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Ser Dalí para nada

9 abril, 2012

Escribe Cortázar: «Cuando quiero entender de entrada a alguien que me presentan sin mayores referencias, me las arreglo para sacar a Dalí de algún cajón del diálogo. Si me dicen (sintetizo una opinión que puede durar diez minutos): “Es un estupendo hijo de mala madre”, siento que hay contacto, y que todo puede andar bien. Si, en cambio, la respuesta se corta por el lado de: “Dejando aparte su pintura, es un ser moralmente despreciable”, cierro el cajón y me despido lo antes posible, porque está claro que me ha tocado aguantar a un señor bien, y pocas cosas me cuestan más que eso en la vida.»

Alejo, de entrada, la primera posibilidad de juicio mío sobre Dalí. Nunca pensé que fuera un estupendo hijo de mala madre, porque, entre otras cosas, en nada viene al cuento una honrada señora catalana.

Lo que sí me temía camino del parisiense Centro Beaubourg (donde se despliega una ferial retrospectiva de la obra de Dalí), después de varias semanas de resistencia, era caer en la segunda trampa: dejarme convencer de que, aun si fuera un ser moralmente despreciable, Dalí es un gran pintor.

Supe dominar mi alegría inicial al divisar desde la explanada las gigantescas e insípidas salchichas y butifarras que penden del techo, vecinas de un Citroën dotado de un fontanal tubo de escape que vierte agua en una cuchara de 32 metros de longitud; subí al ‘quinto piso, donde sigue la exposición. Y allí, nuevo contento.

Dalí no me decepcionó. Porque, en primer lugar, esta exposición retrospectiva es una trampa. En ella, y más especialmente en el catálogo, se ha insistido en su período más interesante, en su época surrealista. La obra posterior a 1945 apenas aparece representada. Se han escamoteado nada menos que 35 años de la vida de un artista.

Me alivió también que algunos de sus cuadros me hicieran sonreír, como pretenden, y algunos me agradasen, cuales La tentación de San Antonio o ciertas playas pobladas por imágenes inesperadas, pues de haber mantenido una actitud de rechazo total hubiera dudado de la parcialidad de mi juicio.

Salí del Beaubourg liberado de un gran peso. Porqué yo a Dalí le tengo mucha inquina. Dice Cortázar en aquel artículo que «si Dalí puede ser culpable de acciones innobles (no las conozco directamente, y las que de oídas conozco no son como para escandalizar tanto), ninguna de ellas acumula la infamia universal que deja aparentar el virtuoso coro de protestas y denuestos que siempre las acompañó».

¿Sabías, Julio, al escribirlo (mi primer conocimiento de este artículo data de 1970), que Dalí denunció a Buñuel cuando éste trabajaba en la cinemateca del Museo de Arte Moderno de Nueva York? Max Ernst vivía entonces en Nueva York. Fue testigo  del caso y lo contó por la televisión francesa poco antes de morir, en una cinta de fácil hallazgo: Dalí le dijo al director del museo que él había preparado un guión en homenaje a la religión católica para La Edad de Oro, y que Buñuel lo había transformado en un filme blasfemo y ateo. Buñuel le arreó un sopapo a Avida Dollar que lo dejó tendido en la Quinta avenida viendo rascacielos desde abajo, y se quedó sin trabajo.

Añadiré yo una peripecia menos conocida, el intento de reconciliación por parte de Dalí. Cuando Buñuel se encontraba en París rodando La vía láctea, Dalí le propuso por medio de un telegrama, que se terminaba por un «te beso en la boca», la realización de una película juntos, a lo que Buñuel contestó con un escueto: «Agua pasada no mueve molino.»

¿Sabías, ché, que en una conferencia repercutida por todos los medios de difusión franquista, en los primeros años de aquel largo paréntesis, Dalí denunció a Picasso por comunista? La boutade, «Picasso es español; yo también. P¡casso es un genio; yo también. P¡casso es comunista; yo… tampoco», no era inocente, a pesar de la generosidad que suponía por parte de Dalí conceder categoría genial a Picasso.

Se me dirá que todo el mundo sabía que Picasso era comunista, y pues no era una delación. Mentira: yo no lo sabía, y me hizo mucho daño. Aquejado de sarampión místicofranquista, tardé mucho en curarme de aquella dolencia juvenil y en retirarle la rémora ideológica a Picasso. Durante ese tiempo, el gran pintor universal para mí era Dalí el del «por el surrealismo hacia Dios» (¡menudo programa, con aquellos Cristos de perspectivas aéreas, cromos de san Sulpicio!), de modo que todavía no he llegado a elucidar quién de los dos me ha sido más nefasto, si mi paisano, el aflautado general, o el catalán pintor dicharachero.

Noto ahora que la irrupción de Dalí en el franquismo coincide con su declive como pintor. Corresponde a esos 35 años que decía de ausencia de obras suyas en la retrospectiva del Beaubourg. Y se me ocurren dos cosas.

Primera: que Dalí fue un pintor de valor mediano dentro del surrealismo y que se erigió, sin que nadie se lo pidiera, en comentario, ilustración y demostrativa puesta en escena y en acción de aquel movimiento. Porque, ¿de quién tomó las ambiciones oníricas, los espacios que se dilatan, las playas desiertas, los cielos desmesurados, los seres que nacen y se cruzan, de apariencia vegetal o animal?: de Yves Tanguy. ¿De quién es el respeto de la apariencia de los objetos como la respeta el sueño, con las relaciones grotescas e inquietantes?: de Chirico.

Segunda: Dalí nos dio el pegue mientras duró la ilusión surrealista, y luego, al comprobar que no había logrado realizarse como pintor, quiso hacerlo con sus excentricidades, Y el mismo esmero que desplegó en sus dibujos eróticos (he ahí otro lugar común daliniano -«pero es un buen dibujante»-, como si todos los pintores académicos no fueran excelentes dibujantes) lo aplicó después en perfilar su imagen de payaso mirífico, con sus bigotes, pararrayos, su mirar desorbitado, su imperturbable orgullo, sus explosiones de adjetivos hueros y estrafalarios; con sus bromas insulsas que sólo hace reír ya a los burgueses del seizieme parisiense y sus muecas grotescas, de un pobre autómata que siguiera gesticulando terminada ya la sesión ante la sala desierta.

Pobre Dalí. Su caso debe inspirar condescendencia y piedad, no aversión ni tema. Hay que saber que vino al mundo el 11 de mayo de 1904, después de haber muerto su hermano mayor, llamado ya Salvador, y que sus padres lo engendraron para sustituirlo. Toda su vida luchará por merecer existencia propia, para forjarse una personalidad, y su mayor deseo consistirá en «sodomizar a su padre agonizante”, como dice, copiando a Quevedo.

Llega a Francia para comerse el mundo y se topa con que el mito ya está encarnado en otro, español también, que sabe mucho más que él en todos los terrenos (incluso en el de hacerse la publicidad -a su modo, pero más eficaz por inteligente-, creándose una reputación de generosidad, lo que está por demostrar, pero ése es otro problema) y, claro está, de pintura: Pablo P¡casso.

¿Qué hacer para llamar la atención? El segundón se entrega a las payasadas, tomando y escenificando los temas de los surrealistas; informando al orbe entero acerca del estado de sus excrementos o de los orgasmos de Gala, la mujer que cogió a Eluard, como a los surrealistas había robado las ideas.

Viene aquí a cuento, digo yo, lo que escribió Alfonso Reyes:

-¿Hércules? ¡No me hables de ese embaucador! Figúrate que sólo se ocupa de construir su mito.

-¿Y eso qué quiere decir?

-Pues, simplemente, que está llevando a cabo los trabajos de Hércules.

Al menos, el demiurgo romano, con sus doce labores, logró entrar en el Panteón. Pero, ¿y el hombre de Figueras? Denunciar a un amigo, traicionar a otro, alabar el chocolate Lanvin, ensalzar a los tiranos, mistificar a adolescentes ignaros como yo, ¿para qué? ¿Para Regar a ser Dalí? No valía la pena.

Al anagrama justo, famoso y latino de André Bretón, Avida Dollar, yo antepongo hoy este otro, más adecuado a lo que es el personaje de Julio Cortázar, y con el cual también me despido: Salvador Dalí, Sin Valor Adalid

 RAMON CHAO.  EL PAÍS / Madrid, 26/04/1980 

3 comentarios leave one →
  1. Federico Iribarne permalink
    9 abril, 2012 12:45

    Muy bueno, Ramón, muy bueno.

  2. Federico Iribarne permalink
    11 abril, 2012 9:58

    Muchas gracias, Ramón.

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