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Jusep Torres Campaláns (1903-¿1956?) Faubourg Poissonnière, 73. París (IX)

28 marzo, 2012

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Hoy, veintiocho de marzo, con tiempo primaveral, Ignacio Ramonet y Ramón Chao les proponen un paseo por la calle del Faubourg Poissonnière, en cuyo número 7 montó su taller Jusep Torres Campaláns. Pintor injustamente olvidado, gran amigo de Picasso, adversario irreductible de Juan Gris, Campaláns fue uno de los iniciadores del cubismo: “Hay que volver urgentemente a situar al hombre en la medida de las cosas y las cosas a su medida – decía –. Para es preciso romperlas, destruirlas, destrozarlas y empezar desde el desierto”.


Torres Campaláns permanece desconocido porque no aceptó las vanidades del mundo ni se plegó a la naciente sociedad de espectáculo: añadamos a esta ocultación su abrupta salida de Europa en 1950, para instalarse hasta el final de sus días (¿1956?) en la comunidad de los chamulas en el Estado mexicano de Chiapas.

Nacido en 1886 en Mollerusa, provincia de  Lérida, su biógrafo nos lo describe alto, fuerte, de grandes ojos oscuros, manos enormes, pies en consonancia; posée la potencia que sólo la tierra da a quien vive o ha vivido en relación directa con ella. Un payés (campesino catalán), hijo de payeses… Anarquista, catalanista y católico, pudo añadir Max Aub.

Ya había huido para escurrirse del servicio militar, pero su gran mutación se produjo con la guerra de España: ser catalán, amigo de Lorca, Malraux, Picasso, Dalí y Buñuel, bastaba para que lo acusaran de comunista, masón, judío y maricón ; así en 1939 volvió a refugiarse en el sur de Francia para ir de cabeza al campo de concentración de Le Vernet.

Se evade varias veces, lo cogen otras tantas, y es repetidamente rescatado por el cónsul mexicano en Marsella. Éste no logra evitar que las autoridades francesas lo metan en el sollado de un barco rumbo a Djelfa, en las montañas del Atlas sahariano. Otra vez el cónsul –digamos su nombre, Gilberto Bosques -, se las arregla para darle un pasaporte y sacarlo del infierno. Llega al puerto de Casablanca el 18 de mayo de 1942 con dos horas de retraso, cuando el carguero bogaba en alta mar.

Otra vez de clandestino, pasa tres meses disfrazado de niñera en una maternidad judía. Gracias al bendito Bosques consigue colarse en silla de ruedas en un barco que al fin lo llevará navegando a México, donde emprende una vida de agitador cultural en pintura, cine, literatura y teatro.

De vuelta a París tras la debacle de los nazis, y acostumbrado a los disfraces, anda por aquí vestido con una túnica larga y negra que lo asemeja a un pope. Aprovecha la indumentaria para entrar de rondón en el Sacré Cœur, subir al púlpito y ponerse al lado del orador con un discurso anarquista, estridente, que al otro deja sin voz. En lo cual también fue un precursor; este happening avant la lettre será plagiado por Michel Mourre* en la catedral de Notre Dame. Al pope lo acallaron con una manta ; e igual que a su plagiario, se lo llevaron ipso facto a la comisaría.

Durante su estancia en la capital, Torres patea minuciosamente sus calles, sobre todo las del «vientre de París », que así llamaban al mercado de abasto. Descargador de verduras, cierta vez le da por pisar el museo del Louvre. Al salir compra unos lápices de colores para ver qué caray le sale. Luego se encuentra con Picasso; el malagueño casi le sirve de mamporrero con unas señoritas del carrer de Avinyó de Barcelona. Tanto le gustó el asunto, que  (a Picasso) se le ocurrió llevar a aquellas prostitutas a un lienzo…

Siempre de izquierdas y de temperamento libertario, Jusep encuentra un sótano en este barrio, en el que se instala en 1950 y monta una imprenta con la que edita La Anarquía, de la que era propietario, director, dibujante, único periodista y tal vez lector. En ella disertaba sobre la mejor forma de hacer la revolución; no dentro de un lustro, sino mañana por la mañana. Lo primero que se necesitaba era dinero; la forma de conseguirlo, con tal de dedicarlo a la subversión, no le importaba a nadie. Fraguaba los planes más grandiosos y descacharrantes para falsificar millones de francos, libras o dólares; pensó en asaltar todos los bancos habidos y por haber, aunque luego los delitos se limitaron a hurtos e imitaciones de aficionado.

Expulsado de Francia, ha de apañárselas para agenciarse una visa de retorno, que falsifica en 1958. Entonces va y viene a gusto de cualquier lugar de Europa o América latina a París, analizando aquí y acullá el nuevo camino político y artístico que emprende el siglo. Esto le conforta en la anarquía y el cubismo: “Nazco con el cubismo; bueno, soy  un poquitín mayor: nací con Picasso […] ; Picasso tiene la misma edad que mi madre pero me es igual : nací con Picasso y con Georges Braque ».

Le hubiera llegado la gloria de no caerle encima la Segunda Guerra mundial : se le fue al traste una exposición que antológica de su obra que preparaba la Tate londinense ; sólo nos queda el catálogo del crítico Richard Town, con el que terminó por enemistarse. Modesto y altivo, Torres no admitía que disecaran sus cuadros: “El que explica se rebaja. Por eso, cuanto más críticos, más pequeños”.

Decepcionado, resignado, desaparece de Europa. Años después la prensa mexicana publica varias entrevistas que reflejan su desaliento: “No creo que sobreviva gran cosa del Arte Moderno. Es una época fea. Lo único divertido es que dentro de cien años el cubismo será tan difícil de explicar como hace cincuenta. Habría que hacer, después, otra cosa. Pero se atascaron. Tendrá que nacer otro Picasso, y eso siempre tarda”.

A lire : Max Aub, La vie de Jusep Torres Campaláns. Gallimard. Sin duda existe en castellano.

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