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Silencio

21 marzo, 2012

Váyanse preparando. El día quince del mes próximo se celebra la Jornada universal del silencio. He aquí algunas pautas.

1. Según estudios realizados por dos profesores de la Universidad de California, en las zonas cercanas a los aeropuertos nacen, proporcionalmente, más niños anormales que donde no hay ruido de aviones. Nowel Jones y Judy Tauscher, que así se llaman estos investigadores, precisan que las taras de los recién nacidos van desde la ausencia de cerebro hasta la aparición de un dedo suplementario.

2. El profesor Tremolieres, de la Academia de Medicina de París, considera que, tarde o temprano, el ruido condena a los habitantes de las grandes ciudades a la sordera y a la locura, pasando por enfermedades del corazón y úlceras de estómago.

3. Si los poderes públicos no lo remedian, en el año 2000 seremos todos sordos, escribe la muy seria revista científica inglesa World Medecine.

4. El alcalde de Aix-les-Bains ha decidido sustituir las porras de los guardias municipales por aparatos destinados a medir los decibelios de las motos y de los automóviles.

5. Se ha fijado en setenta decibelios el límite que no se debe sobrepasar, so pena de lesiones graves; Buenos Aires, la ciudad más ruidosa del mundo, alcanza holgadamente esa cifra, y Madrid, que le va en zaga, se le aproxima en algunas zonas; en las discotecas se alcanzan fácilmente los 250. Schopenhauer asegura que la inteligencia del hombre es inversamente proporcional a la cantidad de ruido que puede soportar. ¿Qué pensará de nosotros?

Hubo un tiempo en que cada ciudad tenía su relieve sonoro propio, según la eufonía del idioma: el sonido de las campanas, los gritos de los vendedores ambulantes (¿se oye ahora en Madrid: Miel de la Alcarria, de la Alcarria, miel?), el resonar de los pasos en las losas o en los adoquines, el borbollar de las fuentes, los golpes del chuzo del sereno contra las aceras y la resonancia de su voz entre las callejuelas.

Muchas de estas cosas han desaparecido, y otras están ahogadas por el ruido uniforme de la circulación. Todas las máquinas motorizadas tienen en común el emitir sonidos que no aportan ninguna información, y lo mismo que la Singer introdujo la linearidad en el vestido, el motor aportó el ruido continuo y sin modulaciones, que no existe en la naturaleza. Desde que apareció el martillo neumático las aldeas gallegas perdieron los golpes arrítmicos de los picapedreiros, y con ellos, las canciones que acompañaban. ¿Cómo cantar al compás de una perforadora? ¿Cómo percibir, al son de esos artefactos, «la esencia misma, la fuente y el origen de toda música que es el muy agradable sonido que producen los árboles del bosque cuando crecen», como decía E. A. Poe?

Ya en 1830, en El rojo y el negro, Sthendal se aterró ante las perturbaciones que producían las máquinas en las capitales de provincia francesas: «Apenas se entra en la ciudad, se siente uno mareado por el estrépito de una máquina ruidosa y aparentemente terrible. Veinte martillos pesados, que caen, produciendo un ruido que hace temblar la calzada, son elevados por una rueda movida por el agua del torrente. Cada uno de esos martillos fabrica no sé cuántos clavos por día … »

Todavía a principios de este siglo se mantenía -luchando contra el ruido invasor- el relieve sonoro característico de las ciudades. Escribe Thomas Mann: «Nos rodea un murmullo semejante al del mar, pues mi casa está situada al borde del río, que baja rápidamente soltando espuma contra los grandes pilones lisos. Río arriba, hacia la ciudad, unos pontoneros se dedican a construir un puente; se oyen los pasos de sus pesadas botas sobre los maderos, y las órdenes de los capataces. Pero ya nos alcanzan los ruidos de la industria, pues hay, a unos cien metros hacia abajo, una fábrica de locomotoras. De esta forma, se mezclan en esta ciudad medio rústica los ruidos de la naturaleza, todavía replegada en sí misma, con los del trabajo humano, mientras que sobre todos se extiende el fulgurante esplendor de la hora matinal.»

Por aquella misma época, a la altura de la primera guerra mundial -nótese que también es la primera guerra motorizada de la historia-, los ruidos penetran en la música. Se dirá que la orquesta se había desarrollado de forma innecesaria, y que los sfforzandi de Beethoven eran tan agresivos como los ruidos de hoy; es discutible. Lo cierto es que en 1916 el compositor futurista Luigi Russolo publica un manifiesto en el que glorifica el movimiento de los pistones, la palpitación de las válvulas, los gritos estridentes de las sierras mecánicas, los saltos sonoros de los tranvías en los raíles… «Orquestaremos las puertas corredizas de los almacenes, el rugir de las multitudes, las algazaras de las estaciones, de las fundiciones, de las imprentas, de las fábricas eléctricas y de los ferrocarriles subterráneos».

Eric Satie incluye en Parade una máquina de escribir; Honegger imita la aceleración de la locomotora en Pacific 231; Prokofief compone Paso de acero; Molossov, La fundición de acero; Carlos Chávez, HP; Antheil, Ballet mecánico, con acompañamiento de hélices de avión; las meditaciones, los nocturnos y las pastorales dejan paso a las composiciones futuristas, y Russolo inventa una orquesta de vibradores, megáfonos, rugidores y bramadores.

¿Esta clase de música es soportable? Dos psiquiatras alemanas realizaron una experiencia con 208 instrumentistas de tres orquestas sinfónicas diferentes. Los músicos de una orquesta (la llamaremos A), tocaban únicamente música de vanguardia; los de la orquesta B dedicaban la tercera parte del tiempo a la música de vanguardia, y el resto, a la clásica; la orquesta C sólo tocaba música clásica. Resultado: las afecciones físicas y los problemas psíquicos aumentaban a medida que crecía la parte dedicada a la música moderna.

El 45% de los instrumentistas de la orquesta A (música moderna), sufrieron achaques del corazón, o tuvieron problemas circulatorios, y sólo el 32% de la orquesta C.En cuanto a enfermedades del sistema digestivo, se observaron en un 32% en la orquesta A, por un 10% en la B. Más sufrió con la música moderna el sistema nervioso: 32% de los miembros de la orquesta A sintieron perturbaciones psíquicas; 22% sufrieron insomnio grave, y 36%, jaquecas agudas, mientras que ningún instrumentista del grupo C se quejó de dificultades nerviosas.

Comentando estos resultados, la musicóloga y doctora alemana Numa F. Tetaz señala que la música de vanguardia produce perturbaciones por el ruido que hace: al ampliar electránicamente los instrumentos tradicionales; al introducir sirenas, motores de explosión y otros perforadores de cráneos; al combinar todos esos ruidos con una brusquedad calculada, muchos compositores cometen verdaderas agresiones sonoras. Estas no sólo ensordecen, sino que desorganizan el funcionamiento del sistema nervioso, del corazón y de los intestinos. Subraya el caso de varias interrupciones de ensayos debido a cólicos colectivos.

Todo esto para llegar a decir que los feligreses de Guadalupe, en el municipio de mi querida Villalba de Fraga, corren todos estos peligros por culpa de su ruidoso cura. Es cierto; no es tan grave como esa monstruosa sirena colocada en uno de los más altos rascacielos de Vancouver, que marca las horas tocando el himno nacional canadiense y que llega con la fuerza de setenta decibelios a un kilómetro de distancia. Ni mucho menos, como la célebre erupción del volcán Krakatoa, en Indonesia, los 25 y 26 de agosto de 1883, cuyos ecos llegaron hasta la isla Rodríguez, situada a 4.500 kilómetros. No es tanto, porque este es el ruido más fuerte que se ha producido en la historia. Pero los feligreses de Guadalupe en Vilalba están hartos de oír campanas (grabadas en cinta magnetofónica) desde las seis de la madrugada; les irrita que les metan por los oídos las novenas, los rosarios, los padrenuestros y las avemarías por medio de los altavoces que mandan la palabra del cura a través de prados y de regatos. Porque, como dicen mis paisanos, siempre los pone a tutiplén.

RAMON CHAO   EL PAÍS / Madrid . 14/09/1979

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