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Adiós a los sacramentos

8 abril, 2012

Según los datos demográficos de 2007, los hijos nacidos en Francia fuera del matrimonio son por primera vez más numerosos que los “normales”,. Los frutos de arrejuntados se elevan al 50,5%, frente al 48,4% registrado en 2006.

En lo que concierne a Galicia, el número de hijos de solteras se duplicó desde 1975, mientras que los bebés engendrados dentro del santo matrimonio se redujeron casi a la mitad. En 1999, el 13,8% de los bebés nacidos en Galicia eran hijos de madres solteras. Este porcentaje es inferior a la media del resto de comunidades (en torno al 16%), en las que el aumento de nacimientos fuera del matrimonio también ha ido aumentando de forma progresiva desde 1975. Las comunidades con mayor índice de hijos extramatrimoniales son Canarias, con un 30,8%; Madrid, con un 19,29%, y Cataluña, con un 18,68%, según los datos del anuario social de La Caixa.

Llegamos a una realidad muy diferente de lo que se contaba en Villalba en mi niñez, que se definía a un cura diciendo que era un señor a los que los fieles llamaban padre y los hijos tío. Y los obispos lo mismo, pero en tecnicolor. Más tarde, ya de mayor, cuando a los tonsurados (entre ellos, mi hermano Xosé) les dio por contraer matrimonio, se empezó a notar que la gente se casaba menos, y los únicos que lo hacían eran los ministros del Señor.

Según los sociólogos, esta evolución es una prueba del cambio progresivo en el modelo de familia tradicional, e indica el declive de los fundamentos de la Iglesia católica. Según lo que nos enseñaba el párroco, los sacramentos, instituidos por Cristo son signos sensibles y eficaces de la gracia. En ellos Él está presente para santificarnos por medio de la Iglesia. Tuvimos que aprender de carrerilla su número, siete, a saber, Bautismo, Confirmación, Penitencia, Comunión, Unción de los enfermos, Orden y Matrimonio. En cuanto a Orden, es decir, la consagración de sacerdotes, la situación para la jerarquía es angustiosa. Sin ir más lejos, la falta de vocaciones en la archidiócesis de Santiago, y en Galicia en general, junto con la edad avanzada de muchos santos padres, está obligando al Arzobispado a recurrir a presbíteros inmigrantes, a los que les facilitan ipso facto los papeles para atender a los fieles. El polaco Roman Wcislo, que lleva 15 años en nuestra tierra, se encarga de las parroquias de San Pedro de Busto, Santa Eulalia de Bando y San Cristóbal de Enfesta, para lo que cuenta con el apoyo de los angoleños José Katanga (en Bando) y Jamba (en Busto). También el colombiano Orlando Ordoscoitia sustituye al párroco de San Fins y Lamas, don Salvador, de edad avanzada y aquejado de problemas físicos que dificultan su movilidad.

Los seminarios están cerrados, y añoro el de Mondoñedo, donde cuando iba a ver a mi hermano me tronchaba leyendo dos carteles, uno frente a la fachada: “Fulano de Tal. Veterinario. Se hacen curas de animales”. Y otro en la puerta del establecimiento: “Se hacen de animales curas”.

Veamos ahora la confesión. ¿Quién la practica desde que se propagó el psicoanálisis? Yo salía alegre y dichoso después de haber descargado gratuitamente costales de inocentes pecados, cuando ahora tendría que pagar miles de euros a un psicoanalista, claro  que las faltas son mucho más gordas.

Creo que lo de la confirmación ya pasó al olvido y los bautizos se hacen por obligación y de varias maneras: inmersión o a domicilio. A mis hijos Manu y Antoine los bautizó don Alfonso de Burgás con agua del pozo, porque mi madre decía que sin este sacramento le parecían dos cochiños.

¡Cómo echo de menos aquel tintineo de campanillas al anochecer cuando los monaguillos llevábamos los Santos óleos a los moribundos! ¡Qué importantes nos sentíamos! Ahora se muere en las asépticas clínicas, sin acompañamiento familiar ni religioso. Y no me vayan a decir que por eso los finados se van de cabeza al infierno. La necesidad de misticismo aumenta y el catolicismo se deshilacha. Apenas quedan fieles ni curas. Y es cuando, para que no se aburran los que persisten, a los jerarcas de Madrid, empezando por mi compinche de travesuras aldeanas Rouco Varela, no se les ocurre más que lanzar a sus incondicionales cegatos a la calle.

RAMÓN CHAO EL PAÍS / Galicia / 13/02/2008    

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