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Ahora le toca a Freud

5 abril, 2012

Cuando Freud desembarcó en Nueva York, acompañado por Jung, después de la primera guerra mundial, pensó y dijo que «con el psicoanálisis llevaba la peste a EE UU». En algo no se equivocó el médico vienés. Sus teorías se repartieron como una epidemia, pero no se trataba ya de una dolencia vergonzosa. Desde el Congreso Psicoanalítico de La Haya, de 1900, el movimiento maldito se había alzado al rango de institución reconocida, su jerigonza en un nuevo idioma, su mitología en ciencia moderna.

Vuelve el psicoanálisis a Europa fragmentado y compartimentado. Se introduce en todas las actividades (políticas, médicas y  literarias… ), erigiéndose en referencia obligatoria, en súper ideología. Comparte esta suerte con el marxismo, otro monstruo proteiforme que no acaba de agonizar, aunque la revolución se vista con irreconocibles disfraces.

Mas aunque nuestras sociedades tecno burocráticas proporcionen contingentes crecientes de desamparados al gigantesco aparato psicoanalizador (en los países capitalistas el número de neurosis alcanza el 80 %), la boga literaria del psicoanálisis no se refleja en la práctica: el National Institut of Mental Health informa a finales de los años cincuenta que únicamente, el 2 % de los enfermos mentales norteamericanos eran tratados con terapias psicoanalíticas. Por esa época ya había empezado el reflujo. El psicoanalista y profesor de Psiquiatría del Upstate Medical Center de Siracusa, Thomas Szasz, señala entonces que «el psicoanálisis se halla en vías de desaparición; está tan moribundo y carente de significación como el Partido Liberal en Inglaterra». Judd Marmor, ex presidente de la Academy of Psychoanalysis, confiesa que esta especialidad se está convirtiendo «en una rama sin importancia de la psiquiatría».

No importa. El psicoanálisis sigue formando e informando al hombre moderno, y lo que haya podido perder en eficacia terapéutica lo ha ganado en prestigio intelectual. Hasta que le llegó la contestación. Primero, con el anarquismo post -psicoanalítico, magníficamente ilustrado en EE UU por Norman O. Brown; luego, en Europa, con la publicación del libro de Gilles Deleuze y de Félix Guattari El anti-Edipo. Dedicado a Nietzsche, a Scheber, a Reich, a Artaud -a todos los que se atrevieron a «salirse»-, se propone la eliminación del famoso complejo de Edipo, al que acusan los autores de acerrojar el inconsciente en provecho de las fuerzas conservadoras, y de aniquilar los impulsos revolucionarios latentes en las «máquinas deseantes» que somos. Anna Freud ya había reconocido que el psicoanálisis llevaba camino de perder la simpatía de las nuevas generaciones, que empezaban a considerarlo como un instrumento para reconciliar a los hombres con una sociedad injusta.

Desde entonces proliferan los libros anti freudianos. Me referiré únicamente a los más recientes.

En Italia acaban de publicarse los trabajos de dos psicólogos de la Universidad de Nueva York, Seymour Fischer y Roger P. Greenberg. Para comprobar empíricamente las principales teorías de Freud, y su credibilidad científica, estudiaron más de 2.000 casos. Sus conclusiones son categóricas: «No existe prueba alguna de que los tratamientos psicoanalíticos produzcan resultados más duraderos o más complejos que otros, menos caros y menos largos.» Añaden que «no hay ninguna confirmación empírica de la tesis que asegura que los sueños son la expresión disimulada de nuestros deseos». Para estos dos profesores, Freud era un observador osado y genial, al que faltaba el rigor científico de un Einstein o de un Max Weber. Elaboraba sus teorías de modo intuitivo e incontrolado, lo que no hubiera sido demasiado grave si no se hiciese un uso desorbitado del freudismo, uno de los lugares comunes de nuestro tiempo, menos nocivo que el marxismo, pero culturalmente depresivo, dicen.

Catherine Clément, profesora de Filosofía de la Universidad de París I, en Los hijos de Freud están fatigados, acusa a los psicoanalistas de haber traicionado al psicoanálisis en su aspecto de «práctica social fundamental». El responsable de esta traición es el fundador de la escuela freudiana de París, Jacques Lacan, «que habla para que no se le entienda».

Contra la institución psicoanalítica reacciona Maud Mannoni, de la escuela lacanlana ella, en La teoría como ficción. Ataca a los psicoanalistas que se aferran a la teoría preconcebida y se empeñan en que los síntomas de los pacientes le correspondan. Niega que exista un evangelio freudiano erigido en valor definitivo. Recomienda que se escuchen un poco más las palabras del paciente y se olviden las del maestro. Preconiza la rehabilitación de lo imaginario y de lo subjetivo, y se refiere constantemente a los psicoanalistas anticonformistas, como Groddeck, Laing y Winnicott, y, en general, a los psicoanalistas de la «primera generación », los que no fueron psicoanalizados, y que vivían con la ilusión de descubrir cada día continentes insospechados.

Precisamente, Marie Balmary, en El hombre de las estatuas (por la afición que tenía Freud de coleccionar estatuas), somete al creador de la teoría a un psicoanálisis con un método irreprochablemente freudiano. Este libro está levantando rudas polémicas, al poner en entredicho las bases mismas del psicoanálisis, el complejo de Edipo del que no se había curado Freud. La muerte de Maurice Clavel, que se había lanzado con su natural agitación en la polémica, le restará a ésta mucho sabor.

Marie Balmary señala que para explicar el complejo de Edipo, Freud se refiere siempre a Edipo, universalizando su caso particular. Pero, en realidad, la tragedia empieza con la peste de Tebas. Unos habitantes mueren, otros dejan de procrear. Y todo debido a la «culpa» del padre de Edipo, Layo, por un crimen de seducción que acarreó el suicidio de la joven. La autora intenta descubrir las determinaciones inconscientes que llevaron a Freud a formular el complejo de Edipo, después de la muerte de su padre, en 1897, ocultando una parte del mito griego. Marie Balmary se pregunta si no es entonces cuando el psicoanálisis se desvió. A la luz de notas biográficas del propio Freud, o de resultados de estudios recientes, la autora concluye que Freud quiso ocultar, o mantuvo «reprimida», una «falta» de su padre. En primer lugar, Jakob Freud no estuvo casado dos veces, como se cree, sino tres. Segismundo es el fruto prematuro de su tercera esposa. Su segunda esposa, Rebeca, no ha dejado ninguna huella. Nada se sabe de su vida, ni de su muerte. Se ha emitido la posibilidad de un suicidio, aunque Marie Balmary no lo afirme. Es falsa también la fecha de nacimiento de Segismundo Freud. No nació un 6 de mayo, como consta en los archivos, sino un 6 de marzo. ¿Por qué esta falsificación? Tal vez debido a un embarazo inesperado de su madre, y a una unión precipitada con su padre; a la necesidad de respetar las «conveniencias» sociales.

Según Marie Balmary, todo está viciado en el psicoanálisis, puesto que el complejo de Edipo, por el cual se quieren explicar todas las represiones y frustraciones, nació de una primera frustración y represión. Para los freudianos ortodoxos, esto demuestra una vez más que en el origen de todo, incluso del psicoanálisis, se halla el complejo de Edipo…

La pregunta es: ¿Freud ha muerto, el psicoanálisis está llamado a desaparecer? No. Hace cosa de un siglo, Nietszche decretó la muerte de Dios, y ahora vemos cómo resucita en los campos más inesperados tan importante Señor. A Marx. lo quisieron asesinar las manos inexpertas de los nuevos filósofos, y en Africa y en Extremo Oriente sus discípulos se matan en su nombre. La tesis de Freud es que todas las actividades psíquicas son manifestaciones del instinto erótico c del instinto de destrucción. Eros y Thanatos. Las creencias que se basan en dos principios contradictorios como el bien y el mal, la vida y la muerte, etcétera, son capaces de explicarlo todo con esta tautología. Únicamente las teorías científicas son refutables, y tanto más se creerá poseer la ciencia verdadera cuanto más se viva en la fe metafísica. Estas concepciones del mundo, estas religiones o estas convicciones seguirán siendo, por los siglos de los siglos, salus infirmorum, refugium peccatorum, consolatrix aflictorum y auxilium cristianorum.

EL PAÍS / Madrid /RAMÓN CHAO / 23 /05/1979.

 

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