hacía. Le sorprendió una voz procedente del cuarto de baño:  -¿Quieres que te deje el lugar? Reconoció la voz, aunque las palabras le resultaron extrañas.

¿Cosa dice?

Lo que sucede luego parece anecdótico: el asombro de toda Salamanca, de los psiquiatras; el desconcierto de los curas, incluso del exorcista mayor que le suelta latinajos y solo consigue hacerle reaccionar con un insolente “Ego te absolvo pecatus tuus….” Esta absolución llena a Baldo de angustia, se agita y consigue balbucear:  -No padre, no.

Seguro de haber resulto el caso con estas Divinas Palabras, el sacerdote corre a su novena y el neo italiano se encierra en su habitación, seguro de que algo tendría que suceder:  Una verdad que llega hasta el lenguaje, un tanto chapurreado, y nos prueba  que nuestra primera lengua no es la que llamamos materna. Antes, durante, entre palabra y  palabra, el ser humano vive en una región de silencios, sonidos, rumores, ecos primordiales y fraccionados.

En un largo paseo nocturno y estéril, Baldomero llega a los suburbios de la ciudad, y se topa con el cementerio. No podía más que esperar. Cuando amanecía sobre Salamanca vio que le acercaba un hombre y miró la desgastada foto que siempre llevaba. Cuando estuvo más cerca le hablo:

-¡Padre!

-¡Figlio, figlio: sei venuto cercarmi!

– Come arrivasti fino a Salamanca, padre?

Mi arrestarono en Alba de Tormes. Fu il’unico brigatista italiano!

Por su simbología realista, su esfuerzo en objetivar de alguna manera un estado de alma puro así una metodología mística, El hombre que amaneció italiano constituye uno de los documentos más característicos de una tendencia que predomina hoy en la literatura española.

Ramón Chao. Le Monde Diplomatique en español. Edición mensual. Nº 195, enero 2.012

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